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viernes, diciembre 23, 2011

NAVIDABADÁ, NAVIDABADÚ

Hay personas que se deprimen en Navidad. Y no me refiero a personas que realmente tienen razones para estar muy deprimidas, sino personas que no tienen razones de verdadero peso para deprimirse en estas fechas. Sé de muchas personas que estas noches, tradicionalmente familiares, las pasarán llorando o sumidos en la desesperanza. No es para menos con lo que está cayendo, con lo que va a caer. Sin embargo, otros son como el George Bailey de It´s a Wonderful Life (1946), el clásico film de Frank Capra: lo tienen todo para ser felices, y aún así deciden dejarse llevar por la desesperación. No es necesario que alguien les mande un ángel que necesita ganarse sus alas para sacarles de la tontera. En lo personal debo decir que estas fechas un poco cursis, herederas cristianizadas de las Saturnales romanas, me dan un poco igual. Ni me entusiasman ni me hunden. Las veo con un pragmatismo evidente: son las fiestas de los niños, y lo que más me gusta de la Navidad es, precisamente, ver a los niños consumirse por la ilusión de obtener sus regalos y juguetes. Es por eso que este año he introducido como cartela navideña de esta bitácora la siguiente tira diaria de Gasoline Alley, esa serie familiar, optimista a pesar de todo (como la película de Capra) donde Frank King ponía todo el énfasis en ese espíritu infantil y de ilusión que debería impregnar estas fechas repipis, pero tan necesarias desde hace siglos. Al fin y al cabo, celebramos que Perséfone acaba de volver a sentarse en su trono de monarca del reino de los muertos en compañía de Hades, su marido. Celebramos que la primavera ya está un poco más cerca, porque a Perséfone le dolerá el culo muy pronto de encontrarse allí sentada.


Así pues, no esperen de mí más que buenos deseos de comilonas y enormes ganas de consumir botellas espirituosas. Ya tendré tiempo y oportunidades de llorar cuando realmente llegue mi hora de dolor y arrepentimientos. Otra cosa que me gusta de la Navidad es la nieve. Las navidades de mi infancia sólo eran blancas en las películas de Hollywood, como en It´s a Wonderful Life, precisamente. Mis navidades juachupinas son, como pueden observar por la primera foto de mi jardín, tan blancas como en aquella nostalgia infantil hollyoodienta. Hoy hemos amanecido bajo el manto de la nieve, y continúa nevando mientras escribo estas líneas. Me gusta que nieve durante los días navideños. Y ya puestos, qué mejor película para estas fechas que, ejem, no sé si la he mencionado antes: It´s a Wonderful Life, cuya loca carrera de James Stewart la noche del 24 de diciembre por las calles de Bedford Falls me sigue conmoviendo. Ahí les va una foto. 


Stewart no se ve muy bien, se confunde un poco con el árbol, pero lo siento, no he podido tomar una captura de pantalla mejor. Es la película de las navidades, sin duda, y ayer, que la vi por enésima vez, me sorprendí de nuevo llorando como una nenaza durante la media hora final. Soy una delicada margarita sin remisión. Soy la quinceañera más fea del mundo. Me emociono con el mensaje esperanzador de Capra, quien no sólo fue un gran director de cine, sino también un optimista incorregible. Su biografía lo demuestra, y el tesón como ingrediente de vida feliz, que él pregona en esta película, fue el que él mismo puso en su vida. Tuvo la suerte Capra de poder predicar con el ejemplo. No esperen de mí huraños comentarios sobre estas fechas. Aprendí la lección de Capra y de George Bailey hace mucho tiempo. Descorcho a su salud una buena botella de vino y me preparo para disfrutar estas fechas infantiles con mi tozuda actitud infantil ante la vida. Salud. 

miércoles, diciembre 21, 2011

EL GASOLINE ALLEY DE PETER MARESCA

No sé si erigir un altar a Peter Maresca, ese editor afectado de gigantismo. Me ha dejado turulato la lectura de su edición de páginas dominicales selectas de Gasoline Alley, la obra maestra de Frank King que éste escribió y dibujó desde 1918 hasta su fallecimiento en 1959. Estamos hablando de una edición a tamaño original de las reproducciones de la época, cuando los suplementos de los diarios norteamericanos presentaban a sus lectores la Edad de Oro de las series de prensa. Se trata de un volumen enorme que no cabe ningún sitio. Durante un tiempo lo tuve depositado sobre una mesita de madera, hasta que mis gatos Crisis y Apocalipsis adquirieron la costumbre de usarlo como atalaya. Desesperado, al fin le encontré un hueco entre dos libreros sobre la impresora y el archivo, pero cada vez que cambio las hojas de la impresora o rebusco algunos papeles en el archivo, suelo olvidarme de su existencia, así que mi Gasoline Alley de Maresca aprovecha para clavarse entre mis costillas cuando me incorporo. Veo las estrellas, maldigo a Maresca, pero luego recuerdo los tesoros sin cuento del volumen y bendigo a Maresca por su exquisita tozudez como editor.

 El libraco lo ha publicado Sunday Press Books. La tira diaria, que edita Drawn And Quaterly, va por su volumen número 5, y se trata de una edición exquisita al cuidado nada menos que de Chris Ware. Gasoline Alley es una serie especial. Ya escribí por aquí que en ella bien se puede ver crecer la hierba, lo que no suele resultar del agrado de todos. Gasoline Alley cuenta la vida que pasa, la vida que se va. Nos narra las experiencias cotidianas de Walt y su hijo adoptivo, Skeezix, así como las vivencias cotidianas de los habitantes del barrio de una gran ciudad. El gran mérito de Frank King consistió, se ha dicho y ponderado multitud de veces, en que los personajes envejecían casi al mismo ritmo que lo hacían los lectores de la serie. Así, Walt y Skeezix pasaron a ser la expresión de la vida cotidiana en Estados Unidos durante el siglo XX, y como conciencia del hombre común que resultaron ser, vivieron también sus grandes cambios y conflictos al mismo tiempo que lo hacían los  propios habitantes de aquel país.

 Pero la tira diaria y la página dominical carecieron de continuidad, así que King se dedicó en las dominicales (como tantos de nosotros, precisamente durante los domingos) a embarcar a sus personajes en excursiones a la montaña o a charlas de vecindario sin mayor trascendencia, pero rehuyendo en estas ocasiones la hilvanación argumental con la serie diaria y la vida que pasa con un estado más contemplativo y lúdico de la existencia. Para ello, King recurrió a páginas dominicales majestuosas donde jugaba exquisitamente con los colores y la estructura de la página para acercarse a un grado experimentalista del cómic que recuerda muchas veces al Little Nemo de Winsor McCay. 


Las páginas dominicales editadas por Maresca son, naturalmente, una antología. Es todavía Gasoline Alley una serie muy olvidada a pesar de sus méritos. Incluso ahora en Estados Unidos Drawn And Quaterly la publicita como “The Neglected Masterpiece of Cartoonig collected for the first time ever”. Y es que en estos tiempos de bullicio y precipitación constante, detenerse unos instantes cada día a ver crecer la hierba y ver transcurrir la vida es, cuanto menos, un acto de irreverencia hacia los nuevos dioses de lo veloz, de lo instantáneo y perecedero.

Gasoline Alley continúa publicándose. Desde 1986 dirige la serie Jim Scancarelli, tanto Walt como Skeezix ya son muy ancianos y lejos quedan los tiempos de gloria de Frank King. Walt y Skeezix también han sobrevivido a Bill Perry y Dick Moores, sus sucesores tras el fallecimiento de Frank King en 1959.  Las páginas que se reproducen en este blogo han sido tomadas de la red, y demuestran los continuos juegos de diseño de página/viñetas y de colorido con los que gustaba King de experimentar. Clicando sobre cada imagen podrán advertir muchos más detalles.

lunes, diciembre 05, 2005

GASOLINE ALLEY: VER CRECER LA HIERBA

Mucho ha tenido que llover para que, por fin, gracias al tesón de mucha gente, por primera vez aparezca en Estados Unidos el primer volumen de la que pretende ser la recopilación primera, total y definitiva, de una obra mítica de los cómics de la que todos habíamos oído hablar y casi nadie había podido leer: Gasoline Alley, de Frank King. Por fin, la editorial canadiense Drawn & Quaterly se ha atrevido a desvelar el misterio de una obra magna, de una novela río mil veces citada y nunca leída que estaba llamada a ser un Shangri-La de los cómics, o sea: un lugar inencontrable que quizá una vez pudo existir pero que una vez desaparecido se transformó en mito y sólo vivió en el alma de los románticos. Gasoline Alley es una novela río que vino a dar en la mar, que era el morir de asco en las hemerotecas sin que nadie se atreviese a publicar casi desde la primera tira una daily strip que abarcó cincuenta años y cuyo mayor mérito consiste en que los personajes iban envejeciendo y cambiando al mismo ritmo que lo hacían sus lectores: día a día y año tras año, inexorablemente. Se dice pronto, pero hay que verlo y admirarse ante la labor de demiurgo de Frank King (1883-1969), su autor y responsable durante cinco décadas. Drawn & Quaterly ha publicado este año el primer tomo, un tocomocho de más de 400 páginas que abarca la producción de los años 1921 y 1922 editado en papel de buena calidad, con un dossier de más de cincuenta páginas con fotos de King y encuadernado en pasta dura imitación piel y los cuadernillos debidamente cosidos, que no pegados. El único problema es que Drawn & Quaterly tardará en completar la primera edición integral de esta serie... ¡20 años! Esperemos que este Shangri-La felizmente bien hallado no se convierta en cementerio de los elefantes de más de uno (toco madera por la cuenta que me trae: quiero seguir aquí durante los próximos veinte años).

Gasoline Alley ha sido calificado como el primer bildungsroman de la historia del cómic, y quizá el más efectivo, ya que los lectores vieron crecer a los personajes durante décadas. De hecho, leído el primer volumen durante estas últimas dos semanas, les puedo asegurar que literalmente se puede ver crecer la hierba. Gasoline Alley es la historia de Walt Wallet, un gordito solterón que una madrugada encuentra en la puerta de su casa un bebé abandonado en una cuna al que llamará Skeezix en espera de un nombre más adecuado. A partir de entonces, y permitiendo a veces que los lectores intervengan en el transcurso de los acontecimientos, Gasoline Alley describe la vida intrascendente y bastante gris de los habitantes de este callejón con una serenidad y una revalorización de la poesía de la insignificancia que ha sido comparada con el Wilhelm Meister de Goethe. Su reedición parcial a lo largo de los años ha sido un fracaso, ya que es necesario empezar desde el principio y ver pasar los meses para poder apreciar este experimento maestro de King, disfrutar del gran encanto de ver transcurrir la vida de estos seres antiheróicos que viven en un pueblillo del medio oeste americano. Gasoline Alley confirma con su brillantez que los cómics fueron el único arte que, nacido en tiempos de vanguardias, comenzó directamente con las vanguardias, y no con un clasicismo formal. Gasoline Alley, con su más de medio siglo a cuestas, es, como muchos clásicos, una obra más rupturista, experimental y de vanguardia que muchos productos que se editan hoy día bajo el reclamo de la "innovación", que suele ser una hamburguesa que devoran felices los mentecatos y desinformados.

Hay que tener cierto colmillo lector para entrarle a Gasoline Alley, ya que a veces parece una serie insípida, pues parece que nada pase, y todo pasa: pasa la vida, y como la vida, es su largo alcance lo que la vuelve una obra fundamental, ya que, como la vida de los seres que nos rodean, es única. Comedia amable, retrato perfecto de multitud de caracteres costumbristas, Gasoline Alley tiene algo de proustiano. El tiempo se ralentiza a día por tira diaria, y la vida fluye mientras Skeezix crece y los demás envejecen sin que nos demos cuenta, como sin darse cuenta envejecieron sus lectores mientras la leían. Una obra que hay que conocer para poder hablar de la madurez de los cómics como arte narrativo, sobre todo narrativo.

Frank King, Walt and Skeezix. 1921 & 1922. Drawn & Quaterly. Montreal, 2005. (****, de 4)