lunes, septiembre 17, 2012

SOLARÍSTICA

Acaba de aparecer en la red la revista Ombligo, dedicada a la promoción del arte y la cultura en Ciudad Juárez. Sus responsables me invitaron a colaborar con una reseña cinematográfica. En este caso escribí sobre las dos adaptaciones de Solaris, de Stanislaw Lem. Puedes leer Solarística clicando aquí. Pasen y lean, si ustedes gustan.

jueves, septiembre 13, 2012

UN JUÁREZ NUEVO PARA NUEVOS TIEMPOS CONVULSOS


Dicen que la novela histórica es un género de tiempos de crisis. Si tal cosa es cierta, la novela Juárez, el rostro de piedra llega en un momento muy crítico para la sociedad mexicana. En un tiempo como éste en que la violencia ejercida por el narcotráfico ha hecho saltar la gobernabilidad del país y puesto en severo riesgo todos los derechos humanos, Parra recupera a Juárez como el singular constructor de una gobernabilidad ni fácil, ni exenta de guerras y peripecias políticas. En las páginas 374-5 de su novela, Benito Juárez reflexiona sobre González Ortega, uno de tantos personajes que a lo largo de su devenir político acabaría por decepcionarle:

González Ortega nos dio mucho, es verdad, pero ¿cómo no temerle por eso mismo? Así son los gigantes, admirables y temibles a la vez, su sombra nos protege y nos oprime, nos sostienen sobre sus nombres fuera del alcance del enemigo, pero en el momento menos pensado pueden caernos encima y aplastarnos.

El pasaje invita a una reflexión más seria que la que puntualmente recae sobre González Ortega. De 1872, fecha del deceso de Benito Juárez, hasta hoy, queda la reflexión de si ese gigante político que fue Benito Juárez no es hoy un gigante que no sólo sostiene a los mexicanos sobre su nombre, sino que también puede oprimirlos hasta aplastar. Desde este punto de vista, Parra nos entrega a lo largo de 440 páginas un Juárez renovado gracias al milagro de la literatura, que es la forma más estilizada posible de contar verdades por medio de mentiras: ni es el héroe oficioso del oficialismo político, ni ese personaje cruel que otros han querido ver en su persona. El rostro de piedra es una metáfora, y como tal tiene al menos dos lecturas: por un lado, alude a ese hieratismo que era tan propio de Benito Juárez y que Parra recuerda varias veces a lo largo de las páginas de esta novela; por otro lado, alude a ese gran personaje de la historia de México tan omnipresente como desconocido: el rostro de piedra que desde multitud de esculturas ubicadas en tantas plazas y rincones del país se presenta ante los mexicanos como un símbolo a desentrañar lleno de mensajes útiles pero desconocidos.

La novela de Eduardo Antonio Parra tiene la mayor virtud que puede tener toda novela histórica: a la luz de la literatura convierte en carne los mármoles de épocas pretéritas: los rostros de piedra. Se trata de un ejercicio notable. Un autor de la trayectoria de Eduardo Antonio Parra no hubiera apostado nunca por la simplicidad ni el maniqueísmo. Lejos de triunfalismos nacionalistas, los personajes históricos que se desenvuelven por las páginas de esta novela seducen por su humanidad, por esa oscilación entre el bien el mal, la gravedad y la alegría, la firmeza y la duda, de la que estamos compuestos los seres humanos. Los protagonistas de El rostro de piedra, sin ser trágicos en sí mismos, conmueven porque persuaden desde la honda verdad de la tragedia, que consistía en humanizar a los antiguos reyes y dioses. Al identificarnos con ellos, podemos sentir como ellos la inmersión en ese vaivén de experiencias y sentimientos que es la vida.

Es por esto que El rostro de piedra es una obra doblemente compleja. Es compleja en cuanto a contenidos, sabiamente reflexiva y filosófica cuando conviene, ligera o dramática cuando es preciso. Su equilibrio es uno de sus grandes méritos. Pero además, es una obra literaria destacable donde Eduardo Antonio Parra ha sabido distribuir en 19 capítulos que no siguen una narración lineal toda la experiencia vital, familiar y humana de un personaje complejo que se enfrentó a tiempos convulsos. El ir y venir en la temporalidad de la vida de Juárez permite a su autor, por medio de numerosos saltos en el tiempo, conceder una dimensión novelesca a la vida de sus personajes, la cual se presenta destacada por momentos climáticos según los mecanismos de la ficción, aunque sea al servicio de la Historia. Resultan ejemplares capítulos como el 9 (el terrorífico “Las tinajas de San Juan de Ulúa”, donde Parra nos relata lo que debieron ser las vivencias de Juárez en aquella terrible prisión) o el 16 (“El camino del desierto”), donde nuestro personaje conoce aquel remanso de cordialidad que fue Paso del Norte mientras medita en la figura bobalicona y trágica de Maximiliano, o conoce la muerte de dos de sus hijos más pequeños durante el exilio de la familia en Nueva York.

También es El rostro de piedra una reflexión cruda sobre las exigencias de la necesidad de poder y de sus excesos. El Juárez de Eduardo Antonio Parra se vuelca en la obsesión del poder tras la muerte de su esposa, Margarita, y Parra parece darnos a entender que, sin el balance del amor, incluso un hombre idealista y justo puede acabar convertido, no sólo en objeto del odio de numerosos enemigos, sino también en su propio enemigo, que siempre resulta ser el peor enemigo de todos.

El rostro de piedra rebosa vida, política, buen hacer literario y conocimiento de la estructura novelesca y de sus recursos más expresivos. Seduce la manera en que Parra alterna el monólogo interior con la tercera persona gramatical del narrador omnisciente, y ésta con la segunda persona, quizá la del autor, o incluso, la de la propia conciencia de Benito Juárez, aquella que dialoga y debate con él a lo largo de su acontecer  político y humano. El diálogo retrata siempre a los personajes, pues esquiva en todo momento el ornamento decadentista de una imitación del siglo XIX, pero sin caer nunca en una contemporaneidad ramplona, vicio tan común en tantas modernas novelas históricas. Es en este sentido que la novela resulta una especie de polifonía para la cual merece la pena prestar un oído atento y exigente. Creo que los riesgos eran muchos y evidentes; Eduardo Antonio Parra ha sabido sortearlos para construir un testimonio literario muy notable a la altura del personaje retratado a lo largo de sus páginas.

Eduardo Antonio Parra, Juárez, el rostro de piedra. Editorial Grijalbo. México, 2008 (1ª reimp., enero 2009).

Texto leído durante la presentación del libro en Chihuahua y Ciudad Juárez y publicado en Cuadernos Fronterizos, 13, otoño 2009.

martes, septiembre 11, 2012

RECORDANDO A EUGENIO GINER

El Inspector Dan, creación de Rafael González (el famoso sr. González que fue director de publicaciones en Editorial Bruguera) es más que nada recordado por sus historietas de fines los años 40 dibujadas por Eugenio Giner. Se publicaban aquellas aventuras de terror en Pulgarcito, y pronto adquirieron enorme fama en la España de la posguerra. Quizá el ambiente tenebroso y francamente terrorífico de Giner reflejaba muy bien, mutatis mutandis, la penuria y el oscurantismo de la época. Dejemos tal teoría para sociólogos. Entre 1951 y 1954 se publicó una serie de 71 cuadernillos de calidad media excelente donde, además de los dibujos de Giner, pudimos disfrutar del buen hacer de otros profesionales de la viñeta como Julio Vivas, Macabich o Pedro Alférez. Como el Inspector Dan fue uno de los héroes favoritos de mi infancia (ya hablé de él aquí) les dejo esta entrevista ya clásica que Manuel Darias, decano de la crítica de historieta en España, sostuviese con Giner. Descargar para ver a buen tamaño.
Vía Entrecómics.

domingo, septiembre 09, 2012

EL INDIO FERNÁNDEZ, SEGÚN PACO TAIBO I


María Félix, El Indio Fernández y Dolores del Río durante el rodaje de La cucaracha (Ismael Rodríguez, 1958)

Acabo de leer el análisis que en su día publicara Paco Ignacio Taibo I sobre la obra de Emilio Fernández (El Indio Fernández, Planeta, 1991). Parcialmente biográfico. Tengo que reconocer que guardo una gran simpatía por Emilio “el Indio” Fernández, director y actor del cine clásico mexicano. Mi simpatía proviene de que, como en el caso de otros personajes como Louis Ferdinand Celine u Orson Welles, eran personajes desmedidos, por encima no sólo de su tiempo, sino de cualquier otro tiempo. Personajes que hoy mismo serían imposibles. En estos días de corrección política, individuos así se me antojan gigantes que en este siglo de patanes y de enanos son francamente inconcebibles. Soy consciente de que el Indio fue un individuo cuyo carácter tormentoso (y atormentado) le granjeó no sólo la antipatía, sino el desprecio y hasta el odio de muchos, pero fue un producto extremo de su tiempo, un tiempo (el del México bárbaro) cuya sombra se alarga con las décadas y también hoy cobija a muchos bárbaros encorbatados. El Indio estaba poseído por una mitomanía narcisista e infantil, más que machista era mega-macho y golpeador, alcohólico de los de cargar su biberón de litro a todas partes, y por ser sociópata y extremo, fue hasta asesino (al menos en dos ocasiones). Dirán algunos que con estos antecedentes todos sus méritos son papel mojado, y quizá así sea, pero tener méritos tuvo también más que la mayoría. Quizá porque tenía una exacerbada sensibilidad a flor de piel, quizá porque supo rodearse de talentosos colaboradores (o quizá por las dos cosas) el Indio construyó una filmografía cuya primera mitad fue asombro del mundo entero y recreación artificial de un México que nunca existió. Le cabe, por tanto, el honor de haber sido mucho más que la mayoría: un demiurgo que inventó un mundo a su manera, en el mejor estilo de los artistas visionarios e iluminados que podían ver lo que sólo ellos veían y que nadie más podía ver hasta que él lo mostraba. Su representación infantil del mundo, llena de ternurismo y violencia, entroncó a la perfección con el buen hacer literario de Mauricio Magdaleno, uno de los grande artesanos de la palabra ausentes cuando se hace historia de la literatura mexicana, y con las imágenes de Gabriel Figueroa, que con dos cinceles (uno de luz y otro de sombra) esculpió aquel mundo fantástico que habitaba en la mente del Indio. Como toda obra maestra cinematográfica, la mejor obra del Indio fue una suma de talentos, el producto de un genio colectivo en estado de gracia en un contexto histórico y artístico que lo hizo posible.

La obra de Taibo I es displicente con la personalidad del Indio. Con no poca frecuencia adquiere cierto tono desdeñoso. Debían estar hartos sus contemporáneos de aquel Indio malencarado y violento, presumido hasta lo indecible y egocéntrico como él solo. Como un Dios prehispánico, moldeó a hombres y mujeres de barro a su imagen y semejanza, y luego les concedió un paraíso maldito. Al contrario que en el relato bíblico, sus criaturas expulsaron al indio demiurgo y para ellos solos quedó el recinto hermético de una obra, un mundo, hoy de imposible acceso y acaso comprensión.

jueves, septiembre 06, 2012

HOJAS SECAS XXVII

Mientras espero un volumen que recopila cinco novelas de David Goodis, aquí pego esta hoja seca. Escritor maldito de la novela negra, al igual que Thompson un lírico de la desesperación, Goodis dejó un puñado de novelas formidables. La novela que aquí presento se tituló también The Dark Chase y data de 1947. Sus obras mayores son Street Of No Return (1954) y la lírica Down There (1956), que Truffaut inmortalizaría con el título de Shoot the Piano Player. David Goodis, un escritor olvidado (mas no lo suficiente) a reivindicar con fuerza frente a otros de sus contemporáneos en estos principios del siglo XXI.  

martes, septiembre 04, 2012

HISTORIETA PELANGOCHA MEXICANA

Durante principios de julio los cuates de Tebeosfera colgaron, como parte de su número 9 dedicado a la mujer en los cómics (miren en el enlace el prolijo contenido) un jugoso artículo mío dedicado a reivindicar (¿por qué no?) el cómic popular mexicano de carácter erótico y pornográfico. El título es La historieta pelangocha mexicana: una aproximación (de ser posible) reivindicativa. Y lo pueden leer clicando aquí.