martes, febrero 05, 2013
INDIEO: MÁS MÁUS, METAMAUS
jueves, abril 16, 2009
ART SPIEGELMAN: SIN LA SOMBRA DE LAS TORRES
Hay obras que deben ser leídas sin la pasión del momento, y creo que In the Shadow of no Towers, de Art Spiegelman, es una de ellas. El shock que para la sociedad de Estados Unidos constituyó el derrumbe de las Torres Gemelas el 11-S polarizó hasta tal punto la situación política nacional e internacional que todavía hoy estamos sufriendo las consecuencias. De manera global, quiero decir, y en nuestros putos bolsillos. Spiegelman ironizó mucho sobre la respuesta oficial y oficialista ante semejante atentado que acabaría por producir un cataclismo de consecuencias planetarias. También lo hace en las páginas de esta obra: un Spiegelman disfrazado de Happy Hooligan (el mismo personaje con que me asomo en los Datos personales de este blog) es interrogado acerca de qué es lo más grande de Estados Unidos, y él responde: “Que mientras no seas árabe se te permite pensar que Estados Unidos no siempre es tan grande”. Recorto y pego. Las viñetas de Spiegelman no tienen desperdicio. Miren, miren.
Sin la sombra de las torres es un cómic extraño. Está bien juzgarlo sin pasión, porque es fácil caer en la tentación de pensar que es una gran obra, y no lo es. Es un tebeo extraño porque su formato y características son raras: concebido en tamaño grande y con cartulinas gruesas en vez de páginas convencionales, parece un extraño cuento troquelado para niños ancianos. A pocas manzanas de donde hoy está la Zona Cero, asegura Spiegelman, nacieron hace cien años personajes de los cómics que ahora resucitan y salen de entre las cenizas y escombros de las Torres Gemelas. A lo largo de las diez gigantescas planchas de esta obra, Spiegelman jugará con recreaciones de Yellow Kid, Happy Hooligan, Little Nemo y otro personajes que también tuvieron problemas con la oficiosa oficialidad de las catástrofes políticas de su tiempo. En algunos casos, mientras que en otros su evocación llegará para hacer más presente el cataclismo, como Little Nemo y su mundo de sueños que se desmorona literalmente mientras se desmorona Nueva York. Spiegelman adjuntará al final, a reproducción más que estimable y próxima al original, páginas de estos cómics de prensa clásicos. En ellas, los iconos de la realeza, de la patria o de la raza se revolverán contra estos personajes que, como en el mítico relato de Edán y Eva, a veces sólo cometen el error de revelar su independencia intelectual y rebelarse contra los mandatos de un ser superior (llámese Dios, Gobierno o Genio Maravilloso) que les impone cuál debe ser su manera de pensar y de actuar (¿no es éste el sentido de la plancha III del genial Verbeek que podemos gozar en este libro de Spiegelman?).
Es posible que Sin la sombra de las torres no sea el cómic de Spiegelman que hubiéramos deseado leer en tales circunstancias, pero el cómic independiente tiene también la obligación de ser incompleto, aunque no nos satisfaga. Al menos tenemos, eso sí, diez estupendas y muy críticas planchas de Spiegelman cuestionando los totalitarismos intelectuales de las democracias modernas, y también, lo cual ya resulta impagable en los tiempos que corren, siete estupendas páginas del mejor cómic clásico norteamericano reproducidas como jamás las volvamos a ver quizás.martes, diciembre 09, 2008
ENTREVISTA CON SPIEGELMAN
La reciente reedición de su obra Breakdowns (1978) en Estados Unidos da pie a un encuentro con el autor de Maus en El País. Como no podía ser menos, Spiegelman fuma como chacuaco mientras suelta una o dos perlas de sabiduría. Una forma inmejorable de empezar el día.jueves, abril 06, 2006
MAUS. UNA REMEMBRANZA
Ya no estoy muy seguro, pero creo que Maus fue la primera lectura de cierta envergadura que hice directamente en inglés. La compré en 1994 durante mi primera visita a Nueva York, en una pequeña librería de Manhattan llamada, si no recuerdo mal, Jim Henson´s Universe. Era mi primera vez en Nueva York, yo tenía veintipocos años y me fui solo a buscar librerías especializadas por la Gran Manzana (habíamos llegado a la ciudad de los rascacielos para representar en el Teatro del Repertorio Español, también en Manhattan, El anzuelo de Fenisa, de Lope de Vega). Había escudriñado las páginas amarillas de la ciudad y había tomado las direcciones de algunas librerías, me desmarqué del grupo (los demás fueron todos juntos a comprar pantalones Levi´s e imitaciones de Rolex por Chinatown) y, con mucha emoción, internéme solo como un pollito calvo por la gran ciudad.
Si ya estaba nervioso, todavía sucedió algo que me acobardó más. De repente uno de los dependientes se lió a hostias con un chaval que había intentado robarse unos tebeos de super héroes. Nada de detenerlo y darle un par de empujones para asustarle en plan oye tío, de qué vas, o su traducción al inglés. En plan Schwarzenneger, el tipo le propinó una tunda que lo dejó baldado, él se quedó tan a gusto y a mí me dejó turulato. Se notaba que el tío había tenido un mal día, o simplemente, llevaba tiempo deseando sonarse a alguien, porque al chaval le llovieron hostias por todas partes. Yo, que me conocía al dedillo Canción triste de Hill Street, sólo pensaba en huir, creyendo que igual asaltaban la librería sus amigos de la banda de los Diablos y se montaba un pifostio que no veas, las guerras apaches conmigo en medio de todas las gangas de Nueva Yol. Al fin, llegó la policía, esposaron al muchacho y se lo llevaron a comisaría. Como en los telefilmes. Pagué mis ciento y pico de dólares y me fui como alma que lleva el diablo. Todo esto no venía a cuento, pero en fin, me apetecía recordarlo aquí. Al volver a Murcia leí Maus por primera vez, y me sorprendió entender toda la obra con mi inglés de aquel entonces, el que medianamente había aprendido desde la EGB hasta los años universitarios.
Hace un par de semanas releí los dos tomos de Maus. Mi inglés ha mejorado mucho con los años, pero ya no me sorprendió haberlo comprendido todo una década antes: Spiegelman construyó una obra maestra escrita en un inglés sencillo que pudiese llegar fácilmente a cualquiera que supiese un poco de inglés. Me recordó, salvando muy mucho las distancias y sólo hago la comparación por ser didáctico, el griego del Nuevo Testamento y su traducción latina, la Vulgata, dos obras que cualquiera que supiese el mínimo de griego y latín pudo entender sin dificultad a lo largo de los siglos. La misión de los autores del NT fue divulgar un mensaje al mayor número de hombres posibles. Creo que Spiegelman también premeditó, en algún momento, que su obra magna debía llegar fácilmente al corazón de los lectores que pudiesen entender esa lengua franca de nuestro tiempo que es el inglés, como en otro tiempo lo el griego o el latín. Uno de los mayores logros de Maus es que tiene una vocación universalista: quiere trascender las fronteras, dar a conocer un mensaje que también es universal, el de la crueldad del ser humano y su gusto por cebarse, cada cierto tiempo, en grandes sectores de la sociedad que hasta entonces habían vivido libremente y perfectamente integrados en la sociedad: árabes, judíos, homosexuales, negros… ¿fumadores? Ese deseo de transgresión de fronteras condujo a Spiegelman a crear con Maus una apasionante amalgama de elementos diversos: humor, tragedia, historia real, colectivos convertidos en personajes animalizados… Es una historia sobre el holocausto judío, pero su gran mérito consiste en que también es una historia sobre la difícil relación de Spiegelman con su propio padre, Vladek, el superviviente de los campos de concentración, el superviviente del suicidio de su esposa cuando Spiegelman ya contaba veinte años y vivían en Estados Unidos. La tragedia de Anna, la madre de Spiegelman que sobrevivió al holocausto pero no pudo sobrevivir a los recuerdos del mismo, es la gran historia latente que para siempre quedará perdida en el tiempo, y el esfuerzo de Spiegelman por comprenderla intensifica el dolor de una suerte atroz, de una vida marcada por el horror del genocidio nazi que alcanzó a ser expresado por escrito, de puño y letra por ella misma, y que Vladek destruyó tras su muerte intentando librarse del pasado. Desde este punto de vista, también Vladek es un asesino, y así lo llama Spiegelman en la última viñeta del tomo 1, un asesino de la memoria.
Maus es una obra emblemática, pero no sólo es eso: es también una gran obra que merece ser leída y releída con los años. Su carácter de novela gráfica, mixta, fronteriza, procedente del underground americano y hoy instalada en el independentismo creativo radical, la hizo ganadora del premio Pulitzer de literatura en 1992. Se argumentará que fue el tema del holocausto, y no un medio como el cómic, el que ganó el prestigioso galardón, pero esa disquisición resulta bizantina a estas alturas. Ganó, ante todo, un gran artista de este hermoso medio narrativo, uno de los más grandes desde los años 70. Quizá este premio sirvió también para que los tebeos empezaran a entrar en las bibliotecas para convivir con sus hermanos mayores de toda la vida, y por el bien de todos.
domingo, octubre 24, 2004
ARCHIVO: EL TIEMPO DE LOS CARNICEROS

El tiempo de los carniceros.
Eurípides, Troyanas, vv. 97-99.
Vivimos tiempos de cómic, señores, y nos gobiernan personajes de cómic, pero de cómic malo que apesta. Cuando en España vemos una película de buenos y malos —una hollymemez del tipo Schwarzenneger— pensamos: “Parece un cómic malo”; es decir, algo sin contenido sustancial, lleno de explosiones y balaceras, buenas piruetas y mejores tetas (las de la actriz mamasita de turno, lujoso florero y reposo del guerrero).
La horrible carnicería de Irak de la que estamos siendo testículos (etimológicamente, testículos quiere decir ‘testigos de la virilidad’, que en este caso es la virilidad de los carniceros) ya tiene un claro y descalabrado perdedor, y ese perdedor es Estados Unidos. No los Estados Unidos de los victoriosos carniceros, a quienes podemos reconocer fácilmente por lo mal dibujados que están, como los personajes de tebeo malo que son, sino los Estados Unidos de quienes han protestado contra esos mismos carniceros, los Estados Unidos de los derechos civiles. La legalidad internacional, la libertad de expresión y la dignidad de la vida humana son tres chicuelas que se fueron juntas al baño y todavía no vuelven; mientras tanto, el fantasma del senador McCarthy baila el aserejé por CNN.
Todas aquellas cosas por las cuales casi todos somos un poco americanos, digámoslo sin vergüenza, ahora no valen ni lo que cuesta un burrito de virutas de sarcófago irakí. Es de tebeo malo que haya comenzado esta carnicería con la monserga de que Hussein almacena armas de destrucción masiva que constituyen una amenaza mundial; es de tebeo malo que me quieran vender el cuento de que Hussein utiliza dobles para que los aliados “decapiten” huseínes como pollos mientras más huseínes se pasean por Bagdad en loor y olor de multitudes. Es propio de un mal tebeo que el artífice de esta carnicería de menudillos de irakíes contrate a guionistas tan malos para que le escriban diálogos llenos de manidas expresiones sacadas del cofre de la abuela como “ejes del mal”, o como“quien no está conmigo está contra mí”. Es de tebeo que Washington quiera disfrazar la matanza de civiles inocentes argumentando que Hussein los obliga a servir de escudos humanos. Es de tebeo malo hablar de bombas “inteligentes”, de guerra “ecológica” y de fuego “amigo” —bajo el cual ya han muerto once periodistas occidentales—. Es de tebeo malo que en nombre de la Libertad y de la Democracia (palabras que de tan manoseadas lucen ahora más sucias que un palo de gallinero) los carniceros nos quieran presentar esta miserable carnicería como la “liberación” de una nación, ciertamente oprimida por Hussein, pero también por las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos a este pueblo desde la primera guerra del Golfo. Visto por televisión, recuerda a un mal tebeo contemplar a estos “aliados” diezmar irakíes como cuando en los tebeos malos y en las películas de los años cincuenta veíamos a las naves extraterrestres aniquilar norteamericanos y derrumbar sus edificios públicos. Ahora, curiosamente, los extraterrestres con sus maravillosas naves y sus misiles perfumados son ellos mismos, y resulta que la mayor parte de los norteamericanos se ha convertido en un pueblo extraterrestre, y nos pasó de noche. Ya hubo una película clásica que abordaba este tema: ‘The Invassion of the Body Snatchers’, del gran Don Siegel. Los extraterrestres suplantaban a los norteamericanos poco a poco, y un buen día te levantabas de la cama y te encontrabas con que tu propia esposa, pácatelas, había sido suplantada por una extraterrestre. Vivimos tiempos de cómic malo, de cine malo, de novelería barata, llenos de mentiras, lugares comunes y feos monos pintados en los papeles: el cristiano fundamentalista Bush —el Hombre que Nunca Debió Reinar—; el relamido Tony Blair; José María Aznar, tonto útil de este trío de mosqueteros que nos avergüenza a los españoles, a pesar de que el noventa y uno por ciento estemos en contra de esta guerra); el draculino Rumsfeld, conde de los Cárpatos pentagonales; un Colin Powell que parece escapado de la película I Walked With a Zombie; y la patibularia Condoleeza Rice, a quien alguien una vez dijo que qué bonitas piernas tienes. Y por supuesto, Saddam —o cualquiera de sus dobles, clones, siameses o sosias—, con ese aire que tiene siempre de pasado de cervezas y amanecido en cantinas. Aunque sea con Chirac, menos mal que siempre nos quedará París, que dijo Bogart en ‘Casablanca’. Vive la France!
Mas como aquí no queremos hablarles de malos cómics, pero es cierto que el derecho a la disidencia ha desaparecido en Estados Unidos, queremos poner énfasis en la realidad de que los carniceros no representan la mentalidad de todos los estadounidenses, y que entre ellos quedan ciudadanos comunes, pensadores y artistas quienes, por su punto de vista crítico y personal, sufren un ostracismo que, poco a poco, va convirtiéndose en costumbre sobre las ruinas del país que un día lo fue de la libertad. Y que toda esta barbarie suceda desde los Estados Unidos, y con la complacencia de una inmensa parte del pueblo norteamericano, debe preocuparnos porque, nos guste o no, Estados Unidos ha sido timón del bajel de nuestra civilización durante el siglo XX, y el hecho de que los fundamentalistas carniceros ondeen ahora la bandera de la muerte y de la represión debe inquietarnos. Vamos a mencionar a un par de artistas no alineados, francotiradores de la inteligencia cuya obra es de lectura siempre estimulante, pero mucho más en estas fechas. Prometo volver a ellos en el futuro.
Empecemos con el norteamericano Art Spiegelman, cuya obra maestra, ‘Maus’, ha sido el primer cómic de la historia en ganar el Premio Pulitzer de literatura en 1992. No es éste el momento adecuado para hacer un análisis de este fantástico cómic que transforma tu sangre en cubitos de hielo, pero sí una buena oportunidad para recomendar encendidamente su lectura en estos tiempos de ignominia y masacre. ‘Maus’, editada en dos tomos por Pantheon Books, es una obra sobre los recuerdos de los padres de Spiegelman, supervivientes de los campos de concentración nazis, quienes llegaron a Estados Unidos huyendo de los aullidos del espectro de sus recuerdos. Uno de los momentos más angustiosos de esta obra de fuerza demoledora narra, con vitriólica desolación que supura pus de vida, el suicidio de la madre de Spiegelman, ya en Estados Unidos, incapaz de continuar viviendo bajo el peso de sus recuerdos. Este grandioso artista, este narrador majestuoso y directo que eligió el cómic —el buen cómic, el gran cómic: intelectualidad y arte— como forma de expresión y sentido de su vida, recientemente se vio moralmente obligado a renunciar al ‘New Yorker’, prestigiosa revista literaria de Estados Unidos, al contemplar cómo ésta adoptaba una postura favorable a la guerra contra Irak. Ahora, desde un distanciamiento que le honra como a un gran norteamericano, está escribiendo y dibujando una novela gráfica donde analiza este tiempo de carniceros: “donde uno se siente amenazado igualmente por Bush y por Osama Bin Laden” (LA JORNADA, 16 de febrero).
Otro gran artista norteamericano es Joe Sacco, padre de un género que posiblemente ustedes no conocen: el cómic periodístico. Sacco es un periodista diferente porque es un artista singular: cuando quiere escribir sobre un conflicto, viaja a ese lugar, se mezcla entre la gente, convive con ella y toma notas. Cuando regresa a Estados Unidos, escribe y dibuja un cómic sobre lo que ha visto y vivido. Los resultados son puro periodismo, pero también puro arte. Tras vivir el horror de la guerra de Bosnia, Sacco publicó su magnífica ‘Gorazde. Zona protegida’, y de sus experiencias en Jerusalén, Cisjordania y la banda de Gaza nació una obra fundamental para entender el actual conflicto de Oriente Medio: ‘Palestina’, un volumen donde Sacco enfoca la mayor parte de las críticas contra el ejército israelí y los políticos que, con el carnicero Sharon a la cabeza, son artífices de la ignominia y de la muerte. Los resultados no se hicieron esperar en Estados Unidos, donde numerosas librerías boicotean la obra negándose a tenerla en sus estantes.
En este tiempo de carniceros no es cosa irrelevante o frívola hablar de cómics, como no debería serlo hablar de cualquier otro tema. Pero es verdad que ciertos hornos no están para ciertos bollos. Si usted quiere adentrarse en las densas páginas del tebeo de calidad, encierre a Superman y al Hombre Araña bajo siete llaves, porque éste no es tiempo para hablar de ellos, y seamos solidarios con las víctimas del espanto y de la infamia: no sólo con los irakíes que mueren como perros, sino también con las víctimas de la mordaza y el miedo en los Estados Unidos de América.
Art Spiegelman, ‘Maus I. My Father Bleeds History’; ‘Maus II. And my Troubles Began’. Pantheon Books. New York, 1992 (hay edición española en un solo tomo por Planeta-De Agostini).
jueves, septiembre 09, 2004
SIN LA SOMBRA DE LAS TORRES

Hace muchos, muchos años, el asesinato de Kennedy conmovió al planeta. En Estados Unidos, concretamente, todo el mundo recordaba qué hacía y dónde estaba cuando tuvo noticia del magnicidio. Y usted, ¿dónde estaba usted cuando se enteró de que las Torres Gemelas habían sido derrumbadas por un puñado de desgraciados fanáticos? Esta va a ser la pregunta de las próximas décadas. ¿Hasta cuándo? ¿O hasta qué nuevo horror? ¿Madrid? ¿Beslán? Son pequeños aperitivos hasta el nuevo plato fuerte, susurran los canallas de sucia boca. ¿Cuándo volveremos a escuchar el bramido de la bestia?
Y el mundo comenzó a cambiar. La recesión económica de Estados Unidos golpeó a muchos, al sur y al norte del Río Bravo. Y dejamos de volar por Estados Unidos, no por miedo a los malvados, no, sino por temor cobarde de los rifles de los buenos soldados, ésos que cumplen con su deber al vigilar en los aeropuertos. Y mucha gente se vio en la calle cuando las empresas comenzaron a volar a China. Y los que se quedaron en sus puestos comenzaron a trabajar por cuatro hombres sin cobrar horas extras. Los empresarios de baja catadura y los políticos de nuevo cuño, recién vomitados de las cloacas de la historia, vieron la oportunidad de poner en práctica sus arteras intenciones. Y comenzaron a recortar libertades individuales. Y los periódicos comenzaron a amordazar la libertad de expresión. Y en el Congreso de los Estados Unidos hasta fue coronado el líder de la Secta Moon por un puñado de chiflados. Y los norteamericanos comenzaron a vivir con miedo. Y nadie devolvió los Budas que los talibanes destruyeron en Afganistán. Y el ejército de Estados Unidos no hizo nada por impedir el saqueo de Bagdad. Y los inocentes comenzaron a morir en Irak, y la sangre comenzó a correr como el vino en las tabernas. Y los desalmados secuestran y ejecutan a los occidentales (adviértase el matiz perverso que conlleva el uso del último verbo). Y la guerra se convierte en una lucha de dioses conceptuales al servicio de un puñado de megalómanos fanáticos para que la suframos todos. Y... y esto no ha hecho más que empezar.
Art Spiegelman, el complejo creador de Maus y uno de los grandes artistas vivos del cómic, saca en estos días su visión del ocaso de la razón, que comenzó la mañana en que asistimos con estupor a la caída de las Torres Gemelas. La obra de Spiegelman, publicada por entregas en Alemania y silenciada hasta ahora en Estados Unidos, es un extraño artefacto estético que dará qué hablar. Se titula In the Shadow of No Towers y en España se ha traducido como Sin la sombra de las torres. Spiegelman habla en ella no sólo del miedo al terrorismo, sino del miedo a quienes nos quieren defender del terrorismo volviéndose los terroristas de nuestra peculiaridad y los policías de nuestra libertad. Spiegelman teme. Teme tanto a Bin Laden como a Bush. Para ello, Spiegelman retoma también a varios personajes del cómic clásico americano de la Edad de Oro. Inclusive nuestro querido Krazy Kat. No en vano Spiegelman fue el hombre que escribió que en la mañana cargada de muerte y de ceniza del 11 septiembre “it was the only comic strip I could bear to look at the wake of September 11th: Osama Bin Ignatz, Offissa Bush, us poor Krazy New Yorkers and... that brick hurtling at us through space”.
Quien lea mi post Gat@ Lok@ entenderá mejor de qué hablaba el gran Spiegelman y de qué hablaba Herriman. Entre otras muchas cosas, de la agresión al inocente.


