martes, abril 20, 2010

SOMBRAS DE ROMA, DE RON BURNS

Escribí este artículo hace tres o cuatro años. Para un blog colectivo hoy prácticamente abandonado. La primera temporada de la serie Roma arrasaba en todos los países en que se había estrenado, y yo no la había visto completa. Luego me compré los dos cofres, uno por cada temporada, y actualmente la estoy viendo con mis estudiantes en mi clase de Mitología y Cultura clásica. Mañana matamos a César. Parece ser que no soy el único que hoy incorpora las series de televisión a las aulas universitarias. Explico todo esto para que quede claro que no se trata de un blogo de actualidad, aunque las referencias a la serie y a esta novela de Ron Burns (discreta, a mi entender) no vienen de más, ni ahora ni entonces. Lo repesco para ustedes antes de incorporarlo a un libro que estoy preparando.
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No es un secreto para quienes siguen los suplementos literarios de los periódicos que la novela histórica vive un periodo de vacas gordas, y entre estas vacas podemos encontrar muchas que mugen en latín vacuno. Recientemente he concluido la lectura de una obra que, como tantas, aborda el mismo periodo que la serie Roma, pero que en este caso sigue la tradición pro-ciceroniana, que es a la que no se adhiere la serie de televisión. Mientras que, en la serie Roma, Cicerón parece ser un pintoresco secundario sin relumbre del periodo histórico (lo cual resulta ser una flagrante omisión), en la novela Sombras de Roma, del norteamericano Ron Burns, este autor aborda el periodo centrándose en Cicerón como el gran cerebro de su tiempo, y es en sus reacciones y comentarios (y a veces fragmentos completos de sus discursos o paráfrasis de sus textos filosóficos) como vemos representado el fresco de toda una época de ocaso y ruina.

Sombras de Roma es una novela policiaca histórica, lo que quiere decir que alguien ejerce el papel del moderno detective de las novelas policiacas contemporáneas. En esta ocasión, Cayo Livinio Severo investiga una serie de crímenes cometidos en Roma con gran escándalo de todos y que parecen implicar al mismo Marco Antonio (violento, borracho, como nos ha transmitido la historia): jóvenes nobles comienzan a ser violados y después asesinados. Las investigaciones del noble patricio Livinio Severo pondrán al descubierto la macabra verdad y, de paso, servirán para mostrarnos el terrible periodo de las guerras civiles al tomar al gran Cicerón como la conciencia intelectual de su tiempo, una conciencia adolorida por un mundo que se vuelve cada vez más atroz. También esta visión extremadamente bondadosa de Cicerón constituye, de por sí, un exceso de libertad, ya que Cicerón no fue tampoco un héroe, y sí un político excesivamente ambicioso que no supo retirarse a tiempo del campo de juego, error que le costaría la vida. Sin embargo, Ron Burns se inscribe en la corriente pro-ciceroniana, mientras que la serie Roma parece más que nada orientada a ensalzar la figura, también descomunal y compleja, de Julio César. En Sombras de Roma, Cicerón reflexiona entrañablemente sobre la vida, se nos asegura que en un mundo de malhechores no hay lugar para un hombre noble como él, le vemos llorar compungido por el transcurso de la guerra y se nos presenta en todo tiempo como un personaje hondamente humano, incluso en su hinchada y gigantesca vanidad, que tanto dio que hablar en su tiempo y que los historiadores hicieron constar suficientemente.

Sombras de Roma fue publicada en 1992 y constituyó la segunda novela de Ron Burns dentro del subgénero de la novela policiaca de temática romana. La primera novela protagonizada por Livinio Severo, Noches de Roma, transcurre en 180 d.C, sin que se nos explique si este Livinio Severo es descendiente del protagonista de Sombras de Roma, o es que Burns decidió cambiar de época a su personaje. No debió de irle muy bien a Burns dentro de un género que ese año ya apuntaba como caballo victorioso de las librerías con muchos otros autores especializados, y esta debió de ser la razón de que Burns haya desaparecido del espectro de esta clase de novela.

Como artefacto literario, Sombras de Roma no deja un especial buen sabor de boca, a pesar de la amenidad con que se nos cuentan los avatares de Livinio Severo en pos de esclarecer los siniestros crímenes. Da la impresión de que Burns se apunta a una prometedora moda de manera episódica o sin mayor trascendencia. Hay que decir a este respecto que la historia de la novela policiaca de temática romana está llena de autores que probaron en el género una vez, pero más raramente dos. Burns abusa de la paráfrasis literaria, y a veces copia simplemente a Cicerón (la transcripción de una de sus Filípicas ocupa seis páginas en esta edición de Edhasa). Por otra parte, los llamados anacronismos mentales (romanos que piensan como nortemericanos modernos) son abundantes, como en la mayor parte de estas obras, pero en algunos casos las trasposición Roma/USA conduce a Severo a hacer afirmaciones disparatadas, como cuando en la p. 253 incurre, sin decirlo, en una visión de la antigua Roma claramente neo-yanky y errónea (la idea es que los romanos eran los americanos de antes): "Roma promovía la democracia, defendía la libertad de expresión, extendía el imperio de la ley y protegía los derechos de todos sus ciudadanos". Sin palabras.

Como extraño y carente de todo sentido es que se nos cuente en apenas media página (p. 39) que Publio Clodio Pulcer, alborotador adscrito al bando de César, fue asesinado durante una reyerta callejera en Roma, y no durante su regreso a la Urbe por la Vía Apia. Un personaje tan importante como Clodio merecía mayor respeto por las verdaderas condiciones de su asesinato, y aunque sea en estas circunstancias de enorme parquedad narrativa dedicada a este acontecimiento, sorprende que no se nos cuente el verdadero escenario en la misma desangelada media página de novela. Curiosamente, Ron Burns insiste en su error histórico al declararlo como verdadero en la Nota del autor (p. 315), desmintiendo a Plutarco, a Cicerón y a toda la tradición literaria clásica.

Por último, queda como llamativa la inclusión de la moderna palabra "detective" para referirse a la actividad indagadora de Livinio Severo. Los novelistas modernos recurren con inteligencia a toda clase de subterfugios para no usar un vocablo que, aunque con innegables raíces clásicas (del latín detego, descubrir), resulta chocantemente anacrónico. En este caso, Burns recurre a uno de las trampas más notorias de todo el género, al poner la palabra "detective" nada menos que en boca del dios Mercurio, en el famoso parlamento introductorio del Anfitrión de Plauto: "Mi padre quiere detectives que vigilen cada fila y cada asiento del teatro", paráfrasis de los versos 64-6 de Anfitrión, donde Plauto puso en boca de Mercurio el siguiente texto: "Nunc hoc me orare a vobis iussit Iuppiter,/ ut conquaestores singula in subsellia/ eant per totam caveam" ("Ahora Júpiter me ordenó pediros esto: que los inspectores recorran cada uno de los asientos del graderío"). Ron Burns sustituye alegremente la palabra conquaestores (inspectores encargados de reclutar ciudadanos para el ejército) por detectives, intentando adaptar la realidad de las modernas novelas de detectives a la realidad antigua.

Las sombras de Roma siguen extendiéndose por doquier, tanto en el cine como en la novela como en la televisión. A veces las libertades que se toman sus autores y los anacronismos en que incurren son exagerados, pero localizarlos y explicarlos a la luz de la tradición clásica sigue siendo un juego intelectualmente divertido.