martes, mayo 12, 2009

CARNIVÀLE: CAUTIVOS EN BABYLON (PARTE 2 DE 4)

Tenemos, para empezar, una serie mística, una serie profundamente religiosa que bebe de diversas fuentes, y no sólo bíblicas: el aspecto religioso se mezcla también con la depurada herencia del mejor cine de la historia: Carnivàle bebe tanto de Freaks (Tod Browning, 1932) como de Las uvas de la ira (John Ford, 1940), pero va mucho más allá al trascender lo meramente chocante y grotesco para plantear ante nuestros ojos la representación del combate primigenio, aquel del que todo fluyó como en un río de aguas turbulentas mucho antes de que Eva diese de comer a Adán de la manzana. Carnivàle es una serie de fantasía religiosa y terror místico.

Una serie coral donde paulatinamente iremos conociendo a los pintorescos o turbulentos protagonistas del circo ambulante que viven a salto de mata de villorrio en villorrio miserable: el tullido ex jugador de base-ball llamado Jonesy (Tim DeKay); el detestable pero encantador Felix ´Stumpy´ Dreifuss (Toby Huss), quien permite la prostitución de su esposa (maravillosa Rita Sue, interpretada por Cynthia Ettinger) y de sus hijas Norma Mae (Amanda Aday) y Libby (Carla Gallo) tras la grotesca función de strip-tease con que la familia se gana la vida; la tarotista Sophie (Clea DuVall), que se comunica telepáticamente con su madre inválida (Apollonia, interpretada por Diane Salinger); Ruthie (Adrienne Barbeau), la encantadora de serpientes enamorada de Hawkins; Lila (Debra Christofferson), la mujer barbuda relacionada sentimentalmente con el Profesor Lodz (Patrick Bauchau), tipo macabro y lleno de secretos… Todos ellos personajes formidables, excelentemente interpretados por actores a la altura del reto que se les proponía. Entre todos ellos destaca, como no podía ser menos, el pequeño Samson, a quien interpreta el inolvidable enano de la habitación roja de la serie de David Lynch Twin Peaks y que demuestra ser tan bajo de estatura como grande en recursos interpretativos. Carnivàle sería una gran serie sólo por la interpretación sarcástica, sabia y conmovedora de este pequeño gigante que es Michael Anderson.

Carnivàle, serie mística y enormemente audaz, no tuvo éxito y fue cancelada al final de la segunda temporada. La razón esgrimida por HBO fue que el elevadísimo costo de producción por episodio (4 millones de dólares) no se correspondía con elevadísimos índices de audiencia. Su creador, Daniel Knauf, quien tenía en mente una historia de dimensiones épicas en seis temporadas, tuvo que comprimir como buenamente pudo durante la segunda mitad de la segunda temporada. Se nota, de repente, una precipitación en los reconocimientos y peripecias diversas que no habían sido la tónica habitual en una serie lenta, que se recreaba en los detalles y en insinuar misterios poco a poco, antes de confirmarlos o desmentirlos. Pero había que hacerlo, había que recortar para cerrar Carnivàle con cierto decoro que permitiese dejar la puerta abierta para, quién sabe, una segunda oportunidad para retomar a los personajes del circo ambulante en una temporada final, o un largometraje para los cines. Desgraciadamente, nada de eso llegó. Hoy Carnivàle se ostenta como una obra maestra incompleta, pero que ejerce un poder de fascinación pocas veces igualado en la historia del medio televisivo.

Continuabit...

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