martes, mayo 16, 2006

MAIGRET Y LA MUCHACHA ASESINADA

Pocas lecturas mejores para desengrasar que una novelita de Georges Simenon (1903-1989), ese autor mítico de la novela policiaca francesa que escribía una novela por mes, a razón de capítulo por día; cuando finalizaba la redacción de una novela completa (que venía a tener entre siete y nueve capítulos) dedicaba el resto del mes a pensar en su siguiente novela y a fornicar con multitud de prostitutas y con todas las mujeres que se dejasen (incluidas su esposa y su criada; con ésta última hacía el amor todas las tardes hasta la vejez de ambos). Simenon fue el Lope de Vega de la novela policiaca, un monstruo de la naturaleza que no sólo escribía mucho, sino que escribía muy bien. Yo creo que sus contemporáneos no llegaron a asimilar tanta novela. A pesar de que todo Simenon era recibido entre aplausos, tanto por parte de la élite intelectual (André Gide, Henry Miller…) como del común vulgo, no creo que hubiera nadie que pudiera asimilar tanto Simenon con tanta frecuencia. Simenon escribió, a grosso modo, dos clases de novelas: las protagonizadas por el comisario Maigret, y las otras. El gran éxito de su tiempo fueron las de Maigret, que se siguen publicando con frecuencia, pero hoy día llama sobre todo la atención ver cómo las novelas no protagonizadas por Maigret se siguen editando en ediciones caras como si estuviesen recién escritas. Es el caso de las que edita Tusquets. Simenon, y a ello iba, fue un hombre que dejó producción literaria para dos vidas, y ahora que está muerto, sigue publicando y ganando batallas como el Cid Campeador.

Hace unos años, en un mercadillo en Murcia, encontré a muy bajo precio 32 novelas de Maigret y las compré todas. Ya entonces era aficionado a este comisario parco en palabras, un hombre de mediana edad acompañado de su inseparable pipa y degustador de la comida popular francesa. Da gusto seguirle en sus casos y cavilaciones, meterse con él en las fonditas donde saborea sus pernods y vinitos blancos, verle telefonear a la Casa Dauphine para que le lleven a comisaría bocadillos y cervezas con que meditar en sus casos o interrogar a un sospechoso. Y sobre todo, verle olfatear en los ambientes en que vivieron las víctimas o los victimarios, ponerse en su lugar y resolver el caso por medio de una empatía psicológica que fue revolucionaria en el género y que le granjeó fama mundial. Y cómo olvidar, claro, a la imprescindible señora Maigret, señora de su casa que siempre le tiene la comida caliente, aunque él no pueda llegar al hogar para calzarse las zapatillas, ponerse su bata y comer mientras medita en silencio sobre la condición humana. Leer a Simenón es imprescindible, siempre un placer. Siempre un análisis de la vida y la muerte de los humildes, de quienes muchas veces lo perdieron todo con el simple acto de nacer.

Y todo esto es porque durante este fin de semana (con lunes festivo, por ser, ja, el Día del Maestro) me he leído otro Maigret: Maigret y la muchacha asesinada. La historia desgraciada de una jovencita de provincias que llega a Paris para buscarse la vida y halla una muerte violenta que podía haberse evitado si el riguroso azar hubiese vuelto la mirada hacia otra parte. Y como secundario de lujo, el oscuro y triste inspector Lognon, conocido como Malasombra, un policia eficientísimo con injusta fama de torpe y de cenizo y una manía persecutoria que le impulsa a pensar que el mundo entero está contra él. En definitiva, otra gran novela de Simenon. Lo dicho, siempre un placer.

lunes, mayo 15, 2006

EL CAPITÁN TRUENO CUMPLE 50 AÑOS

Las alegres caras de Crispín, Goliath, el Capitán Trueno y Sigrid, dibujados por ese gigante del tebeo español que fue Angel Pardo me llenan siempre de optimismo y jovialidad. Me basta mirarles para que se me pase la tontera, la nostalgia o la amargura. Les conozco bien y sé que es así como hay que tomarse la vida: Always merry and bright!, como me enseñó mi tío Henry Miller cuando yo era sólo un adolescente.

El pasado domingo 14 de mayo, el Capitán Trueno cumplió cincuenta años. Viejo amigo desde la infancia (desde la infancia de muchos desde aquel lejano 1956), el Capitán Trueno adquirió desde su aparición una aureola de libertario que el tiempo ha convertido en mito. Creado por la fértil imaginación del escritor Víctor Mora y dibujado gráficamente (en sus primeros tiempos) por el gran artista Miguel Ambrosio Zaragoza, Ambrós, el Capitán Trueno se ha convertido por mérito propio en el gran personaje del tebeo popular español, aquel que ha sido devorado por millones de españoles durante generaciones y que supo transmitir a sus lectores, de manera más o menos subrepticia, un enorme amor por la caballerosidad, el respeto, la tolerancia y la justicia, la libertad, el desprecio por los abusadores y los tiranos, el amor por la cultura y la ciencia, y tantas otras virtudes o valores que se encontraban más o menos secuestradas en la España de Franco en la que vio la luz, por primera vez, en aquel lejano 14 de mayo. Desde entonces, y esto merece ser subrayado, el Capitán no ha abandonado los kioscos y librerías de España, y cincuenta años después continúa cabalgando con su alto sentido de la ética y de la justicia, y sobre todo, con su carácterístico optimismo y buen humor. Por el camino ha pasado de todo, desde los 618 cuadernillos originales hasta las versiones refritas como Trueno Color (ésta sólo tuvo el mérito de aportar unas preciosas portadas pintadas por Antonio Bernal) hasta llegar a las que fueron las últimas aventuras originales publicadas por Planeta en los años 80 y posteriormente las detestadas dos incursiones en el personaje del inglés John Burns. No tuvo la culpa el inglés, sino el mismo padre de la criatura, Víctor Mora, con dos poco afortunados guiones que, intentando volver al Capi un personaje más internacional, desdibujaron las señas de identidad más caseras y tradicionales.
Portada de Ambrós para el cuadernillo 70 de la serie
Porque el Capitán Trueno se publicó y distribuyó en otros países, pero nunca tuvo el éxito que logró en España. En Francia, por ejemplo, no logró destacar en un mercado saturado de grandes obras de referencia dentro del medio, ni siquiera cuando sus aventuras estaban dibujadas por dos fenomenales artistas a quienes debemos buena parte de nuestra nostalgia: el ya citado Ambrós y el no menos grande Ángel Pardo. Las preocupaciones de Trueno, trasunto de los sueños de justicia y libertad de Víctor Mora, eran demasiado españolas, estaban demasiado inmersas en nuestro conflicto patrio, que apenas comenzaba a abrirse al mundo después del una guerra civil y una posguerra revanchista donde gobernaban precisamente aquellos a quienes Trueno más despreciaba: los fanáticos, los oscurantistas, los machistas, los retrógrados… Y luego estaba el humor, un humor blanco muy español, extrañamente definible, pero que sólo puede disfrutarse en España, un país que desde los tiempos de la novela picaresca ha congeniado drama, aventura y humor con gran fortuna, bastante ininteligible en otros países más melancólicos o dramáticos, o simplemente más severos o amargados.
Portada de Antonio Bernal para Trueno Color

Llevo leyendo toda mi vida El Capitán Trueno y mi deuda con él es grande, y no sólo con él, con el gordo y tuerto Goliath, con el chispeante y valiente Crispín, con la vikinga rubia Sigrid, reina de Thule… Con Trueno aprendí a leer, con Trueno construí mi primer vocabulario de palabras "domingueras", tan característico de la prosa pulida y cultivada de Víctor Mora: drakkar, fiordo, inexpugnable, iceberg, calumnia, batracio, etc… Sobre todo, Trueno me abrió la puerta del maravilloso mundo del tebeo o cómic, un arte que desde entonces no he abandonado y cuyo placer cultivo con el mismo entusiasmo con que cultivo la lectura de los clásicos grecolatinos o el visionado de películas antiguas. Un arte minoritario, sensible y precioso, que también procuro divulgar abusando de mi condición de profesor universitario (el próximo semestre toca otra vez mi asignatura Obras maestras de la narrativa gráfica). Trueno fue el primero y siempre seguirá ahí. De vez en cuando tengo la necesidad de releer algunas de sus historias, y entonces tengo esa extraña sensación de tiempo recobrado. Trueno fue el primer amor de mi vida lectora, y estoy y estaré siempre en deuda con él y con sus creadores. Gracias, Capitán. Gracias, Sigrid. Gracias, Crispín y Goliath. Y sobre todo, gracias a Víctor Mora, Angel Pardo, Ambrós, Francisco Fuentes Man y Antonio Bernal. Seguiré hablando más adelante del Capitán Trueno.

jueves, mayo 11, 2006

PERROS DE PAJA: PUEBLO CHICO, INFIERNO GRANDE

Yo tampoco conozco el camino a casa, nos confiesa Ben (Dustin Hoffman) en la última y lapidaria frase de Perros de paja. Ben es un hombre pacífico que cree en el pacifismo y en la bondad natural del ser humano. Sin embargo, llega a parar al pueblo escocés de su noviecita, un lugar habitado por depredadores que suscriben ese dicho mexicano genial: pueblo chico, infierno grande.

Ben es matemático, y su noviecita le ligó en Estados Unidos y se lo trajo a casa, una casa que está en un pueblito donde todos los personajes parecen tan vivos y tan acogedores como los zombies de Buffy Cazavampiros. Ella le ama o cree amarle, pero en el fondo le desprecia: él no le hace al caso infantil que las niñas merecen, y como niña pequeña, le borra sus garabatos de la pizarra. Ella le recrimina que no sea más violento, que es una forma de decirle "más hombre". Ben es poco hombre para ella, pues ella cree en la naturaleza depredadora del ser humano, algo que por desgracia sólo Ben puede reconocer en el último rollo de la película y en la frase final. Hasta entonces, Ben es un ingenuo, de ahí su actitud siempre benévola y conciliadora, sin maldad. Como buen matemático racionalista, descarta la fuerza oscura e irracional del ser humano, pues no cree en ella, piensa que debe ser reprimida y aniquilada. A pesar de sus buenas intenciones, el lado oscuro genera poder y atracción en la sociedades primitivas y pre-matemáticas, y es por esto que ella le desprecia, porque ella todavía cree en un sistema de valores del mundo salvaje, donde el hombre sólo es hombre cuando es fuerte y es violento, cuando se vuelve depredador y entonces se reivindica.

La moraleja de Perros de paja es amarga: la civilización no puede someter a la barbarie sino con más barbarie. Que si vis pacem, para bellum, compadre. Y después, Dios dirá, y si no, que lo diga Alá. Posiblemente, Perros de paja sea la película favorita de Rumsfeld, Bush y Blair cuando se toman tres copas de más y se ponen farrucos, pero también líricos y filosóficos. Perros de paja tiene lo que tenía Peckinpah: una reflexión aciaga de la naturaleza humana y un lirismo de la violencia que lo emparenta con Homero, que también hizo violencia en verso. Homero usó el hexámetro, verso de seis pies y muchas sílabas. Peckinpah usó la Dolly, que era la antigua máquina de montar que con muchos pies de cinta conformaba, a partir de sílabas rodadas de forma desprendida y ordenadas en una línea temporal caprichosa, los versos de cada secuencia.

Perros de paja sigue siendo una profunda y hermosa película. Muy violenta para su tiempo, algo en lo que Perros de paja ha envejecido, ya que en esto hemos progresado increíblemente hasta superarnos con creces a todo lo anteriormente visto. Somos más animales que nunca, y esto nos complace. Más hombres, hasta las mujeres. Pero no nos engañemos, pues siempre estuvo ahí esa complacecia por la sangre y la brutalidad, desde la noche de los tiempos: ¿Alguien ha superado todavía la masacre de los pretendientes cantada por Homero en La odisea? Todavía no. Tarantino, güey, ya llegas tarde.

Perros de paja (Straw Dogs, 1971). Dirección: Sam Peckinpah. (****, de 4). Más información.

miércoles, mayo 10, 2006

FICHAS TOUTAIN XVIII: VÍCTOR DE LA FUENTE

Uno de los más grandes artistas del cómic español con trayectoria y reconocimiento internacionales. ¿Qué decir de series hoy míticas como Haxtur, aquella maravilla aparentemente tan llena de símbolos que publicaba la legendaria revista Trinca? ¿Y qué de Mathai-Dor? ¿ Y de Haggarth? Maestro del claroscuro, con un pincel lleno de fuerza, de soltura y de nervio, también cultivó el western existencial con Sunday (es que era Víctor Mora a los guiones) y ha desarrollado una notable obra de madurez en Italia y Francia. Una recuperación de su obra es absolutamente necesaria. Mientras tanto, recomiendo la lectura de dos libros imprescindibles sobre Víctor de la Fuente: Mariano Hispano (ed.), Cuando el cómic es arte: Víctor de la Fuente. Toutain Editor. Barcelona, 1982. Esta obra es hoy difícilmente encontrable, pero más fácil de hallar es el excelente volumen de Félix Velasco Fargas, Víctor de la Fuente. Homenaje. Recerca Editorial, Black & White y Almargen. Illes Balears, 2003. Abajo, en la foto, el autor de este libro Velasco Fargas (izquierda) con el maestro de la Fuente (a la derecha), en Gijón, octubre de 2001.

Clicar sobre las imágenes para ver a mayor tamaño. Estas fichas fueron publicadas en la tercera de forros de cada fascículo de la Historia de los Cómics (Toutain Editor, 1982) y no han vuelto a ser reeditadas desde entonces. El © de los textos e imágenes pertenece a sus respectivos autores. Estas fichas se publican aquí con intención exclusivamente divulgativa y educativa.

domingo, mayo 07, 2006

SABRINA (1954)

Se ha dicho hasta la saciedad que hay actores que siempre están bien, y Humphrey Bogart era uno de ellos. No importa que siempre se hallen en el mismo registro con lógicas variantes (dominar el registro y las variantes es condición sine qua non para estar siempre bien), pero nos regalan películas que una tras otra nos deleitan. Nos pasa a los devotos del cine negro con Bogart, como le puede pasar a los entusiastas del musical con Fred Astaire.

Pero no en Sabrina. Pocos patinazos metió Bogart en su carrera profesional, pero hay que reconocer que Sabrina fue uno de ellos. Convertido a sus 55 años en galán romántico que seduce a una jovencísima Audrey Hepburn en este film, ni su presencia ni su personaje resultan creíbles en una película que, a pesar de todo, se sigue viendo con enorme gusto. No es para menos: Billy Wilder en el guión y a la dirección, Audrey Hepburn en estado de gracia, un William Holden en su mejor momento y una música romántica de Frederick Hollander, Sabrina es una película romántica, una chick-flick o comedia romántica para chicas como hay y ha habido tantas. Muchos directores clásicos pasaron por la piedra de rodar una comedia romántica, y hoy día, casi todos los actores tienen al menos una en su haber. Es dinerito asegurado. Lo que salva a Sabrina del desastre es Billy Wilder con sus ideas ingeniosas: las copas de champán en el bolsillo trasero de un pantalón, la endiablada aceituna que no quiere salir del tarro, las réplicas brillantes, a veces afiladas como un cuchillo… Detalles de chispa sin los cuales la película sería demasiado remilgada para nuestro gusto.

La desgracia es que Bogart llegó a ella de rebote. El papel había sido escrito (ahora se entiende todo) para Cary Grant, que sí daba el ancho del galán maduro; pero Grant, al final, no quiso saber nada del film y Bogart llegó como plato de segunda mesa. Esto lo tuvo tan enfurecido durante el rodaje que sólo se dedicó a molestar, y fuera de la filmación, a hablar mal del proyecto, de Audrey Hepburn, y sobre todo, de Billy Wilder. Para colmo, Wilder no le invitaba a los cócteles que organizaba con Holden y Audrey en el camerino de ésta al finalizar cada día de rodaje (en su vejez, Wilder se arrepintió de ello), y al sentirse excluido del club, Wilder azuzó más todavía las brasas del ego de Bogey, quien no se sentía tampoco a gusto en el papel de galán maduro. Para colmo, cuando se enteró de que Holden y Audrey tenían una aventura amorosa, su ego se resintió todavía más, ya que era Bogart, y no Holden, quien de los dos hermanos de ficción se llevaba a la gatita al agua. Bogart actuó todo el tiempo con mala cara y pensando en otras cosas, y esto se nota todavía en una película que, por otra parte, es la enésima versión de Cenicienta, pero con un glamour y un humor que hoy no sólo parece irrecuperable, sino que definitivamente lo es: quien ha visto la reciente Sabrina, donde Harrison Ford imita a un Bogart que estaba en realidad sustituyendo a Cary Grant, dicen que el bodrio es tan notorio que deja a Bogart y a la película de Wilder en un lugar mucho más que honroso.

Sabrina (1954). Dirección: Billy Wilder. Escrita por Billy Wilder, Samuel Taylor y Ernest Lehman. Fotografía de Charles Lang. Música de Frederick Hollander. Montaje de Arthur P. Schmidt. Intérpretes principales: Humphrey Bogart, Audrey Hepburn, William Holden, Walter Hampden. USA. 113 M. B/N. (***, de 4).

viernes, mayo 05, 2006

FEDERICO FERRO GAY (1926-2006). SIT TERRA TIBI LEVIS

Qué fácil resulta escribir diez renglones sobre Ray Bradbury o cualquier otro. Qué fácil resulta aventarse una necrológica sobre alguien que no has conocido, con quien no has compartido ni una charla con café y cigarrillo. Qué difícil es escribir, sin embargo, cuando muere alguien querido y muy cercano a ti, alguien a quien querías y respetabas y por quien eras respetado y querido. Cómo se traban las palabras, y el oficio que uno creía tener se hace añicos.

Llevo cuatro días peleándome a navajazos con un escrito de tres folios que ya colgaré aquí sobre mi querido amigo y colega, el "profe" Federico Ferro Gay: un humanista y filósofo italiano que llegó a México poco después de la II Guerra Mundial para quitarse de las hombreras de la chaqueta el polvo de las ruinas de los bombardeos y calmar las cornadas del hambre de la posguerra. El embajador de México en Italia le dijo: "Márchese a México, Federico. Allá está todo por hacer". Federico Ferro Gay es insustituible por muchas razones, siendo una de ellas que, recién fallecido pocos días antes de cumplir 80 años, en México todavía está todo por hacer. Sobre todo en aquellos aspectos en que Ferro Gay fue autoridad en México.

Profesor emérito de varias universidades, nadie como él ha sido profesor universitario antes que nada más en la vida. En 2000 declaró a la prensa sobre su compromiso con el mundo de la enseñanza, que es un acto de generosidad máximo, pues consiste en compartir con jovialidad el propio conocimiento: "Le pido a Dios que no me saque de este ambiente antes de morirme. No lo soportaría". Y no lo soportó. Alejado durante unos días de Semana Santa de las aulas en que impartía Latín y Literatura Italiana (por propia voluntad, impartía a sus 79 años cuatro asignaturas este semestre), las Parcas hallaron la manera de meterle en un hospital y Láquesis pudo cortar el hilo de su vida.
La noticia de su muerte, que nos llegó el martes, nos dejó a profesores, amigos y alumnos, llenos de una consternación enorme. En sus últimos momentos de lucidez sintió vergüenza de que la maldita muerte le impidiera regresar a clase para finalizar este semestre al que le quedan dos semanas. Pidió por ello, como un último favor al maestro que fue, que su féretro fuera conducido al aula para que los estudiantes y los colegas le rindieran un último saludo y para enseñarnos, en su última lección, que a un verdadero maestro sólo razones de fuerza mayor, como la maldita muerte, deberían apartarle de ejercer una de las profesiones más bellas y satisfactorias que merecen ser ejercidas. La de maestro.

En la primera foto (tomada por Manuel Parra, de El Diario), me pueden ver a la izquierda; a la derecha, Ulises Campbell; detrás de mí, Carlos González Herrera y Carlos Morales; detrás de Ulises, Antonio Muñoz. Todos nosotros, profesores de la UACJ, recibimos el féretro de Federico Ferro y lo condujimos hasta la explanada del ICSA para un emotivo homenaje antes de que el ataúd fuese acompañado al aula en que Ferro, sin pronunciar palabra alguna, nos impartió su última lección.

Federico amigo: añoraremos tu presencia de gigante que no cabía en los rincones donde te escondías por humildad. En lo personal, también extrañaré tu busto de cónsul romano y tu poderosa voz de orador. Es por esto que ahora te digo "hasta la vista" con las palabras que durante siglos fueron tradicionales entre tus antepasados itálicos: Sit Terra Tibi Levis. Que la tierra te sea leve.

miércoles, mayo 03, 2006

FICHAS TOUTAIN XVII: ROBERT CRUMB

Da gusto que Robert Crumb haya sobrevivido a casi todo (su infancia y adolescencia, la psicodelia de los sesenta, el amor libre, las drogas, la neurosis…) para que todavía pueda seguir escribiendo y dibujando algunos de los tebeos más divertidos que llegan desde Estados Unidos, un país en el que siempre hemos visto una síntesis fascinante, mas a veces irritante, de nuestra civilización. Robert Crumb, con su trazo superdotado y sus tramas fascinantes, ha sido y es uno de los grandes fustigadores de la gloria y miseria de Estados Unidos, diseccionada a través de personajes que con el tiempo se han convertido en grandes iconos de la contracultura americana del siglo XX (el gato Fritz o Mr. Natural). Con posterioridad, él se convirtió en protagonista de sus cómics, una traslación desde la vida al arte que es tan antigua como la literatura (la inició Hesiodo, con Los trabajos y los días) y que durante el siglo XX dio grandes modelos (Blaise Cendrars, Henry Miller o Charles Bukowski); en el cómic había tardado en cuajar con brillantez, y sobre todo, de manera permanente para la posteridad. Quien haya visto ese prodigio de documental de Terry Zwigoff, Crumb, magistral análisis de toda una familia llena de taras y excentricidades, sabrá de lo que estamos hablando. Genio descreído, provocador contundente, obseso sexual sin inhibiciones, cáustico comentarista de su siglo y apasionado narrador del mundo del jazz, Robert Crumb es uno de los grandes genios vivos de la narrativa gráfica como arte adulto y feroz, y por encima de todo, uno de los grandes maestros de todos los tiempos. La fichita Toutain de hoy la escribió Manel Domínguez Navarro.

Clicar sobre las imágenes para ver a mayor tamaño. Estas fichas fueron publicadas en la tercera de forros de cada fascículo de la Historia de los Cómics (Toutain Editor, 1982) y no han vuelto a ser reeditadas desde entonces. El © de los textos e imágenes pertenece a sus respectivos autores. Estas fichas se publican aquí con intención exclusivamente divulgativa y educativa.