miércoles, agosto 12, 2009

CÉSAR SILVA MÁRQUEZ PRESENTA UNA ISLA SIN MAR

Mañana 13 de agosto a las siete de la tarde, en la Cafebrería, César Silva Márquez presenta su novela Una isla sin mar (Mondadori, 2009). Mañana será, sin duda, una tarde para ir corriendo de presentación en presentación (y de botella en botella de vino). Una isla sin mar es, paradójicamente, un mar de historias que corren por sus páginas como un torrente incontenible. La nostalgia de la ciudad que ya no existe, así como de las viejas amantes y grandes camaradas que han abandonado una tierra en apariencia maldita domina toda una novela que, en ciertos aspectos, tiene el aire nostálgico y fúnebre de The Last Picture Show, obra maestra del cine de los 70 firmada por Peter Bogdanovich. Sin llegar a incurrir en la narcoliteratura, César Silva no elude hablar del desmoronamiento de una sociedad que ha perdido todas las oportunidades de futuro y sobre la cual el autor sólo puede depositar una mirada llena de piedad y de tristeza. Una obra siempre amena, dotada de episodios muy brillantes y poética en ocasiones. Muy recomendable. Nos vemos en la Cafebrería.

DEL TEXTO AL ESPECTÁCULO: HOMENAJE A FRANCISCO PORTES

El malogrado Francisco Portes, miembro fundador de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (España) y principal actor y director de la Compañía Francisco Portes de Madrid, será evocado mañana aquí en Comalito. Fue Portes muy apreciado por estas enchiladas fronteras, como actor y director, a raíz de sus muchas participaciones en el Festival de Teatro Clásico de El Paso, TX. Además, dirigió por estos pagos tres montajes del Siglo de Oro en los que tuve la suerte de participar: El perro del hortelano y El castigo sin venganza, de Lope de Vega, y No puede ser el guardar a esa mujer, de Agustín Moreto. Mañana presentamos el libro de Ysla Campbell (coord.), Del texto al espectáculo: Homenaje a Francisco Portes, donde también he publicado un artículo. Están ustedes cordialmente invitados.

martes, agosto 11, 2009

TEBEOTECA (V): EL CAPITÁN ESPAÑA, DE HERMANOS GAGO

Quizá fue Manuel Gago el gran proletario de la producción de tebeos españoles en los tiempos de Franco. Artista enormemente productivo por dolorosa necesidad económica, Gago es mayormente conocido y recordado por su opus magnum El guerrero del antifaz, una obra que deberíamos redescubrir en serio en tiempos como éstos en que se olvida a genios locales como Manuel Gago mientras se exalta a discutibles “maestros” americanos de la Edad de Oro del comic-book.
Trifulcas y florido lenguaje tabernario

El Capitán España es una de las obras menos conocidas de Gago, pues no obtuvo nunca el reconocimiento de sus grandes fenómenos de masas como El guerrero del antifaz, Purk el hombre de piedra o El pequeño luchador. Quizá porque éstas, producidas en condiciones leoninas para Editora Valenciana, la empresa que le chupó la sangre durante décadas, fueron reeditadas también en los años 70. En cambio, la producción de Gago para Maga es difícil de encontrar y por tanto difícilmente evaluable. Serie de Gago de 1954 con guiones del mismo y de su hermano Pablo, El Capitán España es una serie de aventuras marítimas en los mares de China protagonizada por Jorge España, capitán del barco el Huracán. Su grumete Nina, francesita de
Indochina y enamorada sin remedio de su cetrino Capitán, lo definirá con singular gracia en 7/10, 7 como “mozo alto, fuerte, un poco bruto y otro poco desaliñado”.

Dipsomanía y relaciones laborales

Le rodean, como no podía ser menos en todo héroe que se precie, una corte de fieles secundarios: su piloto Micaelo, borrachín perdido desde que su novia lo dejó plantado en el altar, hasta el carismático Rufo Tiburón, con quien el capitán España comparte una estruendosa rivalidad no exenta de amor platónico entre machos que les obliga literalmente a propinarse una paliza cada vez que se encuentran por esos mares y tabernas de Dios. Pero no seamos malpensados: en aquellos tiempos pre-almodovarianos con la derecha castiza y genocida en el poder, El capitán España no merece ser sospechoso de nada salvo de ser un poco cenutrio: si desdeña a Nina no es por falta de hombría, sino más bien porque su corazón pertenece a la dulce María, cuya mano le ha sido rechazada por el padre de la chiquilla, quien manifiesta ferviente encono contra Jorge España.
España y Rufo Tiburón: tal para cual

La serie, que duró 32 cuadernos, tiene varios arcos argumentales. Entre los cuadernos 1-9, Jorge España lucha contra el malvado Estrella Amarilla, especie de Fumanchú con aires de Ming marinero que mantiene bajo secuestro al padre de España en la Isla de las Cobras. El malvado chino obliga a España, bajo la amenaza de acabar con su progenitor, con volar parte de la escuadra inglesa anclada en Hong Kong. El rajá, que ha oído hablar de la audacia del Capitán España, le pide acabar con los piratas, pues todos los gobiernos han fracasado por culpa de que “las convenciones diplomáticas han sido unas barreras constantes para la celeridad de la investigación” (7/6, 8). La idea de que el brazo de un héroe solitario puede llegar más lejos que el brazo de la ley inspiró numerosos hijos de papel antes de Harry el Sucio y otros epígonos.
Peligro amarillo y amor de padre

En la segunda aventura (cuadernos 10-16), transporta unas cajas de maquinaria para minas hasta Malaita, lugar donde vive su ex novia María, con quien se reencuentra y a cuyo matrimonio se opone el padre de ésta, pero un tipo llamado Hammon Parker está dispuesto a impedirlo y a acabar con la vida del Capitán.


Consideración con esas escandalosas

En la siguiente aventura (cuadernos 17-21) el capitán llevará desinfectantes y medicamentos a los enfermos de peste de una isla inaccesible por culpa de furiosas tormentas. Pero el médico de la isla, el doctor Percy, lleva 5 años esperando para vengarse de España por la muerte de su hermano Peter. Al llegar a la isla es interceptado por El gran Amo, quien le roba los medicamentos para obligar a los lugareños a cambiarlos por perlas sumergidas a gran profundidad. La peripecia consiste en que el Gran Amo no es otro que Peter McNulty, el hermano del doctor Percy.
El pasado tortura al Capitán España

En la última aventura (22-32), el Capitán salva a una chica de sufrir un asesinato, pero resulta ser la hija de Estrella Amarilla, pirata contra quien combatió en los primeros cuadernos. Su venganza ahora no se hará esperar pues Flor Amarilla se jacta de ser más cruel que su padre. Flor Amarilla se convierte en su némesis, España es drogado, pierde un barco y es llevado a juicio y condenado a quince años. Después huye. Es acogido por Yosi Nim, la chica a quien salvó de ser asesinada y que en realidad no es otra que Flor Amarilla. El mismo Rufo Tiburón se pone de su parte para ayudarle a escapar. Es la mejor historia de la serie, quizá porque la desgracia se ensaña con el héroe hasta que éste resurge y se restablece el orden establecido.

Manuel Gago: el rey del trazo suelto

Los estereotipos raciales, tan normales en el cómic mundial de aquellos años, funcionan a tutiplén, sobre todo en insultos: “Sardinas amarillas” o “Monos untados de azafrán” (23/2, 1-3)
son sólo dos entre muchos que suelen usarse habitualmente. Abunda en el tópico del peligro amarillo tanto como en el tópico de las mujeres cotillas y charlatanas (las chicas de aquellos años no leían a Gago, y en el fondo estaban locas por irse con el Capitán Trueno). Lo mejor del Capitán España está en el ruido y la furia de sus viñetas, tramas y diálogos, llenas del florido lenguaje de bergantes marineros (“¡No quiero oír tu voz de sapo de cieno!”, en 8/4, 9), así como de peleas y borracheras en tabernas pestilentes llenas de marineros que parecen gigantes infantiles a lo largo de muchas viñetas con profusión de diálogos y textos explicativos. Por lo demás, los cuadernos no daban pie a sorpresas gráficas a lo largo de la serie, donde predominaba un eterno esquema: diez páginas de historieta por cuaderno y siempre el mismo diseño de página: tres hileras de viñetas por página con tres viñetas por hilera (menos la primera página de cada cuaderno, dos viñetas en la primera hilera para incluir título cuaderno).

Manuel Gago: ejecución vertiginosa de página

Como siempre en esta época de Manuel Gago, el dibujo es abigarrado hasta el extremo de parecer confuso por todo cuanto quiere meter en la viñeta y no cabe. Resulta muy interesante ver cómo hoy día su estilo de trazo suelto y rápido, muchas veces precipitado y otras muchas apenas esbozado y pasado a tinta, puede resultar tan atractivo. La “garra” de Gago siempre fue
su mayor reclamo entre la chiquillería española de aquellos tiempos, y con total injusticia vimos cómo con la llegada de la democracia los tebeos de Manuel Gago fueron injustamente tachados de fascistas y de subcultura artística. Creo que estas radicales apreciaciones de su arte en un tiempo que, sin lugar a dudas, ya no era el suyo, amargaron sus últimos años de trabajador explotado para Editora Valenciana dando cauce a Las nuevas aventuras del Guerrero del Antifaz, que debieron quedar inconclusas por su pronta muerte a los 55 años. Ni éstos son los tiempos de la España de Franco, ni tampoco son los de aquel Nuevo Cómic que no respetaba a los ancestros. Es por esto que la obra de Gago merece, cuanto menos, una reconsideración a la luz de los nuevos tiempos de la post-posmodernidad en que las mismas oportunidades merecen de atención o reivindicación las películas de luchadores mexicanos, los cómics de Fletcher Hanks o los tebeos de don Manuel Gago.

España y Nina: las barreras mentales del Capitán

Extraño exiliado era España tan lejos de España en la España de Franco. Perdido por ahí, en los mares de China, no hay asomo en él de hombre de izquierdas, sólo a veces de domesticado anarquista individualista, un hombre de bondad bovina y mentalidad ciertamente obtusa. España cree en Dios y en la palabra de honor, odia profundamente a los cobardes y su amor por María es tan de plástico como su relación paternal con Nina. En realidad, sospechamos, a quien amaba España era a Rufo Tiburón.

lunes, julio 20, 2009

LUNES EN LA LUNA

Seamos sinceros. ¿Sirvió para algo que hace 40 años se pisoteara por primera vez a la musa de todos los poetas?

domingo, julio 19, 2009

NUNSPLOITATION II: SATÁNICO PANDEMONIUM

Estrenada en 1973, según algunos (Perla Ciuk, Diccionario de directores del cine mexicano) y según otros en 1975 (IMDB), también esta película mexicana de Gilberto Martínez Solares comparte doble título, pues tan conocida es como Satánico pandemónium como por el de La sexorcista, subtítulo a todas luces oportunista concebido para aprovechar el tirón que la película El exorcista (William Friedkin, 1973) tuvo en todo el mundo. Y es que en esta película mexicana de monjas libidinosas tenemos un satánico pandemónium, pero no una sexorcista. Pandemonium quiere decir, según el DRAE, capital imaginaria del reino infernal, y también, en sentido coloquial, lugar en que hay mucho ruido y confusión. Ambas acepciones cuadran en un momento u otro con el argumento del film.

Sor María es una monja, interpretada por Cecilia Pezet, que un día es tentada por el demonio (Enrique Rocha, hoy famoso actor de telenovelas), quien se le aparece desnudo para empezar a poner a prueba su castidad. Obsesionado por la belleza de Sor María (o simplemente, jugando con los inocentes mortales como habitualmente suele), Satanás no va a cejar en su empeño hasta conseguir que Sor María enloquezca literalmente de lujuria, convirtiendo su deseo reprimido en fuego que devora cuanto toca (sobre todo cuando se cuela en la cama de un pastorcillo, y al no permitir éste dejarse manosear y poseer por la monja, ella le acuchilla y luego incendia su cabaña). Violada por Satanás, la lujuria de Sor María la volverá tan libidinosa y retorcida como criminal.

En su obsesión por poseer carnalmente a algunas de sus compañeras, no dudará en asesinar, incluso, a la madre superiora del convento. En definitiva, tenemos una película de nunsploitation, una cinta blandiporno donde lo que cuenta es lucir los atractivos sexuales de la atractiva Cecilia Pezet y, como no podía ser menos en toda nunsploitation que se precie, azuzar nuestros sentimientos más morbosos por medio de escenas de índole sexual envueltas entre toda clase de iconos cristianos en el interior de un convento. Desde su estreno hasta la fecha, la película se ha convertido en un clásico del cine de terror erótico de los años 70 dentro de la subcategoría de películas de culto, es decir: filmes de derribo reivindicados por apasionados de un género que no buscan, precisamente, la calidad exquisita ni el rigor de la filmación académica, sino más bien los estímulos que proceden de un cine más encaminado a provocar un inocente morboseo que a complacer a un espectador de gustos más ortodoxos o cultivados.

En Satánico pandemónium, la búsqueda del estímulo primitivo (excitación u horror ante el sexo o la sangre) están por encima de otros valores de los que el film carece de no ser por su encanto camp, por sus colores chillones y sus decorados no pocas veces de cuento infantil, donde escenografía y exteriores enfatizan más de la cuenta el mensaje muy obvio de la historia. Ambientada en algún momento durante los siglos en que en España operaba la Santa Inquisición, nada en la película remite realmente a ningún periodo más allá de los años 70 (la madre superiora luce unas gafas muy contemporáneas, para mi gusto, y en algunas panorámicas he creído advertir algunos caseríos muy del siglo XX). Se trata de una película “de culto”, como ya he dicho, concepto inventado no para referirse a verdaderas piezas de culto como La noche del cazador o La sal de la tierra, sino para vender productos no sólo antiguos, sino completamente obsoletos, que de otra manera no tendrían circulación en las grandes superficies virtuales como Amazon o La Mula de Alejadría.

Sin embargo, a pesar de este balance especialmente negativo, La sexorcista tiene el encanto de ese cine de terror mezclado con elementos eróticos que hizo furor en los cines de barrio durante los años 70 hasta que el concepto se gastó de tanto ser manipulado en multitud de filmes de bajo presupuesto. Además, en esta ocasión contribuye la belleza de Cecilia Pezet, muy delgada quizá para los cánones de la época (que tiraban más bien hacia la hembra jamona), pero muy sexy en términos generales. Es además una actriz discreta, no muy entusiasmada con el producto al que contribuye, y que se retiró pronto del panorama cinematográfico mexicano, pues La sexorcista es su penúltima película de una corta serie de filmes rodados entre 1971 y 1975. Hoy día, y desde 1987, es la presidenta del Ministerio del Amor, e incluso ha pasado una noche en una alcantarilla.

Prohibida durante mucho tiempo en México por la mojigata censura priísta, Satánico pandemónium es un film que hoy provoca cierta hilaridad involuntaria, pues está llena de disparates estructurales y de chocantes descuidos que, a pesar de que podían haber enterrado para siempre la reputación de cualquier director de cine, quedan completamente justificados por su giro final. Su director, el incombustible Gilberto Martínez Solares (su carrera cinematográfica recorre la historia del cine mexicano de 1938 a 1995 y consta de más de ciento cincuenta filmes), no tuvo por tanto mayor interés en justificar nada absolutamente dentro de esta deliciosa fantasía ideal para viejos verdes, pero tampoco quiso en ningún momento enfatizar las delirantes connotaciones de toda la trama y de la calentura de su bonita protagonista, por no enfatizar el hecho de que, literalmente, la credibilidad de su producto le importa un bledo. En este sentido, la orgía que casi cierra la película (considerada como la bacanal más ridícula de la historia del cine) carece de cualquier clase de profesionalidad y ha hecho exclamar a alguno que la película está “filmada con el culo”.

Como quiera que sea, son muchos los que han hecho constar que la película tiene un cierto encanto que se acrecienta con el tiempo. Quizá sean los desnudos, quizá la inocente ramplonería de su filmación y actuaciones, quizá lo pedestre de la dirección, quizá todo junto convierten a Satánico pandemónium en un banquete para los sentidos. Quizá, si don Gilberto Martínez Solares levantara la cabeza, diría que en realidad la película no es tan mala. Y aburrir, desde luego no provoca aburrimiento en ningún momento.Les cuelgo aquí un tubito perteneciente a la película, para que vean por dónde van los tiros.