jueves, junio 04, 2009

FANTASCOPÍA MEXICANA: EN CARNE VIVA (1951), DE ALBERTO GOUT

En carne viva, rodada por Alberto Gout en 1950, fue concebida desde el primer momento como un vehículo para la hermosura de Rosa Carmina. Nacida en 1929 en La Habana, Rosa Carmina fue descubierta por Juan Orol cuando éste buscaba en Cuba una nueva musa para su cine. Anteriormente había lanzado a la fama a María Antonieta Pons, también cubana de nacimiento, a quien Orol descubrió siendo muy joven todavía. La desposó y la convirtió en estrella del cine de cabarets, subgénero mexicano peculiarísimo que sólo se dio en este país y que causó asombro en todo el mundo durante cerca de una década.

Descubierta por casualidad por Enrique Brion, amigo de Orol, cuando asistía como invitado a una fiesta de graduación en que cantaba Carmina, cuando Juan Orol le puso el ojo encima a la despampanante caribeña siguió con ella el mismo camino que con Antonieta Pons, de quien se estaba divorciando en aquellos días: la convence para seguirle a México, la convirtió en protagonista de su filme Una mujer de Oriente (1946) y posteriormente se casó con ella. Juan Orol, autor muy afin al espíritu de Ed Wood, rodó lo largo de su fructífera carrera un buen puñado de filmes que consolidaron en México el cine de gángsters, el melodrama exótico y el cine de rumberas.
Protagonista de otros filmes de Orol, entre los que destacaron Gángsters contra charros (exponente máximo del cine negro entendido al descacharrante estilo Orol) y El reino de los gángsters, el protagonismo de Rosa Carmina en este film, en el que destacaba por su enorme belleza, la convirtieron para siempre en la Reina de los Gángsters, apelativo por el que pasaría a la historia de la cultura popular mexicana y con el que todavía es recordada.

Orol sabía muy bien lo que andaba buscando, y tuvo la suerte de encontrarlo al menos dos veces, con María Antonieta Pons y Rosa Carmina. Esta última actriz expresaría con sus propias palabras la receta de Orol para entontecer las conciencias masculinas con belleza caribeña desde las pantallas: “La rumbera tenía que ser bonita y con cuerpazo: buena pierna, buen busto, cinturita y nada de barriga, pero caderota, porque, según Orol, lo demás podía aprenderse”.

Juan Orol, que era un creador efectista al que no le importaba ni lo más mínimo la verosimilitud de las tramas o de los ambientes, cosechó numerosos éxitos a lo largo de su carrera, y en la segunda parte de la misma convirtió a Rosa Carmina en una estrella que rutilaría en las pantallas hasta ver comenzar los años 60, en que se retiraría hasta regresar con Bellas de noche, una película de los seres crepusculares que retomarían la antorcha de las rumberas un cuarto de siglo después: las ficheras. Sin embargo, ya no habría detrás una sólida industria ni derrocharía el glamour congénito a cualquier film de los años 40, entre los cuales destacaron los de rumberas.

En carne viva es la segunda película que rueda Alberto Gout en 1950. Su otro film del año, Sensualidad, había sido interpretado por Ninón Sevilla, que en esa película redondeó el personaje de fulana cínica y vengativa que, tras haber sido maltratada por la vida, se convierte en azote de machos manipulables por la bragueta. Cierto grado de masoquismo varonil convertiría a Ninón Sevilla en un icono del cine mundial, algo que la industria del cine mexicano podía lograr en aquellos años.
Como Sensualidad, también pertenece al género cabaretero En carne viva, pero aquí Rosa Carmina interpreta a una ingenua bailarina de cabaret llamada Antonia seducida y abandonada por un marinero que consigue engatusarla con facilidad. Tras dar a luz a la hija de ambos, su suicido marcará la vida de su hija, que al llegar a la juventud (donde es interpretada también por Rosa Carmina) sigue los pasos de su madre y se convierte en bailarina de éxito. Los giros y contragiros de la fortuna llevarán a Leonor a vivir reconocimientos familiares delirantes y angustiosos en el más puro estilo del melodrama euripideo, pero con moralina en vez de filosofía.

El tema del incesto, que se hallaba ya en La mujer del puerto (Arcady Boitler, 1936), reaparece aquí como una constante de las perversiones en que incurre la fortuna con los frágiles destinos humanos. Tema terrible donde los haya, debía de parecer especialmente morboso para la sociedad mexicana de su tiempo, pues resulta ser una constante en diversas películas de la época. En esta ocasión Alberto Gout se encontró con un guión relleno de tópicos y frases manidas que no hubo manera de arreglar por más oficio que se le echara. Carente del grado de delirio y felonía de Sensualidad, esta nueva producción del cine de rumberas se ahoga en la profusión de situaciones predecibles y diálogos rimbombantes que conducen a un clímax absurdo.

Muy cuidada formalmente, En carne viva tiene sus mejores momentos durante la primera hora del film, donde la belleza criolla de Rosa Carmina destaca con luz propia entre la frondosidad recreada en estudio de una Veracruz donde Carmina parece su princesa azul de ensueño. El cine mexicano, que en general fue un cine de artesanos más que de maestros, y de grandes momentos más que de grandes películas, aporta con En carne viva algunas conseguidas escenas de cabaret (las que transcurren en El Tiburón, de Veracruz, donde también destacan las canciones de Toña La Negra), y una simpático número musical ambientado en un autobús de transporte público. Sobre todo, la película es un festín para que los ojos se recreen una y otra vez en la belleza de la actriz cubana, que ejecuta muy bien su personaje: no sólo su mirada oblicua y desconfiada resulta enormemente seductora, sino que también resultaba muy verosímil al pasar de la ternura a la sensualidad, de la angustia a la sabia resignación.

En carne viva (1951). Dirección: Alberto Gout. Intérpretes: Rosa Carmina, Crox Alvarado, Rubén Rojo, et alii. Más información, IMDB.

HOJAS SECAS XVI

lunes, junio 01, 2009

NADANDO CONTRA LA CORRIENTE EN UN RÍO DE SANGRE

Como la mayor parte de mis visitantes me lee desde España buscando reseñas sobre literatura, cómic o cine, no es costumbre mía hablar de la ciudad en que vivo. Hoy debo hacer una lacerante excepción. El nombre de Manuel Arroyo Galván quizá no diga nada a quien haya leído este blog, ni siquiera si en su día leyó completa esta entrada sobre Creatividad y educación. Hasta ayer era un compañero más de los que cada día frecuento y trato, un profesor dedicado con seriedad al mismo trabajo al que yo me considero entregado con la misma seriedad: la enseñanza universitaria. Es una hermosa profesión, por lo general. Incluso si esa es tu profesión en una de las ciudades más desgraciadas del planeta: Ciudad Juárez, Chihuahua, México.

Hoy Manuel Arroyo Galván, compañero y amigo, no es más que un desafortunado cadáver de los muchos que cada día arroja esta inútil guerra contra las drogas en esta ciudad en la que vivo: Ciudad Juárez. No es ésta la ciudad a la que yo vine a parar por amor hace quince años. Digo por amor, porque continúo casado con la responsable. Era entonces Juárez una ciudad próspera y alegre, en la frontera con Estados Unidos. Tenía fama de ciudad divertida y picante. De tolerante y caótica, pero dentro de un caos moderado. Ciudad de maquilas, un millón y medio de habitantes y un millón de cantinas. Una ciudad para perderse en ella y olvidar el mundo. Feíta pero cachonda. Esa era la ciudad que yo conocí. Esa ciudad hoy día ya no existe.

Hoy es una de las capitales mundiales del crimen. La sombra de un reinado de terror, de sangre y de muerte se proyecta sobre todos nosotros. Es una ciudad maldita. La imaginación popular asegura que cuando un crimen espantoso sucede en una casa, esta casa queda embrujada y maldita para siempre. En esta ciudad que yo veo como mi casa han sucedido muchos más que muchos crímenes. Su fama internacional comenzó en los años 90, con la violación y asesinato de más de 400 mujeres. Asesinatos impunes. Después de 400 asesinatos impunes de mujeres (y no menciono asesinatos de hombres), cualquier ciudad queda embrujada y maldita. En esa ciudad vivimos todos. Desde esa ciudad te escribo yo.

Desde que Felipe Calderón llegó a la presidencia de la República, el presidente se empeñó en combatir el narcotráfico. Cosa hermosa querer un mundo sin drogas, fumadores ni chicuelas que abortan. El problema es que, antes de empezar su guerra, el mandatario olvidó contar las balas que tenía en la escopeta. ¿He dicho balas? Rectifiquemos: piedritas en el tirachinas.

Vivimos literalmente bajo el fuego. Los narcotraficantes asesinan con total libertad por las calles, frente a las escuelas delante de los niños, o entrando sin complejos en cualquier restaurante de moda por las noches. La policía mientras tanto, ríe y se pasea. El ejército ha ocupado las calles, y la población ya no sabe a quién tenerle más miedo: si a los sicarios del narcotráfico, a la policía o al ejército. Tienen buenas razones para temer a cada uno de estos grupos y ninguna razón para celebrar su presencia.

Hoy le ha tocado, de nuevo, a un compañero mío (el semestre pasado fue a Gerardo González Guerrero, un psicólogo entusiasta, a punto de alcanzar la jubilación, que se desvivía siempre por sacarme conversación sobre España). Mi compañero se llamaba Manuel Arroyo, y no merecía estar muerto. No tenía vínculos con el narcotráfico, no se dedicaba a la política, no pertenecía a ninguna de las policías locales ni nacionales. No era más que un profesor universitario. Muy querido por nosotros sus colegas, y por sus alumnos. Un hombre entusiasmado de vivir la obligación de enseñar a quien no sabe. El presentador del noticiero nocturno asegura en el lamentable noticiario que cierra cada noche la vida en Juárez, que el asesinato de Manuel ha sido una “lamentable confusión”. ¿En nombre de quién habla?

Manuel está muerto. Acribillado frente al volante de su auto en una céntrica avenida de la ciudad. Ante los ojos de todos. Nadie merece morir así. Ninguna persona de las que desde el año pasado han caído bajo las balas. Ciudad Juárez es la capital de los crímenes impunes. Un parque de atracciones para psicópatas. Manuel ahora está muerto, pero mañana puedo ser yo. O mi esposa. O mi mejor alumno. O tú, si es que me lees desde esta misma ciudad.

Pero déjenme que les cuente cómo me he enterado del asesinato de Manuel. Yo estaba en clase, como debe ser (zapatero, a tus zapatos). Estábamos concluyendo un módulo de la maestría de la que soy coordinador (maestría, en castellano de Castilla se dice máster). Veíamos Así es la vida, de Arturo Ripstein. Concluíamos un análisis sobre variaciones del mito de Medea. Advierto que ha faltado una chica que trabaja en uno de los periódicos de la ciudad. De pronto, uno de mis alumnos se levanta nervioso, me pasa su celular y leo aterrado un mensaje SMS que acaba de recibir de mi alumna ausente: “Parece que han asesinado a Manuel Arroyo, profesor UACJ, avisa a Vigueras, esto es un caos y no podré llegar a la clase…”

Me levanto como impelido por un resorte y salgo del aula. Necesito un café, y sobre todo, un cigarrillo. Acudo a mi oficina y consulto la versión electrónica de uno de los diarios. Nadie menciona el nombre de Arroyo, pero una de las noticias parece coincidir con él. Ni que decir tiene que no era tan fácil reconocer el cadáver que buscabas: el viernes hubo 10 asesinatos en la localidad. Un día de tantos. El asesinato de Manuel, en sentido estricto, no fue sino uno más.

Otro coordinador, también vecino, me indica que a las siete y media los profesores y alumnos se reunirán en un lugar emblemático: la mega-bandera. Para quien no lo sepa, la mega-bandera en un asta formidable que sostiene una no menos formidable bandera de la república mexicana. Se ubica en el parque del Chamizal, a pocos pasos de la institución. Regreso a clase, finalizamos la película, doy unas cuantas instrucciones para el próximo día y me toca comunicarles la triste noticia del asesinato de Manuel, pues muchos le conocían. En los ojos de algunos descubro horror y rabia, en los de otros simplemente resignación.

Me dirijo hacia la mega-bandera. Entre el centenar de personas congregadas, reconozco a muchos compañeros y alumnos. Un par de canales de televisión filman y hacen entrevistas. Nos comprometemos a llevar a cabo una marcha hasta las instalaciones policiacas, no muy lejanas, de la PGR (Procuradoría General de la República). Cuando mi esposa y yo llegamos a las instalaciones, comprobamos que ni siquiera la rabia de profesores con estudios de doctorado y años de trabajo intelectual y académico puede ser contenida. Se suceden los gritos y acusaciones dirigidas a los representantes de las fuerzas del Estado y de nuestra seguridad: “¡Fracasados! ¡Devuélvannos nuestra ciudad! ¡Asesinos!” No tardamos en darnos cuenta de que estamos rodeados: la policía y el ejército nos acordona con fusiles en las manos. Seguramente han comparecido por nuestra seguridad. Para que no vayamos a hacernos daño entre nosotros, lastimosos pobresores y estudihambres protestones.

Los congregados exigen respuestas, y los integrantes del grupo proceden a adentrarse en las instalaciones de la Procuraduría después de abrir las verjas a la fuerza. El grupo se dirige hacia la puerta del edificio principal para exigir que las autoridades hagan declaraciones oficiales y se comprometan a encontrar a los asesinos. Aunque sólo sea eso: una declaración de buenas intenciones. Agitan las puertas y las golpean. Se suceden los gritos nuevamente como si se tratase del bramido de un coro griego: “¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Asesinos!” Mi esposa y yo debemos retirarnos, así que levantamos el campamento. Afuera se han congregado más profesores y estudiantes.

En casa, desde la televisión que vomita la furia del día a través del Canal 44, sigo el transcurso de los acontecimientos: veo a mis compañeros unidos de las manos tras las verjas de las instalaciones de la policía, negándose a levantar el sitio hasta que les den cabal razón de qué ha ocurrido. Como es natural, ni el Subdelegado ni nadie les atendió; como es natural, nadie sabe-nadie supo. Tampoco en el México del siglo XXI fluye la información: siempre está sesgada, manipulada, infantilizada… Ni autoridades ni medios de comunicación (principalmente los de esta pobre ciudad obrera) tratan a sus compatriotas como a adultos.

Desgraciadamente, hay momentos en la vida en que uno debe dar un paso al frente. Que me perdonen mis amigos mexicanos por dejar mis temas y hablar de éstos otros. Pero resulta, amigos, que las balas no entienden de nacionalidades, y que cuando la sangre fluye, fluye siempre en la misma dirección. Y yo también siento cierto aprecio por la sangre que corre por mis venas. Ayer fue Manuel. Una víctima más de una guerra que sólo ganarán quienes atienden a las leyes de la oferta y la demanda: quienes venden las drogas. Nosotros, los seres humanos, no somos más que estorbos molestos por el camino. Hay que encontrar una alternativa sensata a esta lacra que está destruyendo países y miles de vidas. Hace seis meses cayó bajo las balas mi compañero Gerardo González. Fue otra “lamentable confusión”. Y en medio, muchas más vidas han caído y caerán. Mañana, sin ir más lejos. Y volviendo al tema del asesinato del profesor Manuel Arroyo: ¿A quién le importa la muerte de un maestro perteneciente a un sistema educativo difunto? ¿Ha llegado el tiempo de que los muertos enterremos a los muertos? ¿Tiene sentido seguir exigiendo honradez, responsabilidad y esfuerzo a nuestros estudiantes? ¿De qué lado estamos cuando les hacemos sufrir tanto para sacar la mínima calificación aprobatoria? ¿No nadamos contra la corriente en un río de sangre?


Imágenes tomadas del blog Pulpnivoria

miércoles, mayo 27, 2009

SOMEWHERE IN TIME

Explica el director Jeannot Szwarc en las características especiales que acompañan la edición en DVD de esta película que Somewhere en time no es una película para cínicos.¡Absténganse descreídos de la vida y del amor! Escrita por Richard Matheson y basada en su propia novela, esta película narra cómo Richard Collier (Christopher Reeve) viaja en el tiempo hasta el pasado para recuperar un amor perdido que aún no ha perdido. Bello film romántico sin pudor de serlo, Somewhere in Time hubiera sido una película de culto universal de haber sido rodada por William Dieterle en los años 40, pero en los años 40 esta novela no existía. Alejada tanto del expresionismo cinematográfico como del sentir de una época que era mucho más romántica que la nuestra, en Somewhere in Time brillan sobre todo la belleza deslumbrante de Jane Seymour y un tema principal compuesto por John Barry que ya es Historia de la música en el cine. Un buen film, de esos para llorar con ganas y con gusto, cuyo único defecto podría ser el de haber llegado a nostros con tantas décadas de retraso.

jueves, mayo 21, 2009

TEBEOTECA IV: LOS COMPAÑEROS DE UNIVERZOO, DE MORA Y USERO

Los compañeros de Univerzoo (Les Compagnons d´Univerzoo) fue una obra realizada entre 1974 y 1975 para la revista francesa Pif, de Ediciones Vaillant (París). Se trata de una serie de ciencia ficción, género que el escritor Víctor Mora (1931) había cultivado antes en Vendaval (con dibujos de Antonio Bernal, 1956) o Galax el Cosmonauta (con Fuentes Man y Rafa Ramos, 1968). Quizá su obra más conocida en este campo sea Dani Futuro, dibujada por Carlos Giménez entre 1969 y 1975). En esta ocasión se encargó de los dibujos el gran artista madrileño Adolfo Usero (1941), quien ha colaborado con Mora en otras ocasiones.
Trazos ágiles y ligeros para resultados barrocos
Corre el año 2210. Jo Klavius y sus amigos viven en Univerzoo, perteneciente al Consejo Científico Terráqueo. Univerzoo es una reserva natural de especies animales protegidas (como los lagartos vampiro o las tortugas dragones) de todo el universo conocido, la cual se ubica en lo que antes fue el desierto de Sahara. Destinado al Arche, nave capitaneada por el capitán Lang cuya misión consiste en estudiar las costumbres animales, la nave abandona el Sistema solar para llevar a cabo sus investigaciones.
Ecos de fantasía heroica
Univerzoo fue una serie efímera, cuyo planteamiento ha ido ganando en importancia con los años, ya que la sensibilización creciente hacia la ecología le concede hoy día una pátina de modernidad. Los guiones de Mora tienen la chispa y frescura que siempre ha caracterizado la producción adolescente de este escritor (El Capitán Trueno, El Jabato), donde Mora procuraba ejercer siempre una función didáctica independientemente de en qué época transcurriesen sus historias. Quizá en esta ocasión la palma se la lleva el excelente dibujo de Adolfo Usero, suelto y lleno de vigor y dinamismo. Los Compañeros lucharán contra traficantes de animales (como en la aventura de los gorilas enmascarados, trasunto de la época ya lejana —en la ficción, por supuesto— de la trata de seres humanos) o que buscan el cementerio de las tortugas dragón para enriquecerse con la venta ilegal de sus valiosos caparazones. Víctor Mora recicla viejas leyendas y lacras de la edad de oro de la exploración para proyectarse a un universo donde la convivencia con el entorno natural y sus criaturas se ha convertido en una necesidad social que cada día resulta más acuciante en nuestra realidad.
Vida cotidiana y humor en el espacio
Como siempre, las historias están protagonizadas por el habitual trío de las series juveniles de Mora: acompañan a Jo Klavius la simpática Gina, pecosa con cierto aire de familia con Supernova (también creación de Mora con Edmond), y el estrambótico Kissetou (en la primera historia recibe el nombre de Sepreskstout), especie de joven pedante de buen corazón que aliña los relatos con su vis cómica. En Los compañeros de Univerzoo encontramos muchos elementos de anticipación como aircars, televisión en tres dimensiones y aventuras sin fin en planetas exóticos. En España los ocho relatos de la serie fueron editados en 1982 en un solo volumen por Ediciones Amaika (Barcelona).

Ficha Tebeosfera
Ficha Toutain: Víctor Mora.