viernes, agosto 27, 2004

ARCHIVO: EL TOQUE LUBITSCH

El semanario El Reto, dirigido por Samuel Schmidt, cumple cinco años. Felicidades. Han sido doscientos cincuenta números en los que este semanario ha distribuido gratuitamente entre los juarenses buenas dosis de política, politiquería, cultura, cultura popular, pintura y poesía. Lo mejor de todo es que se ha convertido en un desenfadado vehículo grillo-poético-plástico-musical al alcance del bolsillo con más agujeros de toda esta frontera tex-mex. Y es que es verdad que no todo lo compra el oro, sobre todo cuando es gratis y se distribuye en los rapiditos. Bip-bip. Corre, correcaminos.

Comencé a colaborar en El Reto gracias a la amable invitación del historiador, novelista y compañero Pedro Siller, coordinador de la sección de Cultura. Soy un colaborador irregular, y me he tirado buenas temporadas sin asomarme por sus páginas. Pero como en este semanario del señor Schmidt (que además de politólogo es también compañero, y hasta me saca en la tele) me dejan escribir sobre cine y tebeos, y decir lo que me da la gana, siempre vuelvo con gusto. Gracias por aguantar mis paridas.

En este número 250 han publicado un articulito mío sobre That Uncertain Feeling, película del magistral Ernst Lubitsch. Antes de que se apolille en la computadora, aquí les va con cartelito incluido. Pásense si gustan por la página de El Reto, y échenle de paso un vistazo a las siempre interesantes Historias Cotidianas de Ricardo León. Como digo, la única publicación periódica que acerca la cultura a los habitantes de esta llamada Zona Crepuscular.
FANTASCOPÍA.
El toque Lubitsch

Durante una conversación entre Vicente Molina Foix y Susan Sontag reproducida en el Letras Libres de enero, dedicado esta vez al cine, el novelista y crítico español recordaba que Wim Wenders había lamentado que dentro de veinte años nadie comprendería una película de Ernst Lubitsch por culpa de la sutileza de su lenguaje. El vitriólico comentario de Sontag no se hizo esperar: ni le gustan las generalizaciones acerca de la estupidez del público, ni respeta particularmente a Wenders como cineasta, cuanto menos sus opiniones acerca de la estulticia de los espectadores de cine. ¿Por qué el nombre de Lubitsch sale a relucir acerca de la supuesta bobería o inteligencia de los espectadores de cine?

Ernst Lubitsch (Berlín, 1892-Los Angeles, 1947) fue uno de los más grandes directores de comedia de la historia del cine. Formado en la Alemania de los años 10, dirigiría numerosas películas hasta 1923, fecha en la que abandona su país natal para convertirse en el primer gran director europeo emigrado a Hollywood, donde se especializaría en el rodaje de sofisticadas comedias que influirían en el arte cinematográfico de su tiempo. Artista obsesionado por los misterios de las relaciones entre hombre y mujer, la guerra de los sexos se convertiría en el tema central de su obra, desarrollada con un estilo inigualable que ha hecho correr ríos de tinta: el llamado “toque Lubitsch”. Maestro absoluto de la elipsis, Lubitsch supo burlar las estúpidas normativas censoras de su tiempo (las de cualquier tiempo son igualmente estúpidas) recurriendo a una sugestiva manera de que el espectador reconstruyese con su imaginación cuanto la moralina de la época le escamoteaba. Cuando dos amantes fusionaban sus bocas con pasión y el oscuro de pantalla se cerraba sobre sus cuerpos ansiosos, Lubitsch les presentaba a continuación desayunando vorazmente a la mañana siguiente para dejarnos bien claro que aquella noche habían satisfecho salvajemente todas sus ansias y necesitaban recuperar las fuerzas perdidas con total urgencia. Fue Billy Wilder quien dijo de Lubitsch que “era capaz de decir más con una puerta cerrada que un director moderno con una bragueta abierta”. Estupendo dialoguista y creador de situaciones comprometidas y picantes, que siempre resolvía con una elegancia insuperable, Lubitsch fue un creador que exigía un espectador que supiese leer entre líneas y apreciase el sabroso arte de reconstruir con su imaginación aquellas situaciones que Lubitsch dejaba apenas en boceto. Y es que Lubistch, como inmenso artista del medio, establecía una comunicación entre el espectador y su arte como pocos directores han sido capaces de plantear, y mucho menos conseguir. Así como los mármoles inacabados de Miguel Ángel sorprenden sobre todo por el ejercicio de imaginación que requieren para “visionar” con toda su potencia cuanto el artista renacentista no pudo finalizar antes de morir, el arte de Lubitsch requiere de una madurez rijosa para ser disfrutado en toda su profundidad. Sus escenas, que muchas veces culminan antes del final con una metáfora visual o un estrambote narrativo, poco dirán a un niño que poco o nada sabe de lo que sucede cuando una pareja apaga la luz y se consume con los giros de Afrodita. El adulto, menos inocente de lo que debiera, podrá reconstruir en su imaginación cuantas picardías considere necesarias para dar sentido completo a su película. La imaginación, que siempre es inocente —como expresó Buñuel—, pero no tonta, disfrutará dejándose llevar por estas elipsis sabrosas.

Recientemente adquirí una de sus últimas películas en formato DVD —este glorioso invento diseñado especialmente para los cinépatas—, en unos grandes almacenes españoles. La película, que en España titularon Lo que piensan las mujeres, fue estrenada en 1941 y su título original es That Uncertain Feeling. No se trata de una de sus mejores comedias, pero no quiere decir que no sea, a pesar de ello, una de las grandes comedias de la historia del cine; sencillamente, Lubitsch la rodó en un momento de furor creativo en que produjo sin parar siete obras maestras como si se tratase de una ristra de morcillas. En medio, como morcilla con menos piñones, aparece That Uncertain Feeling, obra llena del glamour de un tiempo en que el cine sólo dejaba de ser pantalla de plata cuando los grises delicados de una fotografía blanquinegra se fundían con los blancos emergentes de aquella luz de otro tiempo. El argumento de la película es sencillo: el joven matrimonio conformado por los ricos, triunfadores y felices Baker (Merle Oberon y Melvyn Douglas) comienza a verse afectado por la monotonía que seis años de matrimonio conlleva: él ronca por las noches, y ella por la mañana tiene hipo —empiecen a pensar lo que quieran—; decidida ella a curar su hipo, acude a la consulta de un psiquiatra donde conoce a un excéntrico pianista lleno de manías (Burgess Meredith), de quien ella cree enamorarse hasta el punto de divorciarse de su marido. Se ha dicho que los conflictos sexuales y humanos son abordados por Lubitsch en sus comedias de una manera tan elegante, y que los modos y reacciones de sus personajes son tan finos, que sus películas no transcurren en este mundo, sino en un universo paralelo al nuestro llamado Lubitschlandia. El adulterio y el divorcio son abordados por Lubitsch como si fuesen cosa de todos los días en nuestras vidas, como si la libertad de desamar y amar (en su acepción activa y pasiva) fuesen trivialidades como ganar o perder jugando al parchís. Es de esa extraña concepción de la vida en guante blanco de la que emana, precisamente, el sentido irreverente de este viejo maestro del cine capaz de burlar todas las normas censoras por medio de la elipsis. Por supuesto, los divorciados Baker volverán a compartir el tálamo nupcial, y cuando el pianista regrese a casa para solazarse con la señora Bailey sobre el lecho que una vez compartió con su marido (lo cual no es poca cosa, pues Merle Oberon fue una de las actrices más exquisitas de los años 40), se topará con que el señor Baker, tras haber reconquistado sobre su propia cama lo que siempre había sido suyo, no tendrá mayor diálogo con el pianista que devolverle el retrato de él que hasta ese mismo momento ella había tenido sobre su mesilla. Si a buen entendedor pocas palabras bastan, ¿para qué desperdiciar saliva o celuloide? Esta película de Lubitsch, a fuerza de elíptica y sutil, encierra mucho de un espíritu de comuna y de sexualidad sin tormentos que los seres humanos aún no hemos sido capaces de conquistar. Sólo en Lubitschlandia.

That Uncertain Feeling, de Ernst Lubitsch (1941). Con Merle Oberon, Melvyn Douglas, Burgess Meredith. Guión de Edward Ogden Stewart basado en la obra de teatro Divorçons, de Victorien Sardou y Emile DeNejac. Fotografía de George Barnes en b/n. Banda sonora de Werner R. Heymann. 84 m. USA.

2 comentarios:

la flaca dijo...

Maestro, gracias por la felicitación, y aunque yo no tengo los 5 años con El Reto, por estos mismos días cumplo un año como editora y no sólo me llena de satisfacciones, sino que me da una gran felicidad diaria, pues sé que de algún modo estoy poniendo mi granito de arena para que en esta frontera se lea algo más que vituperios hacia sus habitantes. Gracias también por "linkearnos". Desde hoy yo incluyo su blog en el mío con el deseo que la bloggósfera sea otro medio para difundir las buenas letras. Siempre será un gusto leerlo.
Cristina.

Ricardo Vigueras dijo...

Felicidades, Cristina, por tu año de colaboración. La página web de El Reto estuvo inactiva durante un tiempo, y ahora me alegro de que vuelva a estar en línea. La semana que viene la incluiré entre algunos linkazos nuevos. Y sí, los trabajadores de la cultura de esta ciudad tenemos un enorme trabajo pendiente, por el bien de la misma ciudad y de su gente.
Gracias por tus palabras y por el linkazo en tu página.

Ricardo.