domingo, octubre 28, 2007

EL RENACIMIENTO VALENCIANO DE LA NOVELA POLICIACA LATINA. LA APORTACIÓN DE JOAQUÍN BORRELL.

Como les dije, estuve en Valencia para asistir al XII Congreso español de Estudios Clásicos. Más de trescientos participantes con comunicación, y un buen número de ponencias extraordinarias de gran interés. Destacada participación como oyentes de estudiantes universitarios. Se confirma la buena salud de estos estudios en España, aunque siempre haría falta mayor voluntad política para fortalecer la presencia de la cultura clásica y otros griegos y latines en la enseñanza secundaria y en bachillerato, la verdadera piedra angular de todo sistema educativo. Yo participé con una comunicación (en México a las comunicaciones se las llama ponencias, mientras que aquí las ponencias son las participaciones extensas de los conferenciantes invitados ex profeso) sobre Joaquín Borrell, un novelista valenciano al que estudié en mi tesis doctoral sobre la novela policiaca de temática romana clásica. Mi comunicación versó sobre el vocablo "exquiriente", una palabra inventada por Borrell para designar a los detectives del mundo clásico. Como esta página es mi cajón de sastre en la que todo cabe, les adjunto mi texto para que ustedes lo ignoren o lo disfruten con la mayor libertad. Servirá, de paso, para reivindicar un poco en la red la figura de Joaquín Borrell dentro de la historia del género. Las llamadas a nota vienen entre corchetes, y las notas se hallarán al final del texto.

El renacimiento valenciano de la novela policiaca latina: la aportación de Joaquín Borrell.

Ricardo Vigueras Fernández
Universidad Autónoma de Ciudad Juárez

Resulta paradójico cómo, a pesar de que cada vez se reduce más la importancia de los estudios clásicos en los planes de enseñanza media, la presencia del mundo grecolatino en la cultura popular se consolida con los años sin dejar de ser una constante. Me refiero al cine, la televisión, las novelas de evasión y el cómic, donde la cultura clásica continúa teniendo una presencia notable. Tampoco la novela histórica es ajena a esta tendencia, y si bien ésta nos ha acompañado durante todo el siglo XX, y aún antes, hay un nuevo subgénero cuya insistencia en las librerías no puede ser soslayada.

Me refiero a la novela policiaca histórica latina, nueva en comparación con otros géneros, pero cuya presencia en el mercado editorial data, cuanto menos, de la novela The Julius Caesar Murder Case (1935) [1] . Aunque no es posible hacer aquí un resumen de la historia del género, sí podemos apuntar tres periodos fundamentales: de 1935 a 1948, periodo de los pioneros; de 1950 a 1979, marcado sobre todo por la constante presencia del escritor de relatos Wallace Nichols, y que podemos considerar “época de los clásicos”; y de 1981 hasta hoy, periodo que podemos considerar de madurez del género, donde se produce la sorprendente eclosión de autores y series en Estados Unidos y otros países como Francia, Alemania, Italia e Inglaterra. Es esta una lista en la que España parece no estar incluida, pero, ¿es así realmente? En los listados que se manejan, generalmente de origen anglosajón, percibimos la ausencia de Joaquín Borrell, autor valenciano que en 1989 (mismo año en que Lindsey Davis edita la primera entrega de su serie de Falco) [2] publicó La esclava de azul, una novela que incluye a Joaquín Borrell entre los pioneros de este renacimiento de la novela policiaca latina. En España, donde las obras de Lindsey Davis y otros tienen buenas ventas, el valenciano Joaquín Borrell es un pionero desconocido a quien queremos reivindicar en su propia tierra con unas cuantas líneas.

Joaquín Borrell es licenciado en Derecho y cultiva la novela histórica, dentro de la cual ha obtenido notables éxitos. Las dos novelas de Diomedes el exquiriente (neologismo inventado por el propio Borrell para designar a estos detectives del mundo antiguo) pertenecen a su primera época editorial, y debieron de ser obras de aprendizaje en cuyos personajes no ha insistido más. La esclava de azul, publicada por Círculo de Lectores en 1989, debe su título a Baiasca, la esclava de Alcímenes el exquiriente, tío de Diomedes de Atenas, quien acaba de llegar a Roma para heredar la fortuna de su extravagante familiar. Una vez en la ciudad, Diomedes descubre que su magra herencia consiste en una casucha en el Janículo, una vasija con las cenizas de su tío, y en su esclava, una veinteañera vestida de azul que responde al nombre de Baiasca. Esta esclava le pone al tanto de la extraña muerte de su tío (quien en realidad no ha muerto) y le convence para sucederle en el oficio de exquiriente. Un poco a la fuerza, Diomedes acepta suceder a Alcímenes y se adentra en la resolución de sus primeros casos, ayudado siempre por la chispeante y leal Baiasca.

La esclava de azul fue editada por Círculo de lectores en una presentación que resaltaba el carácter semihumorístico de la novela, con una cubierta dibujada por Julio Vivas que destacaba la caricatura para apartarse del academicismo de otros diseños de cubierta para las novelas históricas realistas. Las 237 páginas de la novela se distribuyen en siete capítulos o días y por sus páginas también se pasean, tratados siempre con la sana ironía de la que Diomedes hace gala continuamente, Julio César, Cleopatra y su hermana Arsínoe. Desde la primera página será el humor lo que caracterice la narración de Diomedes, y el primer párrafo de cada novela se abre con una reflexión simpática que no deja lugar a dudas sobre el tono general de ambas obras.

La segunda novela conduce a Diomedes y a Baiasca nada menos que hasta la exótica Cólquide, donde investigarán la misteriosa muerte de Polemón, el príncipe heredero. Esta segunda entrega, que insiste en el humor, se publica cuatro años más tarde (1993) y tiene 143 páginas, casi cien menos que la primera, divididas en seis capítulos. El tipo de edición vuelve a ser el mismo esta vez, con una nueva portada humorística de Julio Vivas.

Han pasado catorce años y Borrell ha publicado otras novelas, pero ninguna con Diomedes el exquiriente, su tío Alcímenes y la fiel Baiasca. Las novelas de Diomedes el exquiriente son dignas de comentario desde muchos puntos de vista, y sobre todo deben ser tenidas en cuenta para reivindicar la falta de aislamiento de España en la renovación de un subgénero en el que, bien es verdad, más tarde no abundaron ni Borrell ni otros escritores españoles. A pesar de la brevedad de su obra, Borrell hizo una aportación que considero importante, y ésta es la invención del vocablo exquiriente, neologismo que resuelve la artificiosidad que sentimos al hablar de personajes al estilo de Falco como de “detectives” del mundo romano.

El vocablo procede del verbo exquiro, que no llegó a desarrollar vida propia en nuestra lengua hasta que Joaquín Borrell, con olfato de sabueso, la introdujo para designar un concepto nuevo. Y una vez hecha la gracia, la pregunta que uno se hace es: ¿tiene algún fundamento esta libertad? ¿Fue usado alguna vez el verbo exquiro para designar la acción de investigar como investigaría un detective moderno? Buceando en los numerosos ejemplos que ofrece la literatura latina, nos encontramos con interesantes casos, de los cuales desearíamos sacar a la luz unos cuantos. Tenemos a Plauto, que usa varias veces el verbo exquiro y que en la comedia Truculentus lo integra en un diálogo que por su agilidad y ritmo habría podido servir de modelo a Raymond Chandler, maestro de la novela negra americana. Nos referimos a los versos 796-805, donde Calicles interroga a una esclava (ancilla) y a una peluquera (sura tonstrix). Mientras interroga a la peluquera, ésta es interrumpida por la esclava, cuya participación zanja Calicles con un tajante: Cave tu nisi quod te rogo./ Ex te exquiro (vv. 801-802).

Si bien en Plauto ya aparece el verbo exquiro en un contexto claramente investigativo, aunque cómico, no va a ser la única vez que este autor use el vocablo con la intención de investigar o interrogar en el sentido de averiguar algo de alguien (Est quod volo exquirere ex te, afirma Lisídamo en Cásina 689), y no necesariamente por el uso de la fuerza, como vemos en el diálogo entre Pasicompasa y Lisímaco en Mercator 503: PA. Amabo ecastor, mei senex, eloquere. LY. Exquire quiduis. Y no podemos omitir la que quizá sea la investigación más famosa de cuantas Plauto ideó para sus criaturas, la de Anfitrión intentando desentrañar el misterio de la infidelidad de su esposa en Amphitruo 1015-1016: Nunc domum ibo atque ex uxore hanc rem pergam exquirere, /Quis fuerit quem propter corpus suom stupri compleuerit.

Es en Plauto donde encontramos los ejemplos literarios más antiguos de exquiro, y desde el principio fue usado con sentido investigativo, como constatamos en muchos casos donde se nos habla, por ejemplo, de investigar concienzudamente: hasta “conocer la verdad de los asuntos e investigar las causas dudosas”, como se nos dice claramente en el poema Aetna [3] , o bien “investigar en profundidad y desenterrar” como asevera Quintiliano por medio de una analogía con la exhumación muy propia de la literatura criminal [4]; y en definitiva, investigar hasta el meollo de la cuestión, como lo expresa Flavio Carisio: medullas rei exquirere [5].

En Tácito encontraremos varios usos interesantes del verbo exquiro, uno de ellos en Anales VI 8.4 con claras implicaciones criminales, pues el historiador nos habla de los turbios manejos que Sejano, hombre en quien se habían depositado los más altos honores y fuerzas del estado, llevaba a cabo a espaldas del emperador, turbios manejos de los cuales había que investigar lo ilegítimo y lo peligroso (exquirere inlicitum, anceps) [6].

Esta actio exquirendi podía tener dos vertientes: la física y la intelectual. La primera se correspondía con la del interrogatorio de sospechosos y el registro meticuloso de sus objetos personales, mientras que la segunda se relacionaba con la investigación de hechos oscuros o criminales. Dentro de la primera, la física, y dentro del interrogatorio de sospechosos, hallamos que estos interrogatorios no debían ser de simples cuestiones formulares, y así, en Tácito Ann. III 16. 2 tenemos que César manda interrogar de manera persistente (crebris interrogationibus) a M. Pisón para que confiese qué hizo durante las últimas veinticuatro horas [7]. De la misma manera, encontraremos otro interrogatorio con implicaciones criminales en Pseudo-Quintiliano donde se nos advierte que un presunto parricida, sospechoso de haber envenenado a su padre, podría argumentar como coartada (dissimulationem) en caso de ser interrogado (exquiritur) el hecho de no haber sido hallado en posesión de veneno [8].

En cuanto al registro de sospechosos y de sus objetos personales, hallamos que Cicerón recuerda en De officiis al rey Tebe que antes de acostarse con su esposa enviaba a su cuarto guardias armados para registrar sus arcas y vestiduras y prevenir que su cónyuge no escondiera en ellas un arma: Praemittebatque de stipatoribus suis qui scrutarentur arculas muliebres et ne quod in uestimentis telum occultaretur exquirerent.

Nuestro último ejemplo ciceroniano nos obliga a hacer un alto en este personaje histórico que tanto juego ha dado dentro de la novela policiaca latina. Y es que Cicerón, con objeto de sus discursos, recurrió a hombres y mujeres que se convertían en sus ojos y oídos para proporcionarle información, y en las novelas de Steven Saylor acudirá con frecuencia a solicitar los servicios de Gordiano el Sabueso, un desencantado exquiriente de la Roma clásica [9]. No es descabellada esta idea, ya que, cuando el mismo Cicerón pide a Ático en sus cartas que indague de manera exhaustiva todo lo que pueda sobre Léntulo y Domicio, su petición vendrá introducida por el verbo exquiro, como vemos en Cartas VIII 12.6: Volo etiam exquiras quam diligentissime poteris (habebis autem per quos possis) quid Lentulus noster, quid Domitius agat, quid acturus sit, quem ad modum nunc se gerant, num quem accusent, num cui suscenseant. No será la única vez que solicite su ayuda [10].

Y es que Cicerón era consciente, bien fuera por su actividad forense, bien por su enorme curiosidad política, de que convenía estar bien informado, y a este respecto el orador supo convertirse en modelo de seriedad profesional para generaciones futuras, que no siempre imitaban sus pasos a la hora de indagar los asuntos hasta la médula, como se puede desprender de la dura crítica que tiempo después Quintiliano dirigiría contra los oradores, que preferían embelesarse con las exquisiteces retóricas en vez de investigar en profundidad antes de llevar un caso a juicio [11]. El celo investigador que demostraba Cicerón y que, en otro orden, propugnaba Quintiliano en su Institutio oratoria, no llegó mucho más lejos, en el caso del orador, de recurrir a informantes no identificados, o al mismo Ático, para descubrir intrigas políticas o rastrear pistas para sus casos, aunque algunos lo llevarían más lejos hasta convertir el adulterio en herramienta de investigación, como fue el caso de Octavio Augusto, que tenía la costumbre de acostarse con determinadas mujeres para extraer información relevante relacionada con sus maridos. Así nos lo cuenta Suetonio en Divus Augustus LXIX, 1: Adulteria quidem exercuisse ne amici quidem negant, excusantes sane non libidine, sed ratione commissa, quo facilius consilia aduersariorum per cuiusque mulieres exquireret.

Por último, el verbo exquiro fue usado para definir la idea de investigar con intención científica, como nos relata Plinio el Viejo en un interesante pasaje a propósito del rey Juba como descubridor de la fuente del Nilo, en Naturalis Historia V 52. 1: Nilus incertis ortus fontibus, (…) originem, ut Iuba rex potuit exquirere, in monte inferioris Mauretaniae non procul oceano habet lacu protinus stagnante.

En conclusión, el verbo exquiro tiene una íntima conexión con el interrogatorio y la investigación que forman parte del proceso deductivo que conduce a alguien a desentrañar un misterio. Es un vocablo que en la literatura latina se usó para interrogar e investigar, y hasta para probar, en contextos diversos que incluyen los que podríamos considerar policiacos o para-policiacos. Así, la expresión “detective de la Antigüedad”, por forzada y excesivamente moderna, bien podría quedar desterrada para acoger el concepto técnico de exquiriente, que podríamos definir como “persona que en la novela policiaca latina desempeña las labores que hoy corresponderían a los modernos detectives o policías”. Jugando con la lengua y con la realidad como un niño, el valenciano Joaquín Borrell inventó una palabra para designar una realidad inventada. Con gran fortuna, puesto que, si las modernas novelas policiacas no podrán cambiar la realidad de la historia, el vocablo inventado por Borrell sí viene a modificar la realidad del idioma al incorporarse para designar una realidad literaria, que no histórica. Desde este punto de vista, la aportación de Joaquín Borrell a todo el subgénero, a pesar de ser humilde, vale su peso en oro, pues entraña la sutileza de todo matiz capaz de desentrañar un mundo.
NOTAS

[1] W. IRWIN, The Julius Caesar Murder Case, Nueva York-Londres 1935.
[2] L. DAVIS, Silver Pigs, Londres 1989 (edición española, La plata de Britania, Barcelona 1991)[3]Aetna (Appendix Vergiliana) 224: Nosse fidem rerum dubiasque exquirere causas.
[4]Pseudo-Quintiliano, en Declamationes minores 329 2.1: Alte exquirendum atque eruendum. [5]Flavius Sosipater Charisius, Artis grammaticae libri V 406.23.
[6] Ann. VI 8.4: Spectamus porro quae coram habentur, cui ex te opes honores, quis plurima iuvandi nocendive potentia, quae Seiano fuisse nemo negaverit: abditos principis sensus, et si quid occultius parat, exquirere inlicitum, anceps.
[7] Ann. III 16.2: Caesar flexo in maestitiam ore suam invidiam tali morte quaesitam apud senatum conquestus M. Pisonem vocari iubet crebrisque interrogationibus exquirit, qualem Piso diem supremum noctemque exegisset.
[8] M. Fabius Quintilianus (Pseudo), Declamationes XIX maiores, II 13.31: Si parricida est et exquiritur, hanc saltem sibi praestabit dissimulationem, ne teneat venenum.
[9]La serie de Steven Saylor protagonizada por Gordiano el sabueso es, en nuestra opinión, la obra maestra del género, y se estrenó con Roman Blood, Nueva York 1991.
[10]Al menos dos veces más pedirá Cicerón este favor a su amigo Ático, como en Epist. VIII 14.3: Haec velim exquiras ad meque prescribas; o bien en Epist. XIII 49.2: Qua re tibi hactenus mando, de illo nostro, si quid poteris, exquiras, de me ne quid labores.
[11] Quintiliano, Institutio oratoria VII 1.41: Sed plerique eloquentiae famam adfectantes contenti sunt locis speciosis modo vel nihil ad probationem conferentibus: alii nihil ultra ea, quae in oculos incurrunt, exquirendum putant.

BIBLIOGRAFÍA CITADA

A. Autores clásicos.

Anónimo, Aetna.
Charisius, Flavius Sosipater, Artis grammaticae libri V.
Cicerón, M. Tulio, Epistulae ad Atticum.
——, De officiis.
Plauto, T. Maccio, Amphitruo.
——, Casina.
——, Mercator.
——, Truculentus.
Plinio el Viejo, Naturalis historia.
Quintiliano, M. Fabius, Institutio oratoria.
Quintiliano, M. Fabius (Pseudo), Declamationes minores.
——, Declamationes XIX maiores.
C. Suetonio, De vita Caesarum.
Tácito, Annales ab excessu divi Augusti libri.

B. Fuentes secundarias.

J. BORRELL, La esclava de azul. Barcelona, 1989. Círculo de Lectores.
——, La lágrima de Atenea. Barcelona, 1993.
L. DAVIS, Silver Pigs, Londres 1989 (edición española, La plata de Britania, Barcelona 1991)
W. IRWIN, The Julius Caesar Murder Case, Nueva York-Londres 1935.
S. SAYLOR, Roman Blood, Nueva York 1991 (edición española, Sangre romana, Barcelona 1998).

2 comentarios:

nacho dijo...

Pues yo leí la comunicación con mucho gusto, y, por cierto, debieras venir a presentar una ponencia al Coloquio Internacional de Literatura a Hermosillo...
Bueno, pero quizá yo también hubiera escogido largarme a Valencia... je...

un abrazo, maese Ricardo...

nacho m.

Ricardo Vigueras dijo...

Gracias por tomarte el tiempo, Humphrey. Ah, y por supuesto que yo iría a Hermosillo... en cuanto me invitaran.

Un saludote.