martes, diciembre 19, 2006

LOS CUERVOS, DE CÉSAR SILVA

El pasado viernes presenté, junto con J.J. Aboytia, la primera novela de mi cuate el poeta César Silva: Los cuervos (Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras/Border of Words 2005). Fue una cosita tranquila que se prolongó en cena en un restaurante argentino muy majo al que tengo que volver. Durante la presentación de la novela leí este texto que ahora comparto con todos vosotros (por cierto: la estupenda illustración de portada para este libro pertenece al mexicano Sergio Garval).

Los cuervos. Una novela de César Silva.

Con Los cuervos, el poeta César Silva nos propone en su primera novela un análisis del miedo en nuestro entorno cotidiano. El miedo forma parte integral de la vida, porque es un preservador de la existencia. Es por esto que, desde la tan citada noche de los tiempos, los relatos de miedo y horror formen parte integral de todas las literaturas. Encontramos personajes terroríficos en la lectura de las Mil y una noches tanto como en la tradición oral de numerosas literaturas, desde la indoirania hasta la imaginación popular recogida por los hermanos Grimm, que hoy todavía proporciona buenos dividendos a televisoras y productoras de cine. Con frecuencia hemos mitificado al héroe sin miedo por ser la antítesis de nosotros mismos, seres frágiles que hemos hecho del miedo una fuente de supervivencia. ¿A cuántos amigos temerarios que se burlaban de la muerte hemos enterrado? Son ya unos cuantos. Podemos afirmar que el hombre, cuanto más teme, más alarga su vida en el tiempo y más se llena de energía, como expresa el personaje de Raúl en la página 69 de esta novela: “La energía de mi vida la he tratado de aumentar con el terror”.

Los cuervos, de César Silva, es una pequeña novela llena de temores y de presagios funestos. Lo es desde su mismo título, esa lacónica mención de las aves del luto que nuestro inconsciente asocia siempre con presagios ominosos y suertes adversas. Los cuervos son el coro mudo de esta novela sobre la invasión del terror en la vida cotidiana: los cuervos vigilan constantemente la vida de Beatriz y Raúl, y al final de la novela, los cuervos permanecerán pegados en nuestra retina al cerrar el libro en la página 90: “los cuervos siguen en la ventana (…), los cuervos me miran y yo pienso en mi perra”. Es una imagen cargada de pesadumbre y de fatalismo que recuerda ostensiblemente el final de Los pájaros, aquella gran película de Alfred Hitchcock que también concluía abruptamente con la imagen de un mundo dominado por aves de rapiña donde no se superponían los créditos del The End, pues no había final para aquella historia, así como no la hay para esta novela que nos presenta César Silva. Quizá no sea casualidad que las últimas palabras de la novela no auguren un final, sino un nuevo principio o una continuación: “Mañana llega Héctor”.

No es la única referencia cinematográfica, pero sí al menos la más ostensible. Los cuervos nos cuenta a retazos la historia de un hombre, Héctor, que entabla relación con un vampiro. Pero ni Héctor ni el vampiro, que se hace llamar por el prosaico nombre de Pedro, serán los protagonistas del relato, sino el pequeño círculo laboral que rodea a este personaje, Héctor, que poco a poco comienza a ser mentalmente devorado por Pedro y a su vez servirá como elemento mágico y corruptor en la vida de Adriana, Beatriz y Raúl. En este chupador de sangre llamado Pedro, en este vampiro, resurgen con fuerza los antiguos estereotipos de la literatura fantástica: como Drácula, Pedro es capaz de anular la voluntad de Héctor, de succionar la voluntad de quienes caen bajo su influencia hipnótica. Sin embargo, sentimos que Pedro está más cerca del humanizado y casposo doctor Caligari de la célebre película expresionista que del sensual y casi inmortal conde de los Cárpatos.

El vampiro es uno de los grandes personajes de la imaginería erótica: el chupador de sangre no sólo desinfla la vida de sus víctimas apoderándose de su sangre, sino que mientras las muerde, succiona y consume, las hace ascender a cimas de placer nunca antes conocidas por quienes mueren desangrados por los colmillos de un espíritu de la noche. Esta imagen ha ido depurándose con el tiempo: el horrible Nosferatu de la película de Murnau era incapaz de ofrecérnoslo, y tampoco el tieso Bela Lugosi, segundo Drácula de la historia del cine, incidió demasiado en la erótica del vampiro. Habrá que esperar a los años 50 a que la productora británica Hammer nos presente el mejor Drácula en la interpretación de Christopher Lee, un hombre que encarnará terror y sensualidad hasta convertir al vampiro en un mito erótico que hoy es, desde el Spike de la Buffy de Josh Wedon a las criaturas de la noche de Marini y Dufaux en el gran éxito editorial europeo Rapaces, donde la condición de vampirismo entraña un alto tanto por ciento de condición de erotismo.

Algo de esto hay también en Los cuervos, de César Silva. Como confiesa Héctor a Raúl al principio de la novela, el trabajo de éste consistirá en encontrar alimento para Pedro: “Conozco un vampiro, le consigo mujeres que nadie extraña”, dice en la página 21, y en uno de los pasajes más estremecedores del libro, entre las páginas 76 y 78, Héctor escribirá una carta a la madre de una de las víctimas narrándole el asesinato de su hija como si de un hecho místico y predestinado se tratase, una inmolación placentera y a bocados donde, asegura Héctor en la carta dirigida a la madre, “estoy seguro de que su hija no sufrió”.

Los cuervos es una obra dividida en dos partes, tituladas lacónicamente Antes y Luego. Este laconismo es una de los sellos característicos de la novela: las palabras precisas dibujan de la manera más fiel la situación que se describe. Este laconismo puede llegar a parecernos enfermizo, incluso, pues a veces desearíamos que su autor nos narrase más o nos proporcionase más información sobre las situaciones o los personajes. Sin embargo, este laconismo forma parte de la parquedad existencial que intenta captar de los personajes, hasta el punto de que en Los cuervos es más importante todo lo que se calla que todo lo que se dice. Si el Nosferatu de Murnau era una sinfonía de terror, Los cuervos de César Silva es, sobre todo, una sinfonía de silencios. Las dos partes en que se divide la obra, Antes y Luego, aluden al momento en que el personaje de Pedro comienza a ejercer una maléfica influencia en la vida de los otros personajes. La desaparición de Adriana y también de Volga, la perra de Beatriz, marcan el punto de inflexión en que el reino del miedo ya no tiene marcha atrás y lo abarca todo, antecedido por esos heraldos agoreros que son los cuervos del título, símbolo más que reconocible por todos nosotros de la inquietud, e incluso el horror, que se halla presente de manera cotidiana e insistente en todas nuestras vidas desde tiempos inmemoriales. Desde este punto de vista, no es casualidad que la segunda frase con que inicia Luego, segunda parte de esta novela, sentencie de manera más que categórica: “Todo comenzó antes de mí y seguirá sucediendo tras de mí”.

Ricardo Vigueras, 14 de diciembre de 2006

1 comentario:

Anónimo dijo...

que padre me gustaria leer de ese vato el problema es que me da clase y m lo prohibio pero estaria chida. xD se ve la chida la historia,.