miércoles, junio 11, 2008

RIFIRRAFES EN LA PROVINCIA DEL PRESENTE

En lo personal, las disquisiciones sobre zafones masivos y goytisolos solos me dejan indiferente porque no me enseñan nada. En la bitácora de Magda, Apostillas literarias, pueden leer la polémica entrevista con Carlos Ruiz Zafón y las declaraciones de Juan Goytisolo, trufadas con comentarios para todos los gustos. También cuando yo era joven e impresionable tomaba partido por tirios o troyanos, pero ahora sólo siento sopor ante estos temas. ¿Reemplazará el Kindle al libro? No me importa. Me preocupa más saber cuántos años más podré arañarle a la vida que lo que pueda cambiar el mundo hasta que la Calaca me recuerde que ya chupé todos los Faros que me tocaban. Por supuesto, nada de lo que ocurra un minuto después me importa nada, pues nunca he creido en la eternidad consciente.

Leo todo lo que puedo. No leo cualquier cosa, y esto no se reduce sólo a criterios de calidad académica. Leo ensayo, historia, cómics. Leo a Ovidio y a Góngora, pero también Silver Kane y novela pornográfica. ¿Tengo una empanada mental? Es posible, pero es la empanada que yo cocino, y es la que me gusta comer. No he leído a Dan Brown ni a Zafón. No por nada, sino porque no me han interesado. No digo que los desprecie, digo sólo que después de pasar la vida leyendo tengo el criterio suficientemente formado como para saber lo que me voy a encontrar en un libro antes de leerlo. Y obro en consecuencia, en función de mi paladar.

Tampoco leo por segunda vez a un autor que no me convenció en la primera obra suya que leí. No porque yo sea así de exclusivo, sino porque el tiempo es el que dicta los criterios de exclusividad. Y el tiempo, lo sabemos todos, se agotará un día. Y es tanto, tanto, tanto lo que quedará por leer cuando llegue ese momento que no merece la pena perder el tiempo. Son muchos los clásicos que me queda por saborear. No digo títulos para que no descubran mis graves carencias.

Afirmaba Raymond Chandler algo con lo que, en líneas generales, estoy de acuerdo: "Si te gusta una novela, no quieras conocer al autor". Estas disquisiciones de vivos muy vivos, zafones y goytisolos, van del oportunismo al cinismo sólo para promover alboroto entre los que todavía siguen los suplementos literarios de los periódicos. Hace mucho, en lo personal, que no leo ninguno con mucho interés, aunque recomiendo a mis alumnos que lo hagan. También yo los seguía con reverencia cuando era joven y buscaba referencias. Se aprenden cosas, en ese tiempo, metiendo la nariz en esos papeles.

Leo a mis contemporáneos, pero de manera poco exhaustiva y desordenada. Con cierto desinterés. No los leo porque me entusiasmen (por más que algunas obras sí lo hagan), sino más bien por saber cuál es la voz de mi tiempo, cuál es el tono de esta época que me tocó vivir. Por estar un poco al día, no demasiado, porque tampoco es bueno ser provinciano del presente, como bien saben quienes enseñan historia de la literatura en aulas repletas de jóvenes que habitan en esa aldea llamada Presente.

Prefiero en todo a los clásicos. Prefiero sumergirme en un tiempo que no fue el mío, aprender a mirar la realidad desaparecida a la luz de las antorchas de otra época, o de sus candiles. Prefiero el olor a cloaca de la Atenas clásica y el tufo a orines del Madrid del Siglo de Oro que la peste a pureza de los bares madrileños donde ya no se puede fumar. En la lectura del clásico existe un viaje a la otredad que siempre resulta provechoso. Las referencias a mi realidad y los guiños a mis muletillas generacionales, a mi tiempo y a sus taras, carecen de la vocación de eternidad que implican el reconciliarse con el clásico que sigue siendo actual y disfrutable. El clásico, además, no está ahí porque sea bien trucha o porque le mame la polla a ningún editor para ganar premios. Está ahí porque ha sobrevivido a una selección natural. No es lo mismo lo clásico que lo viejo. Lo viejo no vale porque se cae a trozos, lo clásico es duradero. Garcilaso de la Vega está más vivo y fresco que la mayor parte de los poetas de hoy día.

El clásico tampoco necesita polémicas estériles ni rifirrafes de escaparate. Si los provocó en su tiempo, hoy no son más que letra muerta. Lo que perdura es otra cosa, y hay que hacer un esfuerzo por salir de la comodidad de lo reconocible y de lo familiar. Nos daremos cuenta de que la literatura es mucho más que el escaparate de esos espejos donde todos nos miramos por la mañana.

6 comentarios:

Jorge dijo...

Hola Ricardo

He dado con tu sitio indagando sobre las novelas pasionales, ya que decibrí "una mina" de ellas en una librerioa de Cd de México.

... y me han gustado tus notas, tu gusto por los comics (que comparto) y en general el blog, ya me daré mis vueltas.

Un saludo,
Jorge

El profesor Gafapasta dijo...

Bienvenido a esta casita, Jorge. Suerte has tenido de encontrar ese tesorito de La novela pasional en México. Te divertirán, segurísimo. Como ves,ya he colgado otra de Pedro Morante. Sea quien sea, diosito lo tenga en su gloria. Nos vemos por aquí.

Un saludote.

anguloagudus dijo...

Me ha gustado este artículo. Refleja muy bien mi actitud ante la lectura. Siempre me ha gustado leer lo que se me antoja y cuando se me antoja, sin necesitar un motivo intelectual, pero sin renunciar a esa posibilidad. Desde El Coyote de Mallorquí hasta Memorias de Adriano de Yourcenar, pasando por la Fundación, Dune y Ender, por Macondo, la Tierra Media o Dunwich, sin olvidarnos de Alatriste ni Corto. Leer sin un objetivo, solo por el simple hecho del placer que produce.

Francisco Ortiz dijo...

Fíjate en lo que son las cosas: no estoy de acuerdo en absoluto contigo, pero en cambio aprendo de lo que dices, te sigo, te aplaudo, sobre todo una frase como ésta: "En la lectura del clásico existe un viaje a la otredad que siempre resulta provechoso". Así de sano es discrepar y, sobre todo, tener ganas de seguir aprendiendo. Un abrazo.

El profesor Gafapasta dijo...

Anguloagudus: coincido plenamente contigo. Homero y Chris Claremont. He ahí un doblete que también me representa.

Un saludote.

El profesor Gafapasta dijo...

Francisco:

Tu templanza te honra. Te puedo asegurar que, a veces, yo tampoco estoy del todo de acuerdo conmigo, por lo cual no tomo muy en serio ni mis propias opiniones.

Un saludote.