martes, mayo 24, 2005

UNA ENSEÑANZA DEL SATIRICÓN


Cuando ya estaba por dar el toque final a mi tesis, el “riguroso azar” me condujo de nuevo hasta las páginas del Satiricón. Esta novela, cuya extensión original desconocemos, se atribuye a Cayo Petronio Arbiter, favorito primero del emperador Nerón y más tarde caído en desgracia. El mismo Nerón le ordenó matarse tras ganarse el odio de Tigelino, nuevo favorito del emperador. Esto lo cuenta Tácito en Anales XVI, 17-20, pero hoy parece que algunos señalan a otro Petronio (T. Petronio Niger, cónsul en 63 d.C.) como el autor de esta magna obra, quizá uno de los frutos más intemporales de la literatura latina. Hay versiones al español de Petronio que hacen creer que Petronio es uno de nuestros contemporáneos, uno de esos novelistas históricos que recrean el mundo de la antigüedad. El Satiricón es, sobre todos los otros modelos del clasicismo latino, aquel donde mejor pueden beber los modernos narradores para encontrar el espíritu de lo intemporal, el gozne exacto entre el mundo de hace dos mil años y el nuestro propio. Nunca dejará de producirme asombro el capítulo 83 del Satiricón, donde el joven Encolpio vagabundea hasta llegar a una pinacoteca, y allí conoce al desencantado poeta Eumolpo, quien se queja de que el amor al arte no ha hecho nunca rico a nadie. Eumolpo, claro, es un parisino poeta maldito en toda regla. Es apabullante la enorme modernidad de ese capítulo que fácilmente podría ocurrir en una galería del Nueva York de mañana mismo. O en Barcelona. El Satiricón es una obra que se halla detrás de novela picaresca (Quevedo mismo intentó traducirla al castellano), e incluso, de las atmósferas de la novela negra moderna. Como expresó con certeza el poeta Lucrecio en De natura deorum: Nada nace de la nada.

La novela se abre con la filípica del orador Agamenón contra la oratoria de su tiempo. Hay un momento en que Agamenón (que no se trata, como es natural, del rey mitológico que encabezó la guerra contra Troya) expresa cuál es su receta para la formación ideal del orador, y lo hace en verso. Al volver a leer este pasaje (Sat. V), no he podido dejar de sentir cuánta razón tenía Agamenón, tanto en el siglo I a.C. como hoy mismo. En román paladino, viene a decir que el escritor debe formarse estudiando a los clásicos de todo tiempo, y cuando haya absorbido cuanto los antiguos y los clásicos contemporáneos puedan enseñarle, debe empaparse de su realidad y cotidianeidad y hallar una voz propia. Reproduzco aquí el fragmento porque no tiene desperdicio. Reproduzco este texto para mis lectores más jóvenes, aquellos que sienten con sus pocos años que la literatura no les entrega todo lo que merecen, pero no reparan en que todavía no han comenzado a darle a la literatura cuanto ésta les exige. La presente traducción es de Pedro Rodríguez Santidrián (Alianza, colección Libro de Bolsillo 1279), uno de esos traductores que consiguen el milagro de trasladar la obra clásica devolviéndonos también toda su contemporaneidad.

Quien desee la gloria de un arte difícil
y pretenda alcanzar altas metas,
sepa ante todo someter sus costumbres
a una disciplina austera.

Bien levantada la frente, no se preocupe
de la mirada altiva de los reyes
ni sea cliente asiduo de la mesa de los poderosos.

Que la compañía de gente perdida
no ahogue en vino el ímpetu de su mente,
ni vaya al teatro para vender su aplauso
a los artistas.

Consagre a la poesía sus primeros años,
beba a pleno pulmón en la fuente meonia
sea que le sonría la fortaleza de la belicosa Minerva
o la tierra habitada por el colono lacedemonio
o la morada de las sirenas.
Saturado ya de la tropa socrática
suelte las riendas de la libre inspiración
y ejercite las armas del gran Demóstenes.

Que le rodee la hueste romana
y se libere del acento griego
para poder así encontrar la savia fecunda
de una nueva inspiración.

Lea en el foro de cuando en cuando sus escritos
y cante a la fortuna en su voluble curso.
Imprégnese de los ritmos fieros
en que fueron cantadas las guerras
y sepa encontrar la impresionante sonoridad
del indómito Cicerón..

Ciñe tu mente con estos bienes
y saciado así en el ancho río de las Musas
verás salir de tu pecho una palabra plena.
Posted by Hello

5 comentarios:

Jody Dito dijo...

Si los mitos nunca mueren.....joder!! que vas a decir de los clásicos.

loca dijo...

Muy interesante tu post, tomo nota para mis próximas lecturas ;)

Silvia Porras dijo...

Diria que es un proceso:

* la persona debe empaparse de todo -en la universidad-

* luego olvidarlo

* seguir su propia intuicion para actuar y transformar su entorno.

Ricardo Vigueras dijo...

Estoy completamente de acuerdo, Silvia. Bueno, casi. Yo sólo omitiría, quizá, a la universidad, que es una institución que ya cumplió con su ciclo histórico,y muchas veces es prescindible, y hasta desaconsejable, para la formación.

Un saludote.

aRkHAm AsyLUm dijo...

Los clásicos se definen por su perpetuidad. Las obras inolvidables son aquellas que se transforman a sí mismas con el paso del tiempo y que paradójicamente son inmutables por su percepción de actualidad. Los ejemplos griegos y romanos abundan, y el satiricón no es la excepción.

Es curioso como pueden pasar miles de años y la sociedad, en el fondo, sigue siendo la misma. Los problemas que los aquejaron y que nos aquejan ahora son los mismos, los deseos, los vicios, los excesos y, sobre todas las cosas, la distinción entre ricos y pobres.

Es siempre un ejercicio gratificante explorar el modus vivendi de los pueblos antiguos y el satiricón es tan realista que parece una crónica actual publicada en cualquier periódico.

Ahora lo que me ocupa es ver la adaptación cinematográfica de Fellini y marcar las diferencias. Me parece que son abismales por lo poco que he visto.

http://luppanar.blogspot.com