martes, mayo 23, 2006

RECORDANDO A FEDERICO FERRO GAY EN SU CUMPLEAÑOS

Hoy, 23 de mayo, Federico Ferro Gay hubiese cumplido 80 años. A pesar de ser el Día del Estudiante (las instalaciones de la universidad estaban cerradas), el profesor Antonio Muñoz consiguió permiso para recordarle en este día que no alcanzó a ver. En los salones de Centro Cultural Universitario hemos compartido un pastel y unos cafés con quienes estuvieron más cerca de él estos últimos años. Entre ellos se encontraba también su viuda y algunos estudiantes. Para tener más viva su presencia (que todavía flota en el ambiente del Instituto donde impartió sus clases) hemos visto un par de veces el documental que sobre su persona se rodó para el homenaje que la Universidad le dedicó hace un par de años. El texto que les presento a continuación fue publicado la semana pasada en el número monográfico que le dedicó la revista Semanario. Se trata de aquel texto con el que tanto estuve batallando. Aprovecho para subsanar algunos errores. La foto que encabeza estas líneas fue tomada por Gabriel Cardona, de El Diario, en 2000. En primera línea, Ferro; al fondo, el filósofo Adrián Rentería.

Federico Ferro Gay: Sit Terra Tibi Levis.

El final de las vacaciones de Semana Santa nos trajo la noticia del ingreso del maestro Federico Ferro Gay en un hospital de la ciudad de Chihuahua, adonde había viajado para ponerse en manos de su doctor de confianza. El maestro no lo supo nunca, pero el cáncer ya había invadido todo su gran cuerpo de octogenario, de superviviente de tantas batallas y de la misma posguerra mundial, y el martes 3 de mayo nos llegó la desoladora noticia de su muerte.

Federico Ferro murió como había vivido: enseñando. Con frecuencia le pedían desde la coordinación de Literatura: "Maestro, ya se ve muy cansado… Deje una materia, al menos uno de los cursos de Latín" (el maestro Ferro, con casi ochenta años, impartía por voluntad propia cuatro asignaturas durante este semestre que aún no termina), y él respondía siempre, de manera categórica que no admitía discusión alguna: "No me quiten Latín. Si me quitan Latín, me muero". Y así fue. Yo, que le conocí un poco, sabía del valor emblemático que para él tenía la clase de latín, un idioma que tanto le costó aprender en su infancia y adolescencia y en el que, me había confesado, no había sido el mejor estudiante de la clase. La muerte le sorprendió con la guardia baja y a traición, internado en un hospital alejado de las aulas y del latín que le alargaba la vida. Hubo algo de fatum en ello, de conspiración de fuerzas mayores. A pesar de que Ferro Gay ya estaba en una edad en la que el ideal de vida, dicen, consiste en levantarse tarde y disfrutar lo más posible del calor del sol y de la brisa marina de cualquier playa, Ferro Gay disfrutaba compitiendo con el sol en madrugones para impartir sus clases de latín, de filosofía griega y medieval, sus irrepetibles cursos sobre Dante, Dostoievsky o la Biblia.

A Federico Ferro Gay el Viento lo trajo a México, como ha traído a tantos. Le tocó vivir la II Guerra Mundial, y educarse en las aulas donde se les inculcaba el triunfalista discurso oficial de Mussolini, quien soñaba con el renacimiento de una Italia imperial. El Duce, personaje desmedido y hasta estrafalario, que llegó a ser tan querido por los italianos, era recordado por Ferro Gay con un sarcasmo no exento de cierto grado de simpatía. Huérfano de padre desde niño, y de madre desde muy joven, sin hermanos y sin más familia que unos primos, Ferro Gay pasó hambre y calamidades para sobrevivir en la terrible Italia de la posguerra, en aquellas Génova y Turín desoladas. Trabajaba en un banco después de haber concluido sus estudios universitarios en Letras Modernas y cursar algunos cursos de Teología. No era feliz en un banco aquel hombre gigante y sensible que leía con fervor a Séneca y a los trágicos griegos. El Viento puso en su camino cónsul general de México en Italia, y éste le dijo: "Márchese a México, Federico. Allá está todo por hacer".

Nunca conocí a Ferro Gay como profesor. Todo lo más, asistí a algunas conferencias magistrales que luego han sido editadas, y he ido haciéndome poco a poco con casi todos sus libros. Es por ello que sobre todo puedo hablar de Ferro Gay como querido colega. Le conocí nada más llegar a Ciudad Juárez. Alguien le comentó que había llegado a este desierto un español con estudios en Filología Clásica, y enseguida quiso conocerme. El encuentro tuvo lugar por fin a principios de 1995, en la torre de Rectoría de la universidad. Me sorprendió encontrar a un hombre de edad provecta y estatura gigantesca humildemente instalado en un zaquizamí contiguo al despachote de un jefazo universitario. Sus objetos personales eran pocos, y parecían de juguete contrastados con su cuerpo enorme: una máquina de escribir (Ferro abominó siempre de las computadoras y enarcaba escépticamente una ceja cuando alguien le mencionaba internet) y algunos libros, pocos, sobre los que en aquel preciso momento se hallaba trabajando. Destacaba una antigua edición del Corpus Iuris Civilis, obra de la cual extraía fragmentos para la primera colaboración que tuve con él: la Antología bilingüe del derecho romano. Ferro, a pesar de su edad y del estatus de que gozaba de leyenda viva (había sido fundador de la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad de Chihuahua, de la que estaba pensionado y era profesor emérito, y también había sido profesor en la University of Texas at El Paso) era un hombre afable y sencillo que se restaba méritos continuamente, pero que tampoco los concedía fácilmente a cualquiera. Senequiano convencido, su forma de pensar y de actuar no sólo no demeritaban al mismo Séneca, sino que bien hubieran podido darle lecciones de senequismo al mismo filósofo cordobés, ya que Ferro cultivó durante toda su vida la integridad y congruencia entre sus palabras y sus actos. Mi primera colaboración con él consistió en la supervisión de sus traducciones, y en la traducción propia de las leyes de las XII Tablas, un texto antiquísimo que no comprendíamos bien por su arcaísmo. Fueron pequeñas colaboraciones que Ferro me pidió por generosidad, no porque realmente las necesitara, colaboraciones que otros profesores de renombre hubiesen usado para acrecentar su currículum o su vanidad. Ferro no sólo consiguió que la universidad me pagara por ello, sino que además me hizo coautor del libro, halago sin duda inmerecido pero que dejaba bien a las claras dos de sus grandes virtudes: una total ausencia de vanidad y una generosidad como nunca he visto en el mundo académico, lleno de profesores de universidad que reciclan o aprovechan el trabajo de estudiantes o colaboradores eventuales sin darles crédito por ninguna parte.

Ferro Gay llegó a impartir sus clases dentro de la carrera de literatura como un favor personal ante la insistencia de Ysla Campbell, amiga suya y esposa del entonces rector, Rubén Lau. Venía desengañado de los estudiantes de la carrera de Derecho, pero el ambiente de Literatura le gustó y ya nunca quiso abandonarnos. Ferro Gay, que nunca tuvo oficina en las dependencias de Literatura, tenía dos destinos fundamentales al llegar al edificio: la oficina de la coordinadora y la mía. Fueron muchos años de charlas amigables, donde ambos llegamos a conocernos bien y a respetarnos mucho más. Decía por eso que nunca conocí al profesor Ferro Gay, y cuando veía su rostro crispado y los ojos casi centelleantes en las fotos que le tomaban (odiaba las fotografías y los aplausos, y acogía ambos de mala gana) no reconocía a mi amigo Federico, ese hombre irónico y hasta socarrón, con gran sentido del humor, un italiano venerable y sabio con quien platicaba tan seguido, compartiendo café y fumando deliciosos cigarrillos que llenaban mi oficina de humo (Ferro bromeaba siempre sobre el tema del tabaco. Argumentaba que no había nadie más intransigente que un no fumador, ya que, aseguraba, a él no le molestaba que alguien fumase a su lado, pero los no fumadores demuestran su intransigencia protestando ante el hecho de que los demás fumen). Hablábamos mucho, siempre de los estudiantes, pero también de filosofía, de literatura, de sus recuerdos de los tiempos de Mussolini, de su fascinación por Dostoievsky y los trágicos griegos, a quienes releía continuamente, pues el maestro ya había entrado en esa edad de la vida en que, dicen, se lee poco y se relee muchísimo. Y añoraba mucho Italia. Algún año que otro se escapaba durante las vacaciones de Semana Santa y viajaba a su país, de donde regresaba revitalizado: "¡Estuve en la madre patria! -me comunicó una vez con verdadero alborozo- ¡No hay nada más grande que eso!". Muchos años antes, desgraciadamente, se frustró su sueño de regresar a Italia para vivir allí sus últimos años, pues una devaluación económica redujo su pensión de la Universidad de Chihuahua a una cantidad demasiado modesta para regresar a su Génova natal. Ferro y yo compartimos muchos cafés y cigarrillos, demasiados para poder condensar aquí, en sólo unas pocas líneas, tantas horas de risas, de pláticas y de camaradería.

Colaboré con Ferro Gay en dos proyectos, el segundo de los cuales fue el Curso elemental de latín. Mentiría si dijera que merecía compartir créditos de autoría con él. Mi colaboración fue, salvo en algunas partes muy concretas que sí redacté, una lectura meramente apreciativa que siempre valoraba, como no podía ser menos, con un nihil obstat. Sin embargo, ya he dicho que la generosidad era una de sus mayores virtudes. Cualquier buen conocedor de Ferro Gay debería leer su Curso elemental de latín como si de un ideario secreto se tratara, pues en su libro encontrará su fervor por la Biblia, su profundo amor por los filósofos presocráticos y por Séneca, sus frases teñidas de tierna cotidianeidad del día a día de la enseñanza, su rendida admiración por la Primera Catilinaria ciceroniana, su pulcra metodología… Ferro Gay fue un maestro de tiempo completo que no concebía su vida lejos de las aulas. A tal extremo llegaba su compromiso por la enseñanza que sintió vergüenza de que morirse le impidiera concluir sus cursos de Latín y de Literatura Italiana. Por eso fue su deseo que antes de la cremación su féretro fuese transportado hasta el salón de clase que ocupaba hasta el momento en que Láquesis supo cuándo cortar el hilo de su vida y ganar la batalla que al final todos hemos de perder, pues toda vida es una navegación que concluye en naufragio. Pareció haber seguido la máxima que las mujeres espartanas repetían a sus hombres cuando partían a la batalla: "Sólo vuelve con tu escudo, o sobre él". Volver sin el escudo de cuerpo entero implicaba haberlo arrojado en la huída; volver sobre el escudo implicaba volver para las exequias. Rodeado de compañeros que le queríamos y estudiantes que le veneraban y acariciaban su féretro con el cariño con que hubieran deseado abrazarle por última vez, Ferro de cuerpo presente nos recordó algo que yo aprendí de él y que, cuando me dejan, cumplo a rajatabla: que sólo una razón de fuerza mayor debe impedir el momento en que un profesor se reúne cada día con sus alumnos en el salón de clase: la clase es tan sagrada como la misa en las iglesias, y así debió de ser en los lejanos tiempos en que las universidades nacieron en la Europa medieval como una alternativa universalista y científica para encontrar las respuestas que la Iglesia y la religión no podían satisfacer.

Ahora que Ferro ya no volverá a impartir sus cursos, podemos decir que el hombre ha muerto, pero ha nacido la leyenda. Cuántas veces se ha dicho esto de alguien, y cuántas veces como ahora ha sido verdad. Por deseo propio, sus cenizas serán vertidas en el Mediterráneo, ese mar de los mitos y de las historias, y se hundirán entre las dulces olas del ponto vinoso de su Génova natal.

Federico amigo: añoraremos tu presencia de gigante que no cabía en los rincones donde te escondías por humildad. En lo personal, también extrañaré tu busto de cónsul romano y tu poderosa voz de orador. Es por esto que ahora te digo "hasta la vista" con las palabras que durante siglos fueron tradicionales entre tus antepasados itálicos: Sit Terra Tibi Levis. Que la tierra te sea leve.

Ricardo Vigueras Fernández.
Ciudad Juárez, a 9 de mayo de 2006

6 comentarios:

llorch dijo...

No estaba enterado de que El Semanario dedicara un # al maestro Ferro Gay. Tampoco del festejo que le hicieron hoy. Ambos sucesos me imagino fueron felices en su realización. Espero que aún haya números de la revista para adquirir uno.

1. Ricardo, si te diste cuenta, en la pizarra del Departamento había (o hay) un poema dedicado al maestro Ferro. No tiene nombre de autor. Tal vez eso no importe. Por encima de ello, en el poema hay una frase que estaría genial si me pudieras ayudar a traducir al latín: "Tú eres la sangre de nuestra inteligencia."

2. Una impresión: por otra parte, en el escrito le mencionas por su nombre, Federico: hasta ahora me doy cuenta de la belleza que tiene pronunciarlo. Lástima que nadie le haya llamado Federico, sino siempre por ese título de maestro o por sus apellidos.

3. Creo que el maestro tuvo una parcial reconciliación con el internet. Durante su clase de latín le comenté que había encontrado en la web el texto De vulgari eloquentia y me dijo "Al fin el internet sirvió de algo".

4. una total ausencia de vanidad y una generosidad como nunca he visto en el mundo académico, lleno de profesores de universidad que reciclan o aprovechan el trabajo de estudiantes o colaboradores eventuales sin darles crédito por ninguna parte. <--Sin comentarios por lo último...


/Saludos

Jody Dito dijo...

Uno se llega a reconciliar con la vida, con el mundo académico, cuando se ve que alguien (tu) escribe sobre un compañero de la forma en la que lo haces.
Tristemente yo soy un decepcionado de todo eso, he visto demasiadas puñaladas debajo de los pupitres, demasiados olvidos en señalar colaboradores. En cualquier caso, se que la amistad existe y lo sé porque leo artículos como el tuyo y eso me reconcilia.

Ruben dijo...

hola ricar muy interezate esto, que publico con lo del maestro federico, saludos y pase por aqui no me tengan miedo.

Ricardo Vigueras dijo...

Llorch: el Semanario fue el de la semana pasada, y el maestro viene en portada. El desayuno de ayer fue alg o íntimo y sin fanfarrias.

Una traducción para tu frase podría ser "Intellectus nostri sanguis tu es". Puedes prescindir del pronombre personal, como bien sabes, y jugar un poco, si gustas, con la disposición de las palabras siguiendo lo caprichos del famoso hipérbaton. También puedes reemplazar "intellectus" por "intellegentia". Con estas pistas que te doy, puedes modelar la frase a tu gusto.

Un saludote.

Felix Medina dijo...

Ricardo, honestamente debo decir que tu escrito me conmovio. Si algunas virtudes del Profe. Ferro eran mas notorias definitivamente eran las que pronunciaste: humilde y generoso, en eso estoy totalmente de acuerdo. Un gran saludo y un fuerte abrazo, tu compa Felix!

daniela dijo...

seria perfecto agregar su fecha de nacimiento !!!!