lunes, marzo 19, 2012

LA VISITA DE LA NIÑA ETERNA

Acaba de visitarme Perséfone. Bueno, quiero decir Core. Ha vuelto a su preferido hogar. He compartido con ella unos cuantos cigarros y lo poco que me quedaba en la botella de whisky con la que me entretuve este fin de semana. Es delicado y extraño apreciar la belleza intemporal de una chavalita que cuenta con miles de años. Hemos hablado de muchas cosas, de algunos proyectos comunes. Me inquiere sobre aquel viejo sueño de traducir El rapto de Proserpina, de Claudiano; como homenaje culpable (soy hombre, al fin y al cabo) a las muchachas que, como ella, fueron raptadas y asesinadas, pero en Ciudad Juárez. Me critica por no trabajar en esa traducción durante mis clases de latín de la universidad. Le explico que  mis alumnos no lo apreciarían, que son muy jóvenes, que el texto es complejo, que no saben lo que es la vida ni la muerte. Que para ellos una materia en la universidad no es más que un trámite hacia una vida que ellos sueñan y no está en ninguna parte, porque el futuro se construye desde el pasado. No saben que el futuro no es más que pasado. Core se enfada, me llama traidor, avienta el humo del cigarro y me invade con ese dulce hálito de muerte que sólo el cigarro tiene. Yo sé que me visita cada año para relajarse, porque ella y yo tenemos muchos amigos en común, que se trata de una breve parada antes de telefonear a su madre, a la que volverá a ver mañana, antes de que otros la vean. En ningún momento olvido que ella es la Reina por antonomasia.  No sólo soy respetuoso, es que siempre siento un poco de miedo cuando me visita en esta noche. Mi estudio se llena de un aroma  de ánforas irrecuperables de trirremes hundidas cuando ella en él está.  Llora y se ríe al mismo tiempo mientras comenta ordinarieces sobre su marido. Una vez me permitió tocar su mano. Es fría y caliente como el cuerpo de una gatita que ha pasado la noche bajo una nevada. Ella está llena de muerte, que es la mayor impertinencia de la vida. Después de una hora, se marcha tras dedicarme un último mohín de desdén con su naricita altiva, soliviantada, acostumbrada a dictaminar sobre lo infinito y lo perecedero. Sé que soy su siervo y ella sabe que la adoro. Y que la recuerdo con la constancia del verdadero amigo.

Yo sé que ya está aquí. Yo sé que el miércoles será primavera, y que sólo ella podía traer de vuelta todas las flores.