viernes, octubre 29, 2004

ANTÍGONA: LOS MUERTOS TODAVÍA NOS EXPLICAN

Reseña del montaje teatral Antígona. Publicada hoy en el número 259 de el semanario El Reto.

Antígona: los muertos todavía nos explican

La vida del poeta trágico ateniense Sófocles recorre todo el siglo V a. C. No fue un siglo cualquiera dentro del curso de la Historia, sino el siglo en el que se asentaron las bases de nuestra civilización, que llamamos “occidental”. Mexicanos, españoles, estadounidenses, franceses o italianos y etcétera compartimos rasgos de identidad cultural porque aquel siglo V vio florecer y expandirse los cimientos del mundo que hoy conocemos. La palabra “democracia” no existiría si no hubiera sido creada y ejercitada por los atenienses, y su crisis eterna no nos dolería tanto. Nuestro cine no sería como es si no tuviera sus raíces en la producción dramática de Esquilo, Sófocles y Eurípides y en el análisis teórico que sobre estos autores escribió Aristóteles. Nuestro arte de vanguardia no sería “vanguardista” en oposición a un canon clásico que expandió la Atenas del siglo V a.C. y que continúa vigente desde hace veinticinco siglos. Nuestras novelas no existirían si el trágico Eurípides no hubiese ejecutado la transición de la tragedia al melodrama en que se basaron las primeras novelas griegas. El derecho, la oratoria, la filosofía o la arquitectura no son así porque así se encuentren en la naturaleza, sino porque Atenas, durante el siglo V a.C., fue el crisol de todas ellas y las hizo universales. Y las hizo universales porque tuvo el poder en la mano para desarrollarlas e imponerlas como un progreso humano. Y sin embargo, todo esto estuvo a punto de no suceder nunca. Si en la primera gran guerra “mundial” de ese siglo V, la de los griegos comandados por la demócrata Atenas contra los persas, hubiesen vencido estos últimos (como aseguraban todos los pronósticos), Atenas no hubiese tenido más democracia, y sin democracia no hubieran podido desarrollarse el derecho, ni el arte, ni el drama, ni la filosofía. Nuestro canon clásico ya no sería el de orígenes atenienses, sino orientales, y todos nos identificaríamos mucho más con Bin Laden que con el David de Miguel Angel. A pesar de que la historia-ficción no es ciencia, y sólo un novelista deicida emprendería la escritura de una historia de nuestra civilización si en aquella batalla de Salamina (480 a.C.) hubiesen vencido los persas, lo cierto es que sin aquellos griegos de Salamina nosotros no seríamos como somos. Sencillamente, no existiríamos.

Sófocles, el autor de Antígona, fue uno de aquellos griegos que combatieron en Salamina y murió nonagenario después de haber tenido una de las vidas más plenas y dichosas que pueden ser vividas. En una de sus siete tragedias conservadas, Antígona, planteó el conflicto entre el derecho natural y el derecho legal, entre justicia y despotismo. El rey de Tebas, Creón, dictamina que el cadáver de Polinices (quien pertenecía a la anterior familia real) no puede ser enterrado so pena de muerte. Antígona, hermana de Polinices, opta por la muerte tras violar la ley y enterrar a su hermano para enfrentarse al déspota que gobierna apelando siempre al bien común de los ciudadanos.

Veinticinco siglos después, la actriz y directora juarense Perla de la Rosa se une desde esta ciudad a quienes siglo tras siglo han ondeado la bandera de Antígona en nombre de nuestra dignidad. De la Rosa escribió Antígona: las voces que incendian el desierto basándose en las piezas de Sófocles, Anouilh y Brecht y ha dirigido uno de los mejores montajes políticos que se recuerdan en Juárez durante una década. Para ello, como es natural, ha tenido que asumir el riesgo de transformar una premisa de la obra: Polinices pasa a ser una obrera asesinada cuyos restos rumian su rabia, junto con los de otras víctimas, en la morgue de Tebas. El rey Creón se niega a devolver esos restos para que su hermana Antígona les dé justa sepultura. Creón prohibe la sepultura para negar la existencia de un asesinato sistemático de mujeres que manchan el buen nombre de Tebas. A pesar de que con la adaptación quedan elementos dispersos que nunca podrán ser entendidos por el espectador no versado en los clásicos (¿De qué sirve en este contexto hablar del linaje de un tal Edipo? ¿Por qué Creón asegura que Antígona tiene sangre real? ¿Por qué se enamoraría el hijo del rey de la hermana de una simple obrera?), el montaje consigue con fuerza sus objetivos: reflejar el conflicto entre lo justo y lo legal, encarnado en este caso en un tirano megalómano (excelente Marco Antonio García interpretando con gran fuerza al rey Creón) y plantear el debate, no menos importante, entre quienes luchan por la verdad y la justicia y quienes prefieren vivir acatando las leyes de los tiranos (representado en el agón trágico entre Antígona y su hermana Ismene).

La dirección de Perla de la Rosa es excelente, como también la capacidad de César Cabrera para diseñar una escenografía sugerente y poco recargada donde el diseño de iluminación de Daniel Miranda crea a veces angustiosas atmósferas. Esta Antígona brinda a Juárez la fuerza y belleza de la tragedia antigua: el diálogo entre Antígona e Ismene es una de las cumbres de la literatura dramática clásica, de la cual María de la Luz Delgado (vigorosa y convincente Antígona) y Amalia Molina (siempre elegante, firme y precisa) salen muy airosas, dando un sonoro bofetón en el rostro a quienes creen que en Juárez no se cultiva el talento teatral.

Antígona es una obra moderna y antigua a la que escenografía y vestuario conceden un aire extraño, como si la historia transcurriese en un universo paralelo o en una Tebas post-apocalíptica. El coro clásico, la conciencia de la vieja y moderna polis, es evocado con acierto en su personaje por Perla de la Rosa, actriz que en este montaje luce más en las labores de su arriesgada y conseguida dirección. Hay escenas que quedarán prendidas en la retina durante un buen tiempo: Antígona buscando el cadáver de su hermana en la tenebregosa morgue, o Creón descendiendo de las alturas dentro de un simbólico y gigantesco tambo de basura plateado para arengar a los ciudadanos, son momentos de gran intensidad que sólo actores diestros pueden resolver sin que se descubra la trampa y el cartón. Algunas partes captan enseguida el interés del espectador por su cercanía con nuestro entorno, como es la escena inicial donde Isabel y Elena hallan el cadáver de su hermana (Liliana González y Gabriela Beltrán transmiten vívidamente la angustia de sus personajes, y nos contagian de ella), mientras que otras consiguen ese famoso distanciamiento mediante el cual, asistiendo a una representación donde se nos habla de viejos relatos griegos, se consigue que las historias antiguas nos transmitan historias y sentimientos de esta ciudad que habitamos. Perla de la Rosa y el resto del elenco (Cecilia Bueno, Valta Ortega y Gabriel Reyes completan un reparto entrenado) pueden estar contentos: han vuelto a demostrar que los muertos todavía nos explican. Esos muertos del siglo V ateniense en cuyos ojos todavía podemos ver reflejados a nuestros tiranos y a nuestras muertas sembradas en el desierto.

Antígona: las voces que incendian el desierto. Autoría y dirección de Perla de la Rosa. Compañía Telón de Arena. Hasta el 7 de noviembre en el Teatro de la Asegurada (Calles Panamá y 20 de noviembre). Para más información, consulta http://telondearena.com/.

1 comentario:

Alberto Alvarez-Perea dijo...

No he tenido oportunidad de leerme Antígona, aunque me han entrado ganas de hacerlo. De Sófocles conozco Electra, incluso estuve a punto de participar en una representación.