martes, febrero 05, 2008

RICHARD STARK: A QUEMARROPA

Lee Marvin inmortalizó con su rudeza ejemplar el rostro de Parker en la película A quemarropa, que en 1967 dirigió con brillantez un joven John Boorman. Parker es creación literaria de uno de los grandes autores de la novela negra americana del medio siglo: Donald E. Westlake, quien bajo el seudónimo de Richard Stark lleva publicadas desde 1959 veintitantas novelas de Parker (abandonó a este duro personaje en 1974, pero lo retomó en 1997). Westlake, con el seudónimo de Stark o no (es suficientemente famoso por su verdadero nombre) sigue produciendo activamente. Westlake es un hombre capaz de tocar varias cuerdas: guionista de cine (adaptó The Grifters, de Jim Thompson, para Stephen Frears en 1990), también tiene otra serie negra con incursiones en la comedia: The Dortmunder.

Parker es un delincuente, un asaltabancos, un tipo tan duro que cuando en su primera novela regresa a casa, su esposa se suicida. Parker la encuentra sobre la cama, le tasajea la cara para volverla irreconocible y la abandona en un parque público. Parker ha vuelto a casa para vengarse de unos cuantos traidores con quienes planeó un robo, pero éstos intentaron matarle y al final acabó con sus huesos en la trena. La primera novela de la serie, ésta de la que hablo, se tituló The Hunter, pero en España se tradujo con el título de A quemarropa, precisamente por aprovechar el tirón de la excelente película de Boorman. La leí la pasada navidad en uno de los volúmenes de la colección que yo llamo Las Sagradas Escrituras, una colección que bajo el nombre de Club del Misterio publicó Bruguera a principios de los años 80. Son 18 tomos con seis o siete novelas cada uno, y en cuanto llego a casa tomo un volumen y doy cuenta de alguno de los títulos que contiene. Las Sagradas Escrituras fue una colección excelente, una muy buena representación de lo mejor que dio el género negro y policial hasta que Bruguera comenzó a publicar esta colección intentando homenajear el irrepetible estilo de época de la Biblioteca Oro de Molino. Las excelentes portadas eran de Isidre Monés y las ilustraciones interiores de Carlos Freixas, Julio Vivas y otros.

La novela se abre con una jugosa introducción de Westlake donde explica cómo inventó a Parker y por qué: pretendía crear una tough story como las que publicaba el sello Gold Medal. Una fría mañana, muy temprano, se topó al cruzar el puente George Washington de Nueva York con un tipo alto y fornido que caminaba en dirección contraria del sentido de los autos. Vestía un abrigo que le llegaba a los pies y le recordó a Jack Palance, duro de Hollywood recordado por todos gracias a The Big Knife, de Robert Aldrich (1957). Westlake se quedó pensando en aquel extraño personaje, y fue precisamente con esta escena con la que da inicio A quemarropa: con el resentido y recio Parker cruzando el puente en su huída tras fugarse de la cárcel, camino del hogar, camino de la venganza.

A quemarropa consiste en esto y poco más: es la crónica de unas muertes anunciadas, la crónica de una venganza contada con gran agilidad por Westlake, que se beneficia sobre todo de dos grandes flash-backs que conceden a la narración las suficientes dosis de agilidad y suspense para que la lectura fluya sin impedimentos como un río sin retorno. A quemarropa está escrita en ese estilo seco y conciso de la mejor novela negra americana, está sembrada de muertes, vodka y desesperación. Uno no simpatiza con Parker tanto como lo hace con Tony Soprano, pero es que Westlake no le concede ni humor ni humanidad, sólo de vez en cuando el don del sarcasmo fútil y fatalista que tanto nos gusta en la novela negra, pero sin ese sentido retorcido y envenenado que Jim Thompson sabía darle a unos diálogos costumbristas que nos seducen porque en la psicología de los personajes nos vemos reflejados. Nos nos vemos reflejados en Parker, pero es un personaje por el que sentimos empatía y comprensión. Si yo fuera Parker hubiera hecho lo mismo. Westlake deja que Parker, con su brutal objetivo entre ceja y ceja, con su obstinado empeño en enfrentarse a la mafia, imprima el ritmo al relato escrito en tercera persona. Westlake funge como notario, y Parker finge que no se da cuenta. A quemarropa es una estupenda novela, un western urbano de venganza. Es un buen ejemplo de cómo los esquemas tradicionales del antaño popular western han sido deglutidos, asimilados y popularizados por el cine negro y la novela negra.

2 comentarios:

El Declamador Sin Maestro dijo...

Tengo un par de novelas de la serie negra de Bruguera (la otra es "Prótesis" del español Andreu Martín). Siempre pensé que este era uno de tantos autores de por allá con pseudónimo en inglés y con buen conocimiento de la cultura anglosajona. Bueno, resulta que hasta adaptada al cine resultó la condenada! Ahí me la checo.

Gracias por los datos y saludotes!

El profesor Gafapasta dijo...

No, en la Serie Negra de Bruguera, así como en el Club del Misterio, no se trataba nunca de seudónimos de españoles. Donde sí acostumbraban a ello era en los bolsilibros (como los de la Selección Terror que tú tienes), donde todos eran seudónimos de muy buenos profesionales por cierto: Silver Kane, Lou Carrigan, Ralph Barby, etc.

Un saludote.