jueves, noviembre 11, 2004

DIARIOS DE MOTOCICLETA

El viaje se halla detrás de muchas obras maestras de la narración humana. La gran literatura occidental nace con Homero, pero sobre todo nace con su Odisea, un periplo de diez años por un mediterráneo infestado de monstruos y de aventuras hasta llegar a casa. Durante el viaje el hombre madura, se transforma y evoluciona a medida que vaga por el mundo, y el mundo también lo conforma y moldea. Cada hombre tiene su viaje por la vida, cada mujer se convierte en el receptáculo errabundo de una existencia humana. El mismo hecho de nacer ya constituye el fin de un largo viaje.

El viaje iniciático, la odisea personal, ha resultado ser tan importante en el cine como en la literatura. Posiblemente porque el viaje iniciático es un reflejo de la vida, de ese viaje personal que a veces no es sólo en el tiempo, sino en el espacio. Algunas de las mejores películas de la historia del cine son viajeras, no estáticas. Al margen del subgénero conocido como road-movie o película de coche y carretera, muchas de las mejores películas de la historia del cine consisten en vagabundeos por un microuniverso, una búsqueda en pos de concluir una misión. Los ejemplos podrían ser múltiples, pero ahora me viene a las mientes The Searchers, de John Ford, donde Ethan vagabundea por el Oeste americano (el western es la épica moderna, y vivir en Ciudad Juárez forma parte de ella) en busca de su sobrina secuestrada por los indios. Ethan, hombre arrasado tras la experiencia de la guerra civil, ya no tiene objetivos en la vida salvo encontrar a una sobrina que tampoco le importa demasiado más allá del hecho de convertirla en excusa y misión para seguir viviendo.

También Diarios de motocicleta es una película itinerante y de iniciación, y en este caso nada menos que para recrear el primer viaje que Ernesto “Che” Guevara realizó por el subcontinente latinoamericano, un viaje en el que descubriría la enorme miseria e injusticia en que se ahoga este rico vergel secuestrado, hace cincuenta años tanto como hoy. Su viaje, ya lo sabemos, terminó a tiros en Bolivia con la inestimable colaboración de la CIA.

El director de la película, Walter Salles (laureado por Estación Central de Brasil, 1998, y director de tres películas más), se ha basado de manera muy fiel en los diarios que Guevara escribió durante su primera incursión latinoamericana y, como bien ha destacado la crítica, ha sabido mezclar con sabiduría el postalismo documental y las exigencias de este género cinematográfico a las de la narración de historias por medio de imágenes. El resultado es una película de naturaleza mixta, emocionante y llena de humor y camaradería donde por encima de todo brilla esa naciente conciencia de la miseria y segregación en que viven buena parte de los habitantes de América Latina. Es sobre todo por éstos que la película se gana al espectador mucho más allá de simpatías políticas: no se trata de un film político, sino de un film humanístico. Ernesto Guevara se convierte en los ojos que ven por los nuestros buena parte de la desgracia y miseria de nuestro amado subcontinente, y en esa conciencia creciente de intentar cambiar algo para paliarlo se irá ganando las simpatías de un espectador (queremos creer que bienintencionado) a quien le gustaría que alguien remediase cuanto nos da asco. Es una película sobre el Che antes de que éste se reinventase a sí mismo, y a pesar de que el joven Ernesto Guevara perdió para siempre su cruzada en Bolivia, es también una película del culto a la personalidad. El mensaje final podría ser que, si bien el Che perdió su guerra, muchos como él debiéramos tomar el camino de una sensibilidad humanitaria que hoy día parece trasnochada, o simplemente, condenada al fracaso. Gael García Bernal, imparable en su ascenso internacional, compone una sobria y contenida interpretación del joven Guevara como un individuo sensible e introspectivo, todo lo contrario del ideólogo exaltado que hubiera conducido la película a derroteros más previsibles. Como contrapunto de García Bernal tenemos al maravilloso actor argentino Rodrigo de la Serna, quien sostiene sobre sus hombros con magnetismo entrañable el cincuenta por ciento de una película sensiblemente dirigida y exquisitamente fotografiada que derrocha idealismo a raudales, pero también piedad por nuestra miserable y piojosa condición humana.

Diarios de motocicleta (Motorcycle Diaries, 2003). Dirección: Walter Salles. Guión de José Rivera, basado en los libros Notas de viaje, de Ernesto “Che” Guevara y Viajando con el Che, de Alberto Coronado. Fotografía de Eric Gautier. Banda sonora de Gustavo Santaolalla. Con Gael Garcia Bernal, Rodrigo de la Serna, Mia Maestro, Mercedes Moran, Jorge Chiarella, Gabriela Aguilera. 128 m. USA-Argentina-Chile-Perú. (***)

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