martes, marzo 02, 2010

MI ADIÓS A CARLOS MONTEMAYOR

La madrugada del pasado domingo dejó de existir Carlos Montemayor tras ardua lucha de cuatro meses contra un cáncer fulminante. Los medios nacionales e internacionales se han hecho eco de la muerte de un gran mexicano: ensayista, poeta, filólogo, novelista, académico de la lengua, activista social, hombre de izquierdas de voz crítica y siempre alta. Era además una figura muy querida en su Chihuahua natal, donde había nacido en Parral el 13 de junio de 1947. Fue un buen amigo de Ciudad Juárez y de su universidad, donde impartió cursos y seminarios. Tuve el honor de asistir a uno de ellos sobre la Égloga IV de Virgilio. Tuve también el honor de convivir con él en diversas ocasiones, la última hace dos años, durante los actos del Festival Internacional Chihuahua. Cenábamos en compañía de nuestras esposas y charlábamos amigablemente sobre vinos, clásicos grecolatinos, política y otros muchos temas. Quiero destacar de nuevo que fue un gran mexicano, y voy a decir por qué lo pienso así: no sólo dominaba a la perfección el griego clásico y el latín, sino el náhuatl y el maya. No sólo divulgó y tradujo a los clásicos grecolatinos, sino que devolvió a varias lenguas indígenas mexicanas su condición de lenguas literarias al impulsar talleres de creación en esos idiomas. Montemayor era europeo y precolombino, era el mexicano que todos los mexicanos deberían ser: un hombre de dos mundos, conocedor de las dos tradiciones culturales de las que nació esa nación que hoy se llama México.

En agosto de 2000 la profesora Ysla Campbell y yo le hicimos una exhaustiva entrevista que colgaré aquí la semana que viene. Posiblemente, una de las más largas que se le hicieron. Una entrevista donde este autor nos habló de la constancia como motor de la creación litearia, de su cosmovisión particular, de su comunión con la naturaleza y de su percepción del ser humano como un criatura eminentemente creativa. Y donde habló, cómo no, de la importancia de revitalizar las lenguas prehispánicas y difundir el estudio de los clásicos griegos y latinos y asentar el estudio de estas lenguas en las universidades, donde son tan poco queridas por los estudiantes más perezosos. Dejo aquí algunas de las perlas de la entrevista (entre las muchas que hay diseminadas). La vida obligó a Montemayor a dejarnos sin la segunda serie de sus obras maestras. Mis condolencias para su viuda, Susana de la Garza, y sus hijos Victoria, Alejandra, Jimena y Emilio.

Carlos: descansa en paz.

La traducción fue para mí una enseñanza muy útil, pero también sabía que antes de los cuarenta años yo debía estar concentrado plenamente en mis tareas literarias y en ninguna otra cosa más, porque la mayor parte de los autores que yo admiraba habían escrito sus principales obras entre los 40 y los 54 años y después una segunda serie de obras maestras entre los 60 y los 75 años. Quien no cumplía el primer periodo no llegaría al segundo, así que de manera muy tesonera, muy terca, me propuse, a muy temprana edad, ser lo que finalmente creo que estoy logrando ser.

El arte es disciplina, es voluntad, y detrás de esa voluntad hay una sola explicación: en ese arte nos va la vida.

Los poetas debemos escribir, nada más, no tenemos por qué perdurar, ése ya no es un fenómeno de la creación literaria, ése es un fenómeno sociológico, histórico, de culturas, de sociedades, de civilizaciones, pero eso no depende del escritor. El escritor que se proponga ser inmortal, pues es un pobre escritor.

Lo genial es solamente un accidente del instante de la creación. Y ese instante es la coincidencia de una naturalidad técnica y una verdad humana con una fulgurante armonía, pero es súbito, no permanente. No forma parte de la condición humana, es más bien una forma de superar o huir de la condición humana diaria, controvertible y controvertida, miserable, combativa o fraterna.

Creo que la poesía es la expresión más pura de la lengua humana, es la forma más depurada de la literatura. Pero la poesía es una forma de invocación, una forma de conjuro, una especie de grito salvaje y armonioso de la especie humana, y la narrativa es una forma de apoderarnos del mundo que quisiéramos poseer para siempre y jamás perder.