miércoles, mayo 13, 2009

CARNIVÀLE: CAUTIVOS EN BABYLON (PARTE 3 DE 4)

Resulta paradójico hablar de medio televisivo. Carnivàle no parece una serie de televisión, y la mejor forma de verla no es hacerlo en la pantalla del televisor. Quizá fue éste uno de los problemas de recepción que tuvo una serie adelantada a su tiempo, inusual, poética y visionaria. Carnivàle es una película que dura 24 horas, y su grandeza no encaja del todo bien en ese electrodoméstico familiar al cual rebasa y destruye: el televisor. Los polvorientos caminos del suroeste de Estados Unidos, la fantasmal presencia del mismo circo ambulante con su noria que se recorta siempre contra un cielo negro, los bucólicos paisajes de la Nueva Canaan del hermano Justin, y en definitiva, la naturaleza coral de una serie cuyos personajes se integran de forma colectiva en una paisajística que incide siempre en la herencia del planeta en disputa en esta lucha entre el bien y el mal, dificultan la percepción de Carnivàle a través de la pequeña pantalla. Es esta una serie de ejecución exquisita donde hasta el más ínfimo detalle está cargado de sentido, de verdad dramática, de una capacidad inusual para definir lo más grande partiendo de lo más ínfimo. Carnivàle es una serie que hay que contemplar, o en su grandiosidad, o en su cercanía, o en pantalla grande o en las pantallas de los modernos ordenadores que permiten un grado de complicidad mayor que el del ciudadano común con su pantalla de televisión, a menos que ésta sea de muchas pulgadas.

Daniel Knauf y su equipo se embarcaron en un proyecto audaz. Todo en Carnivàle recuerda a otra cosa, a otras historias, otros clichés, otros personajes, pero todos los elementos de los viejos guisos de la abuela se transforman en nueva cocina deconstruida para nuestro placer, para seducir o conmover nuestros sentidos. Los directores, como es natural en esta clase de producciones, fueron variando de episodio en episodio, aunque queda para la historia el nombre de Rodrigo García (hijo de don Gabriel, el de Cien años de soledad: realismo mágico de segunda generación) como el artífice de los que probablemente sean los mejores episodios de la serie, entre los que destaca “Babylon” (S1E5): quizá uno de los momentos cumbres del arte del relato televisivo de todos los tiempos: sesenta minutos de un lirismo macabro y fantasmagórico pocas veces igualado.

El exquisito cuidado de cada detalle en Carnivàle (la reconstrucción del periodo histórico es asombrosamente fiel) redondea un trabajo de interpretación coral donde destacan Ben Hawkins, el hermano Justin o el gran Samson, pero sería descortés no reconocer el formidable elenco de actores y actrices donde destacan algunas bellezas como no se veían en el cine desde los gloriosos tiempos de Federico Fellini. No puedo dejar de rendirme ante el buen hacer actoral, y la belleza hoy estéticamente incorrecta, de gordas glamourosas como Cynthia Ettinger o Debra Christofferson. En esta serie parecen animales míticos como unicornios. Quizá esta subversiva reivindicación de las venus de otro tiempo también echó para atrás a un público espectador acostumbrado a consumir muñecas de plástico con las que fantasear en sus sueños industriales.

Continuabit...