lunes, diciembre 01, 2008

LOS 4400



La primera temporada de The 4400 deja con ganas de más, y eso a pesar de tratarse de una serie con altibajos, tanto actorales como de guión. El planteamiento es formidable: las cuatro mil cuatrocientas personas que desaparecieron, sin justificación aparente, a lo largo del siglo XX reaparecen en Seattle tras ser abandonados en las orillas de un hermoso lago por aquellos que les secuestraron (extraterrestres, supuestamente, pero es un misterio que queda en el aire, como tantos otros). Los 4400 tendrán que rehacer sus vidas en el punto en que las abandonaron, y al hacerlo se enfrentarán con toda clase de problemas, principalmente dos: en muchos de los casos, sus familiares y amigos han fallecido, lo que genera en ellos un desarraigo perturbador. En la mayor parte de los casos es también la sociedad quien los rechaza, ya que pronto descubren que todos los que vuelven lo han hecho con una especie de poder: predecir el futuro, originar terremotos cuando se enfadan o ser capaces de sanar o causar la muerte por el simple contacto físico no les convierten en los vecinos más adorados del barrio. Los creadores de la serie (que duró cuatro temporadas y quedó inconclusa, para desolación de sus fans) fueron René Echevarría y Scott Peters, quienes refritean con gusto algunos de los buenos referentes que conocen y se apuntan un tanto al convertir a los 4400 en objeto de la ira de los ciudadanos comunes. Como es sabido, esto fue muy bien explotado por Chris Claremont en su época dorada de los X-Men desde la resurrección de la serie en los 70.

Los primeros cinco episodios constituyen la primera temporada, que fue concebida en principio como mini serie con final abierto. Están rodados con soltura y fluyen bien. En general, falta fuerza a los personajes, que están un poco plastificados, y el ritmo fluctúa a lo largo de los primeros cinco episodios. Por supuesto, el programa piloto se lleva la palma al establecer la imagen de referencia del programa: la reaparición de los 4400 junto al lago. En las interpretaciones destaca un tiburoncísimo Peter Coyote en apariciones estelares, la niña Conchita Campbell y la entrañable pareja conformada por el afroamericano Richard (Mahershalalhashbaz Ali) y la blanquísima Lily (Laura Allen). Se trata de algo más que un guiño en tiempos pre-Obama, la superación de un prejuicio racial que, a pesar de todo, late en el fondo de muchas conciencias. La serie, producida por la Fox, tampoco va mucho más allá en revoluciones argumentales o conceptuales, así que tira por la calle de en medio, que es la mejor en tiempos de corrección política. Nadie fuma, nadie dice tacos, nadie folla ni se ven tetas. Es una serie de cadena generalista, y eso pesa mucho. Lamentablemente, los dos protagonistas (interpretados por Jacqueline McKenzie y Joel Gretsch), que podrían intentar repetir la química sexual de X Files, no tienen demasiado gancho, en mi opinión, y el ritmo general se resiente un poco de ello. A destacar la cabecera del programa, con una bonita canción de Amanda Abizaid, que pronto se hace pegadiza y se convirtió en la referencia musical del programa.

2 comentarios:

Yota dijo...

A mi la miniserie primera me gustó bastante, a pesar de las similitudes con Rising Stars, pero no pasé del tercer episodio de la segunda temporada, nose, se echaba de menos a Peter Coyote.

El profesor Gafapasta dijo...

Uf. Seguro que sin Coyote la cosa pierde muchos puntos. Advertido quedo.

Un saludote.