lunes, noviembre 15, 2004

DANIEL GIL (1930-2004)


El domingo falleció Daniel Gil, aquel genial diseñador gráfico que desde 1966 ilustró todas las portadas de Alianza Editorial. Estas portadas eran con frecuencia una impresionante reflexión artística acerca del libro que se escondía debajo de ella. Diseñó 4000 cubiertas, y entre esas cuatro mil hubo de todo: desde la más humilde que reciclaba una foto o una pintura para ponerse al servicio de la obra de turno, hasta la recreación personal más extraña, elegante e inteligente de un texto literario que Daniel Gil nos presentaba envuelta en su arte. Nunca olvidaré, por ejemplo, su portada para la Tristana de Galdós. Desde que Daniel Gil abandonó Alianza, la estética editorial se ha deteriorado hasta grados de penosa bajeza. No es fácil sustituir a los grandes, y Gil fue uno de ellos. “La cubierta de un libro es como un cuadro”, dijo el gran diseñador cuando hace unos años recibió un homenaje con exposición de su obra en la Biblioteca Nacional. Reproduzco aquí, in memoriam, el cuadro fotográfico que supo pintar para una de las más famosas novelas de Jorge Amado. Posted by Hello

domingo, noviembre 14, 2004

GERMINAL


Se ha vuelto un tópico asegurar que nuestros tiempos se caracterizan por una crisis de las ideas. Concretamente, el cine atraviesa, dicen, un periodo de falta de imaginación y de servilismo hacia los patrones prestablecidos. Prestablecidos sobre todo por Hollywood, a quien debimos durante la primera mitad del siglo XX la consolidación de un enorme canon del clasicimo cuyas influencias y orígenes no puedo analizar aquí por falta de tiempo y de espacio. Es difícil ser original cuando se han asimilado de manera más o menos consistente 25 siglos de civilización. La creación original se reduce, pues, no a la invención de nuevos temas o ambientes, sino a la fragmentación en piezas ínfimas de los sentimientos, ambientes y temas ya conocidos. La recombinación de los pequeños elementos redistribuidos y disfrazados conducen a la originalidad, que sería una nueva forma de contemplar lo antiguo. El ejemplo ya mencionado de Así es la vida, de Ripstein y Garciadiego, sería ilustrativo y modélico respecto a los mitos clásicos y sus hijos artísticos. Todo lo contrario, el colmo de la falta de imaginación que resulta ser la recreación por desdoblamiento la encontraríamos en cine en los remakes de Sabrina o Psicosis o en cualquier otro remake. El remake o refilmación sería la respuesta más desesperada y miserablemente imaginativa a la crisis de imaginación.

Otra aparente salida a esta crisis resulta acudir a la fuente Castalia de los grandes temas y personajes: la literatura. Los franceses son singularmente exitosos para esta filigrana elaborada y compleja que es “traducir” una novela en película, y sus resultados son con frecuencia enormemente gratificantes porque realizan un cine sincero y alejado del moralismo y la pacatería, sin ese maquillaje del pasado al que Hollywood nos tiene acostumbrados.

Tal es el caso de Germinal, basada en el conocido clásico francés de Emile Zolá, donde la solvencia de la historia se encuentra a prueba de bombas. Fue la película más cara rodada hasta la fecha en Francia (1993), ya que su coste ascendió a 160 millones de francos que, afortunadamente, fueron bien invertidos en este gran éxito de crítica y público. Si a esto añadimos un director más que eficiente y un equipo de actores absolutamente compenetrados en su trabajo y con sus personajes, el resultado no puede dejar de ser excelente.

La película sigue la novela fielmente, aunque restándole buena cantidad de su virulencia, que hubiera sido redundante en pantalla. Etienne Lantier llega hasta Montsou, en el norte de Francia, donde entra a trabajar en las minas y conoce de primera mano la explotación y miseria a la que los obreros están sometidos. Comprometidos con la causa socialista, ésta les conducirá a una guerra social que al final será sofocada por el ejército tras dejar un triste e inevitable reguero de cadáveres y de excesos por ambas partes en conflicto, tanto obreros como patrones.

En el fondo la película es un Novecento chiquito de 150 minutos, una emulación muy inspirada del espíritu de la gran película épica de Bertolucci pero pasada por el tamiz de la desesperanza, aunque no de la claudicación en las luchas sociales: la guerra nunca terminará, parece decirnos el naturalista Zolá, y sus victorias serán efímeras mientras la naturaleza humana no cambie. Sólo se nos obliga a no bajar la guardia jamás. Lejos del ingenuo y consolador mensaje de Novecento, Germinal es una película más dura que nos recuerda que la batalla de estos mineros por la dignidad es la batalla aparcada de muchos pueblos sobreexplotados que ahora se consuelan con telenovelas. Aun reconociendo que es mejor vivir en la telebasura que en China, la ejemplificante China parece seguir esperándonos al final del camino.

Germinal (Germinal, 1993). Dirección: Claude Berri. Guión de Claude Berri y Arlette Langmann basado en la novela homónima de Emile Zola. Fotografía de Yves Angelo. Música de Jean Louis Roques. Con Gérard Depardieu, Renauld, Miou-Miou, Jean Carmet, Jean-Roger Milo, Judith Henry, Laurent Terzieff, Jean-Pierre Bisson, Bernard Fresson, Jacques Dacqmine, Anny Duperey. Producción de Renn Productions / France 2 Cinema / DD Productions / Alternative Films / Nuova Artisti Associati. 158 m. Francia-Bélgica-Italia. (****) Posted by Hello

viernes, noviembre 12, 2004


Portada de Glenn Fabry para Preacher: Gone to Texas.  Posted by Hello

ARCHIVO: BUSCANDO A DIOS

Publicado en El Reto el 5 de julio de 2002.

Buscando a Dios.

¿Cómo demonios puede dimitir Dios?
Jesse Custer, en Preacher: Gone to Texas, pág. 114.

La chiquillería pepineca mexicana le tiene afición a un personaje de la editorial DC llamado Hitman. Lo escribe el guionista Garth Ennis, uno de esos escritores ingleses que las grandes casas comiqueras usacas comenzaron a importar desde los años ochenta para revitalizar el terruño imaginero, que se había anquilosado enormemente entre el género de espada y brujería y el de mutantes —a todo esto, fue otro inglés, Chris Claremont, quien logró que la serie más deficitaria de Marvel, Uncanny X-Men, se convirtiese en el tragaperras de millones de dólares que es ahora—. Pronto, nombres como Alan Moore —renovador del género de super héroes con su Watchmen—, Neil Gaiman —con The Sandman— y otros artistas, tanto guionistas como dibujantes, renovaron el espectro del pepín popular norteamericano que, como sabemos, tiene sus columnas de Hércules en las editoriales Marvel y DC, editoras de caracteres bien conocidos como Spider-Man o Batman. Sus columnas de Hércules y su Non plus ultra, pues aunque casas independientes como Fantagraphics Books producen un cómic adulto, arriesgado y señero que puede competir no pocas veces con la literatura sin dibujos, el mercado popular está copado por esos entrañables paladines, bobos y bellos, que pajarean en pijama por las azoteas.

Hitman, como les digo, es creación de Garth Ennis, y hasta donde tengo entendido lo sigue popularizando en México la editorial Vid, editorial vendepatrias donde las haya que publica en estas tierras un poco de lo más trillado que se imprime en el mundo, y principalmente, la producción para adolescentes de Estados Unidos. Su gran contribución al cómic mexicano ha residido, más recientemente, en exhumar a Memín Pinguín de su sarcófago zulú de Tepito y reimprimir la popular serie Lágrimas, Risas y Amor. Toda una declaración de principios de la más importante editora de cómics de este país.

Hitman es un personaje sin mucha originalidad, que se mueve dentro del universo tradicional de DC. Como su nombre indica, es un matón a sueldo que pierde los ojos en su primer episodio pero que, sin embargo, es compensado con otros superpoderes como la visión de rayos X y la telepatía. Se mueve entre las bambalinas de Ciudad Gótica, se cachondea de Batman, fuma como chacuaco y le pega a los tarros fríos de cerveza que da gusto verlo, sobre todo ahora con estos calorines de Juaritos. Se le nota la vibra de buena onda, y me hubiera gustado tener un amigo así cuando tenía quince años. Hitman fue el primer intento de DC de traspasar a algunos de sus artistas más originales al universo ortodoxo de su editorial. Digo ortodoxo porque en los años 90 DC emprendió una de las más agresivas y fructíferas renovaciones internas que se han visto en una editorial del ramo de Estados Unidos: no sólo remozó a los héroes de toda la vida —Superman, Batman, Wonder Woman, etcétera— sino que creó su propio sello para lectores adultos llamado Vértigo. De repente, Vértigo se convirtió en centro de atención de aficionados de todo el mundo con obras que transcurrían en universos distintos del oficial, bien escritas, con dibujantes que intentaban salirse de los manidos esquemas tradicionales y con unos artistas capaces de hacer de la portada de un pepín una pieza de museo. Vértigo nos devolvió a una fórmula que parecía extinguida de tebeo mensual, barato y de calidad, y quienes pudimos disfrutar —a través de la edición española o la original norteamericana— de series como The Sandman, Books of Magic o Hellblazer, amén de otros experimentos más o menos autoconclusivos, recobramos la esperanza en el medio como popular y adulto.

Como les digo, a la raza Hitman le parece chido. Yo no digo que no tenga su encanto, pero no consiguió llegar a la suela de los zapatos de la serie que aupó a Garth Ennis como guionista de interesantes posibilidades. Como fue editada dentro de la línea Vértigo, no ha llegado a México por motivos que no puedo facilitar aquí por razón de espacio; pero usted, que tiene la inmensa suerte de vivir tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos, podrá adquirir alguno de sus tomos sólo con cruzar el riachuelo. He mencionado a Dios, y es que es de Dios de lo que estamos hablando. La serie se titula Preacher (Predicador), y parte de una premisa mucho más interesante que la mayor parte de las hollymemeces que inundan nuestros cines: Dios ha renunciado a su cargo y se ha marchado a la tierra —como el pagano Saturno— a vivir un humilde exilio, probablemente decepcionado de su creación. Como ustedes imaginarán, la noticia ha causado en el Cielo la peor de las reacciones y éste ha estallado en guerra civil. Enterado de todo esto, un sacerdote llamado Jesse Custer, que paulatinamente ha ido perdiendo su fe, emprende la búsqueda de Dios para pedirle explicaciones por sus actos, en compañía de su ex amante —una pistolera llamada Tulip— y, ver para creer, de un saludable y perverso vampiro irlandés. Y es que dime con quién andas y te diré quién eres. Pero eso sí, este apuesto sacerdote agraciado con el rostro de Johnny Depp, fumador empedernido y a veces un poco pisteador, es el héroe de nuestra serie, un héroe un tanto extravagante pero héroe al fin, y como tal, de satánico no tiene nada, como tampoco es sospechoso de ser uno de esos sacerdotes malandros que ejercen su castidad en la retaguardia de los jovencitos. El padre Jesse Custer es un ejemplar macho monógamo como Dios manda.

La serie regular usaca ya finalizó en su forma de comic-book mensual, pero la DC tiene la buena costumbre de reeditar sus obras en volúmenes que recopilan de forma coherente los llamados arcos argumentales —esto es, historias que se alargan durante varios meses hasta su conclusión—. Aquí vengo a invitar a los forofos de Hitman a que pasen un buen rato con los dos primeros tomos recopilatorios, Gone to Texas y Until the End of the World, donde se conocerá el “yo soy yo y mis circunstancias” de este sacerdote de cabellera negra, pantalón de mezclilla y alzacuellos forzosamente profesional. La aparición de Preacher vino a llenar el vacío creado con la cancelación de la prestigiosa serie The Sandman, que cerró puertas por el cansancio de su guionista Neil Gaiman —que ahora ha incursionado con éxito en la literatura fantástica— y que dejó a Vértigo sin título representativo. Como buena serie para adultos, ambas comparten un planteamiento interesante: en Sandman, la eterna reflexión sobre los vínculos mágicos entre sueño, vida y muerte; en Preacher, la eterna búsqueda de Dios y el conflicto personal de cada quien con el Gran Padre ausente. Como buenas series para adultos, también el desarrollo de sus tramas es lo menos elemental posible: ambas series hicieron de las referencias multiculturales una gran apuesta, y los lectores pueden disfrutar encontrando numerosas reminiscencias de todo tipo. En Sandman, principalmente literarias, mitológicas y cultistas —su peculiar adaptación del shakespeariano Sueño de una noche de verano ganó un importante premio literario nortemericano, lo que no ocurría desde el Pulitzer de Literatura concedido a la novela gráfica Maus, de Art Spiegelman—, y en Preacher, básicamente cinematográficas, roqueras y bastante cyberpunks. Pero no sólo hubo buenas críticas: de Gaiman algunos dijeron con desdén que era un señor con una gran biblioteca, y a Garth Ennis le reprocharon embarullarse en berenjenales teológicos que casi nunca conducían a nada bueno. Sin embargo, ¿acaso no es buena idea traer a Dios a la palestra como el Gran Ausente dramático de un mundo enloquecido? Aun incurriendo en una sana irreverencia, Preacher no deja de ser una serie religiosa aunque no tenga nada que ver con aquellas tiesas Vidas de Santos que en México editaba Novaro hace tropecientos mil años y que todavía hoy se pueden hallar en los tristes puestos de revistas de las centrales camioneras de la República. Es una serie religiosa porque presupone la existencia de Dios, pero también es una serie enormemente humana y desengañada que también presupone su cansancio, un cansancio que en el fondo no es más que el nuestro, claro, como cuando achacamos nuestros defectos a la herencia del padre.

Quien se acerque a Preacher con intenciones de encontrar un buen divertimento, lo hallará; es una especie de ensalada de lechuga, tomate, cebolla y remolacha, debidamente salpimentada y aliñada con tabasco; una mezcla de drama teológico, película gore, western al estilo Peckinpah y cine negro post-tarantiniano con buenas dosis de nicotina, sexo de road-movie y litros de alcohol. Los guiones de Ennis no son demasiado originales, pero sus diálogos son chispeantes y el conjunto tiene en general un aire fresco y divertido, que aporta a la cultura popular de medio mundo a un sacerdote entrañable, consecuente con sus principios más profundos y, también, hondamente desengañado con una feligresía hipócrita e inconsecuente. Aquí es donde Ennis lanza uno de sus muchos mensajes: la paradoja de que tantos y tantos miserables que se dicen creyentes, vivan comportándose como profundos ateos mientras muchos ateos viven de acuerdo a una ética que no repudiaría Dios.

La parte gráfica está desarrollada con corrección por el monero Steve Dillon, con la clásica composición de página de viñetas muchas veces sangradas —tajadas por un extremo que coincide con el corte de la hoja—, no pocas veces insertadas en viñetas más grandes y con un trazado del marco de viñeta grueso y temblón, que añade una tensión adicional al conjunto. Es el estilo que implantase con originalidad Howard Chaykin hace más de veinte años y que hoy es habitual.

Cabe destacar las magníficas portadas de Glenn Fabry. Las recopilaciones en tomos de DC las reproducen íntegras dentro del volumen, y merecen la pena. Si usted quiere ver un ejemplo de estas portadas, y del dramatismo general que transmite la serie, no deje de pasarse por la página web de DC, donde al pinchar en el rótulo de Vértigo le invitarán a disfrutar una soberbia preview animada de la serie Preacher donde se reproducen las portadas de los volúmenes recopilatorios en todo su esplendor.

Garth Ennis, Steve Dillon, Preacher: Gone to Texas. DC Comics Vértigo. 200 pp. New York, 1996 [Preacher, 1], 14.95 $; Preacher, Until the End of the World. DC Comics Vertigo. 256 pp. New York, 1997 [Preacher, 2], 14.95 $.

jueves, noviembre 11, 2004


Cartel de Diarios de motocicleta (2003). Dirigida por Walter Salles. Posted by Hello

DIARIOS DE MOTOCICLETA

El viaje se halla detrás de muchas obras maestras de la narración humana. La gran literatura occidental nace con Homero, pero sobre todo nace con su Odisea, un periplo de diez años por un mediterráneo infestado de monstruos y de aventuras hasta llegar a casa. Durante el viaje el hombre madura, se transforma y evoluciona a medida que vaga por el mundo, y el mundo también lo conforma y moldea. Cada hombre tiene su viaje por la vida, cada mujer se convierte en el receptáculo errabundo de una existencia humana. El mismo hecho de nacer ya constituye el fin de un largo viaje.

El viaje iniciático, la odisea personal, ha resultado ser tan importante en el cine como en la literatura. Posiblemente porque el viaje iniciático es un reflejo de la vida, de ese viaje personal que a veces no es sólo en el tiempo, sino en el espacio. Algunas de las mejores películas de la historia del cine son viajeras, no estáticas. Al margen del subgénero conocido como road-movie o película de coche y carretera, muchas de las mejores películas de la historia del cine consisten en vagabundeos por un microuniverso, una búsqueda en pos de concluir una misión. Los ejemplos podrían ser múltiples, pero ahora me viene a las mientes The Searchers, de John Ford, donde Ethan vagabundea por el Oeste americano (el western es la épica moderna, y vivir en Ciudad Juárez forma parte de ella) en busca de su sobrina secuestrada por los indios. Ethan, hombre arrasado tras la experiencia de la guerra civil, ya no tiene objetivos en la vida salvo encontrar a una sobrina que tampoco le importa demasiado más allá del hecho de convertirla en excusa y misión para seguir viviendo.

También Diarios de motocicleta es una película itinerante y de iniciación, y en este caso nada menos que para recrear el primer viaje que Ernesto “Che” Guevara realizó por el subcontinente latinoamericano, un viaje en el que descubriría la enorme miseria e injusticia en que se ahoga este rico vergel secuestrado, hace cincuenta años tanto como hoy. Su viaje, ya lo sabemos, terminó a tiros en Bolivia con la inestimable colaboración de la CIA.

El director de la película, Walter Salles (laureado por Estación Central de Brasil, 1998, y director de tres películas más), se ha basado de manera muy fiel en los diarios que Guevara escribió durante su primera incursión latinoamericana y, como bien ha destacado la crítica, ha sabido mezclar con sabiduría el postalismo documental y las exigencias de este género cinematográfico a las de la narración de historias por medio de imágenes. El resultado es una película de naturaleza mixta, emocionante y llena de humor y camaradería donde por encima de todo brilla esa naciente conciencia de la miseria y segregación en que viven buena parte de los habitantes de América Latina. Es sobre todo por éstos que la película se gana al espectador mucho más allá de simpatías políticas: no se trata de un film político, sino de un film humanístico. Ernesto Guevara se convierte en los ojos que ven por los nuestros buena parte de la desgracia y miseria de nuestro amado subcontinente, y en esa conciencia creciente de intentar cambiar algo para paliarlo se irá ganando las simpatías de un espectador (queremos creer que bienintencionado) a quien le gustaría que alguien remediase cuanto nos da asco. Es una película sobre el Che antes de que éste se reinventase a sí mismo, y a pesar de que el joven Ernesto Guevara perdió para siempre su cruzada en Bolivia, es también una película del culto a la personalidad. El mensaje final podría ser que, si bien el Che perdió su guerra, muchos como él debiéramos tomar el camino de una sensibilidad humanitaria que hoy día parece trasnochada, o simplemente, condenada al fracaso. Gael García Bernal, imparable en su ascenso internacional, compone una sobria y contenida interpretación del joven Guevara como un individuo sensible e introspectivo, todo lo contrario del ideólogo exaltado que hubiera conducido la película a derroteros más previsibles. Como contrapunto de García Bernal tenemos al maravilloso actor argentino Rodrigo de la Serna, quien sostiene sobre sus hombros con magnetismo entrañable el cincuenta por ciento de una película sensiblemente dirigida y exquisitamente fotografiada que derrocha idealismo a raudales, pero también piedad por nuestra miserable y piojosa condición humana.

Diarios de motocicleta (Motorcycle Diaries, 2003). Dirección: Walter Salles. Guión de José Rivera, basado en los libros Notas de viaje, de Ernesto “Che” Guevara y Viajando con el Che, de Alberto Coronado. Fotografía de Eric Gautier. Banda sonora de Gustavo Santaolalla. Con Gael Garcia Bernal, Rodrigo de la Serna, Mia Maestro, Mercedes Moran, Jorge Chiarella, Gabriela Aguilera. 128 m. USA-Argentina-Chile-Perú. (***)

miércoles, noviembre 10, 2004


Arcelia Ramírez en Así es la vida, de Arturo Ripstein y Paz Alicia Garciadiego. Un milagro cinematográfico. Posted by Hello