lunes, enero 31, 2005

MARÍA CANDELARIA (1943)

María Candelaria es una obra maestra dirigida por Emilio “el Indio” Fernández que reivindica mi idea personal de que México (polo excéntrico de occidente, como lo ha llamado Enrique Krauze) es el Japón del continente americano. Viendo una película como ésta uno se siente sacudido por un delicioso extrañamiento oriental que remite a la intensa emoción estética que nos sacude al ver la obra de los grandes maestros del cine japonés: Mizoguchi, por ejemplo (Los cuentos de la luna pálida de agosto) o Masaki Kobayashi (Kwaidan). Para entender María Candelaria hay que partir de la asunción de que México es un país donde el autoritarismo procede no sólo de sus antecedentes prehispánicos, sino también de la educación por una España contrarreformista que se creía el brazo derecho de Dios. Y después de Dios estaban el rey, el virrey y su corte de designados, nobles y acoplados. De ahí para abajo, el dedo de un Dios autoritario y represor estableció una cruel “verticalidad” en las relaciones de poder que hoy se manifiesta todavía en todos los ámbitos de la vida pública y social: autoritarismo de una casta dirigente e insensibilidad hacia la pobreza (ya se sabe que el pobre es pobre porque Diosito así lo quiso, y ya ni modo).

En este contexto, María Candelaria y Lorenzo Rafael son unos pobres vendedores de flores que quieren contraer matrimonio para legalizar su amor, pero les falta el dinero. Para colmo, las gentes del pueblo de Xochimilco impiden trabajar a María Candelaria al estar maldita por el dedo de Dios: su madre había sido prostituta. A Lorenzo Rafael no le importan los orígenes de su gran amor, y ambos sobreviven con lo que él gana vendiendo flores en su pequeña barca (trajinera) por los pueblos del lago de Xochimilco. El patrón del pueblo (de nuevo un malvadísimo Miguel Inclán) agita el odio contra la pareja porque desea a la pobre pero muy bella María Candelaria. El destino trágico de los personajes sigue las normas establecidas por aquel dedo de Dios: la miseria, la cárcel, la injusticia social, y finalmente la muerte.

La película sigue siendo una obra maestra deliciosamente fotografiada por Gabriel Figueroa en sus mejores momentos de esplendor artístico. Esos paseos en trajinera bajo la luna de Xochimilco (con una radiante Dolores del Río que desafía en belleza a la blanca luna de los cielos nocturnos de Figueroa) entrañan en sí mismos la belleza de la vida simple en un mundo alejado de los hombres. El beatus ille es el gran tema de la película, pero ese beatus ille, esa vida retirada en comunión con una naturaleza cada vez más corrompida por el hombre, se verá violada y masacrada por el dedo de un dios contrarreformista, impío y cruel. O así al menos es como lo han utilizado e interpretado los hombres en sus luchas de poder y erotismo.

Ganadora del Gran Premio en el festival de Cannes en 1943, María Candelaria es una pieza oriental que remite, como en el caso del cine clásico japonés de Mizoguchi, a un pasado ancestral desaparecido, más mítico que verdadero, donde los mexicanos y mexicanas eran, en palabras del personaje del pintor, “príncipes y princesas de ese antiguo pueblo indio que no se ha doblegado”. De doblegarlo y esquilmarlo se encargaron los matarifes que el tiempo puso en su camino. Hay que ver María Candelaria con los ojos más inocentes de 1943, y no esperar de ella mayor mensaje que el de un beatus ille moralizante donde por encima de todo brilla la majestuosa fotografía blanquinegra de Figueroa, la entera presencia de Pedro Armendáriz y, cómo no, Dolores del Río.

Dolores del Río, con su belleza morena y madura de fruta perfecta, tendida sobre la trajinera que surca las aguas de Xochimilco, es el infinito placer estético de una mujer y de la sensibilidad de una actriz. Verla corretear de aquí para allá con un cerdito en los brazos, un lechoncito en el que los pobres María Candelaria y Lorenzo Rafael depositan las ilusiones de un futuro mejor, es posiblemente la imagen erótica más contundente y eterna que el cine nos haya legado nunca de la belleza femenina de la mujer mítica del beatus ille.

Maria Candelaria (1943). Dirección de Emilio Fernández. Guión de Emilio Fernández y Mauricio Magdaleno. Fotografía de Gabriel Figueroa. Banda sonora de Francisco Domínguez y Rodolfo Halffter. Montaje de Gloria Schoemann y Jorge Bustos. Productores: Agustín J. Fink y Felipe Subervielle. Intérpretes: Dolores del Río (María Candearia), Pedro Armendáriz (Lorenzo Rafael), Alberto Galán (el pintor), Margarita Cortés (Lupe), Miguel Inclán (don Damián). México. (****).

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Tal vez esté quivocado. La história fílmica y televisiva de México, se funda en los principios trágicos griegos. Esa idea del destino dictado por Dios, que los mexicanos somos jodidos, en alguna forma se enparienta con la idea de Oriente. Pero no del mero Oriente, sino de la experiencia de Occidente al descubrir el Oriente: la seducción de lo nuevo. Siendo más descriptivo, de la experiencia de la pobreza impuesta por un Dios, desdoblada en el arte. Una nueva forma de ver la jodidez, esa es la idea.

Ego.

Ricardo Vigueras dijo...

Claro que se funda en los principios griegos. Yo no digo que María Candelaria tenga influencias del teatro kabuki. Lo que digo es que películas como esta son fuera de México "exóticas" y producen un extrañamiento parangonable al de ver algunas películas de oriente.

El resto de tu exposición no la he entendido, perdona. Ya la comentaremos cuando nos veamos.