domingo, julio 06, 2008

HASTA EL VIENTO TIENE MIEDO (1968), DE CARLOS ENRIQUE TABOADA

El derrumbamiento del clasicismo tradicional, basado en la longeva tradición aristocrática de confrontar lo elevado/culto con lo bajo/popular ha cambiado en buena medida las reglas del juego en la apreciación crítica de la obra de arte. La posmodernidad recicló numerosos elementos de la cultura pop que antes se hallaban diseminados por obras tradicionalmente consideradas imperfectas de acuerdo con un canon clásico. Antes de la cultura pop, desde Francia se exportó al mundo el estudio y la importancia de la entonces llamada cultura popular, que venía a descubrir las profundas raíces culturales del cine, del jazz o de los cómics. La posmodernidad se convierte en un sueño de la razón, y a pesar de reivindicar los mixtos orígenes de la obra de arte (donde se juntan el material de derribo con los materiales canónicos y tradicionales), la obra de arte cinematográfica o literaria continúa siendo eminentemente aristocrática, pues hunde todavía sus raíces en una tradición de narrar el relato totalmente aristocrática, aristotélica.

Un ejemplo paradigmático de esto sería Pedro Almodóvar, quien en España encarnó el espíritu de la posmodernidad en los años 80 y hoy se ha convertido en icono de nuestro tiempo. Almodóvar, superados los años del arte gamberro, ha sabido convertirse en moderno/popular en lo accesorio y clásico/aristocrático en lo esencial. Lo accesorio sería la imaginerá visual, más o menos folklórica o pop, de sus películas; lo esencial, por supuesto, es su forma de escribir las historias y, más tarde, su forma de narrarlas en imágenes: en ellas demuestra ser, en su esencia, un clásico, pues se alimenta de los clásicos de una manera consciente y manifiesta, en clásicos del siglo XX que a su vez se alimentaba de un clasicismo decimonónico que, a su vez, procede de otros tiempos y lugares hasta llegar al análisis del drama clásico que establece Aristóteles.

Esta mezcla de ingredientes, cultos o populares, no sería posible sin la reivindicación de la obra menor, imperfecta sin duda, pero con una enorme capacidad de sugerencia y con un encanto superlativo. La historia de las influencias estéticas no puede escribirse desde la contemporaneidad de las mismas, porque sólo pueden arrojar un catálogo de actitudes o tendencias que se dan, que están ahí, pero que no sabemos cómo asimilará el tiempo si es que las asimila. Se reescribe la historia continuamente, y se hace hoy día, para integrar a los verdaderamente malditos: aquellos que no apelaban a la sensibilidad del individuo formado en la tradición aristocrática, sino para integrar a quienes filmaban cine o escribían novelas para el populacho. Hoy se reivindica el valor de las películas del Santo, del cine clásico de serie B y hasta Z, de los novelistas que bajo seudónimos americanizantes escribían terror o novela negra. Es una reivindicación justa, es democrática (desde el punto de vista de que pueda existir algo como el demos de los escritores) e integrante.

Pero en el fondo, todo se remite a una cuestión de encanto. Lo que gusta, seduce y halaga de acuerdo con unos cánones estéticos, es grato a la vista. No importa que esos cánones estéticos estén mejor o peor desarrollados, sino que se hallen en la obra de arte. No importa que esos cánones hayan sido mejor desarrollados por otros, porque en definitiva, eso no es importante. Lo que debe importar en un arte democrático para las democracias modernas es que los cánones estéticos estén ahí y sean reconocibles para que puedan ser disfrutados por todos.

Cuarenta años después de su estreno, una película como Hasta el viento tiene miedo quizá ya no asuste a nadie, pero rebosa encanto por los cuatro costados. Creo que el cine de terror es muchas veces la cara oculta de otras monedas: la del cine de amor y la del cine religioso. Muchas historias de fantasmas son el fondo historias de amor; muchas historias de terror son el fondo reflexiones puestas en escena sobre el lado demoníaco (relacionado con la culpa) de todas las religiones, y en concreto, de la nuestra. Lo de menos es que hoy films como Freaks, Frankenstein o a Hasta el viento tiene miedo no asusten a nadie, porque hoy sólo basta ver CNN para sentir miedo de verdad. Lo importante es que estas películas tienen planteamientos estéticos cuyo código sigue siendo comprensible por la mayoría, que nos cuentan historias sobre el bien y el mal, que a veces son películas de amor (como Jenny, como El orfanato), y que son películas totalmente válidas para quienes comparten el gusto por cierta clase de parafernalia temática o emocional como quienes comparten cierta parafernalia ideológica o ritual en las muchas variantes que existen hoy día del cristianismo.

Hasta el viento tiene miedo, película dirigida por Carlos Enrique Taboada en 1968, es un film de culto en México y en buena parte del extranjero. Las historias del cine mexicano pasan de puntillas por este film, lo que indica que quizá no es un buen film para la mayoría crítica, pero sí para quienes se estremecen o disfrutan las historias de fantasmas y de horror. Se la considera, junto con La residencia, la película emblemática de cine de terror gótico hispano, distinción que no sé si habrá que cambiar después del estreno de Los otros y de El orfanato. Como quiera que sea, su condición de clásico la pone a salvo de recategorizaciones, puesto que la antigüedad de su vigencia la sitúa en otra esfera, y además, tampoco son muchas las películas en español que se adentraron en este formato que remite a Otra vuelta de tuerca, de Henry James.

Hasta el viento tiene miedo ostenta como primer reclamo un título rotundo y efectista, y es que esta película está llena de efectos. Nos cuenta la historia de Claudia (Alicia Bonet), una adolescente internada en una residencia de estudiantes que sueña con la visión de otra adolescente ahorcada en una torre de la escuela. Poco a poco descubrirá que su sueño es una llamada de ultratumba de Andrea (Pamela Susan Hall), una brillante estudiante del mismo internado cuyas oscuras y nunca explícitas relaciones con la directora (Marga López) acabarían por empujarla al suicidio. Desde entonces, el fantasma de Andrea vaga por el instituto buscando la oportunidad de ejecutar su venganza.

La sencilla y nada original historia de Hasta el viento tiene miedo se desarrolla por medio de toda la parafernalia más que reconocible del cine de terror clásico. De hecho, esta película es una antología de todos aquellos efectos que en el cine de terror de los años 60 y 70 fueron usados de manera recurrente antes de que su uso y abuso acabaran por desgastarlos: música sugerente que enfatiza los momentos en que el espectador debe estar predispuesto al susto o la inquietud, iluminación oscurantista en determinadas escenas, golpes de efecto por medio de rayos, sombras que se proyectan de repente, visiones fantasmales de seres estáticos y eternamente vigilantes, portazos imprevistos, gatos cuya repentina aparición puede ser confundida con otras presencias inquietantes, y sobre todo, como una banda sonora que se sobrepone a la banda sonora compuesta (oh sorpresa) por Armando Manzanero, el angustioso y casi incesante ulular de un viento que subraya la sensación de horror que viven las inquilinas del internado.

La película aborda la lucha del bien contra el mal. El fantasma de Andrea es el bien que busca vengarse del mal, encarnado por una Marga López que interpreta a Bernarda, la directora del internado. La película nunca nos hará saber qué maldades condujeron a Andrea a suicidarse por culpa de Bernarda, pero en estos tiempos de imaginación lúbrica y desatada, cada cual podrá extraer sus propias conclusiones. Claudia y sus compañeritas, castigadas a pasar las vacaciones en el internado, sólo tendrán la complicidad y la ayuda de la profesora buena del colegio, Lucía (Mari Cruz Olivier), otra solterona que se pone de parte de las jovencitas para aligerarles la carga de su estadía forzosa en el instituto encantado. Los nombres de los protagonistas del film son recurrentemente significativos, pues el mayor encanto de la película y su gancho entre el público de los últimos 40 años radica en su sencillez simbólica y su vinculación con el cuento de hadas de todas las épocas: Bernarda, como la Bernarda Alba de García Lorca que encerraba en casa a sus hijas, es una mujer madura y amargada que castiga y encierra en el internado a estas estudiantes como castigo por sus travesuras; Lucía, la profesora buena, es su contraparte luminosa (Lucía significa “portadora de luz”); Andrea (cuyo nombre significa “la varonil”) es el espectro ejecutor que busca vengarse de Bernarda, y usará a Claudia como instrumento para conseguir sus fines. Claudia, nombre aristocrático por excelencia, es la contraparte de Andrea en el mundo de los vivos. Son importantes en el film las dualidades y dicotomías: las actrices rubias protagonizan a los personajes buenos: Andrea, Lucía, Claudia (y sus rubias compañeritas, algunas con nombres anglosajones como Ivette o Kitty), mientras que las actrices morenas encarnan la maldad: Bernarda y Josefina (nombre del pueblo, ella es la chismosa a quien Bernarda convierte en informante de las actividades de las otras jovencitas). Desde este punto de vista, la película podría tener una lectura clasista.

Hasta el viento tiene miedo también puede ser interpretada como una lectura de los cuentos de hadas con los personajes paradigmáticos, y no es casualidad que las niñas llamen a Bernarda “la Bruja”: la bruja, el hada (Lucía), el leñador o bondadoso representante del pueblo llano (Diego el jardinero), el príncipe azul (Armando, el novio de Kitty), el justiciero (Andrea) que lucha contra la bruja por medio de un talismán (el cuerpo de Claudia), el viejo sabio (el doctor Oliver), y quizá algún etcétera. También es cierto que no hay correspondencias al cien por cien, pero la esencia es ésa.

Hasta el viento tiene miedo, sin ser una gran película a la altura de otros clásicos del horror gótico, resulta enormemente disfrutable para quienes apreciamos las convenciones del género de fantasmas. Cuenta con una buena fotografía en Eastmancolor (colores pastel, para entendernos) y el desparpajo de sus jóvenes actrices, que sirven a Taboada para introducir un ingenuo toque de erotismo que hoy no resultaría moralmente correcto (la escena de las duchas, la escena del strip-tease en la habitación). Destaca entre ellas Alicia Bonet, que con su voz grave con modulaciones interesantes, consigue captar la atención del espectador. Las veteranas Marga López y Maricruz Olivier llevan a cabo su cometido con la eficiencia y profesionalidad de años de experiencia, aunque uno hubiera deseado que Marga López le echara un poco más de veneno y morbosidad a su personaje. No cabe duda de que la moral de la época no lo hubiera permitido, y sólo nos queda la opción de poder leer entre las líneas de este cuento de hadas gótico y almibarado en cantidades más o menos proporcionales.

Hasta el viento tiene miedo (1968). Dirección: Carlos Enrique Taboada. Más información, IMDB.

13 comentarios:

Anónimo dijo...

vaya sorpresa....encontrarme con Hasta el viento tiene miedo...prescisamente aqui...

El Declamador Sin Maestro dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
El Declamador Sin Maestro dijo...

Por cierto, sabías que ésta no es la única película en nuestra cinematografía que lleva ese nombre?

El profesor Gafapasta dijo...

Vaya, Don Melón... No sé por qué has eliminado tu comentario, el número 2, que me parecía muy propio, sobre todo por lo que comentabas del erotismo. Cuando quieras charlamos sobre la peli.

Declamador: sé que en 2007 hubo un remake de este film, pero al parecer a nadie dejó contento. Supongo que te refieres a esta segunda versión, ¿no es eso?

Un abrazo al Melón Declamador

Don Melón de la Huerta dijo...

Ricardo:

Es que hay una película con Joaquín Cordero, dirigida por Juan José Ortega, que se mercadeó con ese mismo título tanto en video como en DVD. Ahora que me puse a ver parece que en realidad se llama "Los Murciélagos." Nunca la vi, aunque no niego que me llamaba mucho la atención. El comentario anterior lo borré por accidente, y el remake de "Hasta el Viento Tiene Miedo," fue, para decir lo menos, totalmente innecesario! Tratando de recordar lo del comentario borrado, pues te digo: Tal vez Marga López no tuviera bastante veneno, pero entonces quién? Total, a juzgar por el espantoso remake de esta peli, por desgracia parece que saldrá otro del "Libro de Piedra," la obra maestra de Taboada creo yo, traída hasta nosotros por los mismos productores del remake. A ver si te atreves a una experiencia tan "terrorífica."

PAblo dijo...

¿Qué coincidencia que "La Residencia" de Ibáñez Serrador sea del año siguiente? Esta película no la he visto pero probablemente él sí.

¿Tienen tantos puntos en común cómo parece?

Impacientes Saludos

Ivonne R dijo...

Será que en estos tiempos, luego de tanto terror de todo tipo, las cosas sencillas y predecibles ya tan utilizadas vuelven a ponerme la piel con un escalofrio intenso. No se trata de sangre por todos lados y monstruosidades sino un horror psicológico. Las escenas no sorprenden pero igual me siguen gustando las del Taboada, del que por cierto haré un ciclo de cine en la escuela donde trabajo para septiembre.
Saludos y abrazos,

El profesor Gafapasta dijo...

Don Melón:
Yo creo que Marga López no pone toda la carne en el asador. A la que sí se le van los ojos (y además se nota en una de las fotos) es a Lucía (interpretada por la Olivier), que entre tantas jamonas y quesitos parece encotrarse más a gusto que el personaje de Marga López.

Y bueno, volviendo al comentario que eliministe, es verdad que toda la película tiene un tufillo erótico-reprimido más que subido de tono.

Un saludote.

El profesor Gafapasta dijo...

Pablo: no podría responderte con seguridad. Yo vi "La residencia" con trece años o así, y me encantó. Pero de eso ha pasado mucho tiempo, así que no puedo asegurar mucho más salvo que parece coincidir en demasiados aspectos con esta de Taboada: lesbianismo encubierto, escuela de señoritas, etc.

La Residencia, de Chicho Ibáñez Serrador, debe ser fácil de encontrar en España, ¿no? Recuerdo haberla visto (presentada por el mismo Chicho, jajaja...) en Mis terrores favoritos, su programa de principios de los 80 en TVE donde parodiaba las presentaciones de Hitchcock y ponía sus pelis favoritas de terror. No podía faltar la suya, claro.

Saludos

El profesor Gafapasta dijo...

Ivonne:
El terror psicológico es el mejor. Tiene un encanto inteligente, pero cada vez hay menos pelis de esas. A ver si nos invitas a Don Melón y a mí a tu ciclo de la escuela como críticos invitados. Y si no, pues ni modo, nos pondremos nuestros baberos y nos camuflaremos como podamos entre los nenes, que al fin y al cabo nadie se dará cuenta de que no somos de la misma edad.

Un saludote.

Diezmartinez dijo...

Marga López domina la pantalla sin echar toda su carne al asador. Y, en efecto, hay toda un subtexto erótico/reprimido que, por apenas sugerido, resulta por eso mismo mucho más rico.

Mikka dijo...

Hola llegué a tu blog por accidente cuando buscaba imágenes de esta peli que ví hace poco, de más está decir que no soy mexicana o de lo contrario hubiera sabido que ésta es una GLORIA del cine de terror de ese país.

Disculpame si no comento sobre tu crítica pero tengo un blog de cine nada tradicional y suelo leer críticas de otros SÓLO después de haber hecho la mía así no me siento influenciada ni que le copié nada a nadie.

Te mando un abrazo y espero que no te moleste que te haya adicionado así puedo leer tu blog

El Pobresor Gafapasta dijo...

Hola, Mikka. Tienes un blog muy divertido. Por lo demás, me siento muy honrado de que me hayas adicionado. Vivan los accidentes, pues. Estamos en contacto.

Un saludote.