jueves, junio 10, 2004

CUMBRES BORRASCOSAS

No seas pobre de espíritu, Heathcliff. Mírate al espejo y oye lo que tienes que hacer. ¿Ves esas arrugas que tienes entre los ojos, y esas espesas cejas que se contraen en lugar de arquearse, y esos dos negros demonios que jamás abren francamente sus ventanas, sino que centellean bajo ellas corridas, como si fueran espías de Satanás? Proponte y esfuérzate en suavizar esas arrugas, levantar esos párpados sin temor y convertir esos demonios en dos ángeles que vean siempre amigos en dondequiera que no haya enemigos indudables. No adoptes ese aspecto de perro cerril, que parece justificar la justicia de los puntapiés que recibe y que odia a todos tanto como al que le maltratara

Emily Brontë, Cumbres borrascosas. Capítulo VII.

El domingo terminé la lectura de "Cumbres borrascosas", la mítica novela de Emiliy Brontë publicada en 1847. Emily no pudo saborear las mieles de su éxito, pues murió de tuberculosis al año siguiente. Nacida en 1818, apenas llegó a vivir treinta años. "Cumbres borrascosas" es una de esas novelas que tenía pendientes desde que aprendí a leer, novela-mito que muchos hemos conocido por sus adaptaciones cinematográficas o televisivas. Es difícil encontrar a quien no haya oído hablar de esta obra; pero como en el caso de Don Quijote, de Sherlock Holmes o de Tarzán (por poner sólo tres ejemplos notorios), el conocimiento de las muy famosas almas atormentadas de Heathcliff y Catalina Earnshaw muchas veces no suele corresponder al conocimiento del original literario.

Mi primera "Cumbres borrascosas" vino a través de la televisión. Corrían y hasta volaban los años 70, y los Grandes Relatos de la primera cadena de RTVE nos obsequiaron con una producción de la BBC de la que guardo, principalmente, el recuerdo del entierro de Heathcliff. Sólo entonces las manos amantes de Catalina y el gitano atormentado se unieron para siempre bajo las primeras paletadas de tierra bajo la lluvia.

Mi segunda "Cumbres borrascosas" fue la de Laurence Olivier y Vivien Leigh, rodada en 1939. La vi hace tantos años que sólo conservo de ella un vago y grato recuerdo. Dirigida por William Wyler, fotografiada por Gregg Toland y con guión de Ben Hecht, me las veo y me las deseo para encontrarla en DVD. Una obra maestra, sin duda alguna, que volverá a caer un día.

Mi tercera "Cumbres borrascosas" vino a través del ojo de don Luis Buñuel y se tituló "Abismos de pasión", película mexicana con título invertido del original, pues contrapone "abismos" a "cumbres" y "de pasión" a "borrascosas". Ignoro si el cambio de título vino marcado por derechos de autor o por otras razones, pero a Buñuel le sirvió para contar también la misma historia con notorias variantes. Buñuel hizo milagros con esta adaptación, principalmente por el problema gordo que para él fueron los actores, quienes originalmente habían sido contratados para rodar... una comedia musical. A pesar de este descalabro actoral como pocas veces se ha visto en la historia del cine, la película es una de las mejores adaptaciones de la obra, principalmente porque recrea a la perfección el ambiente crispado y delirante de la novela original y que es, sin lugar a dudas, el gran protagonista de esta novela coral. La visita de Heathcliff a la tumba de Catalina sirvió a Buñuel para recrear un recuerdo de su juventud ante la tumba de Gustavo Adolfo Bécquer: el cabello del poeta sobresalía bajo la lápida y se retorcía, anhelante quizá, por regresar al mundo. Una escena impagable.

Y al fin, la novela. Más vale tarde que nunca, al fin y al cabo uno lee siguiendo los criterios del gusto y del capricho, no los de la cronología histórica. Sin embargo, lamento haber llegado tan tarde a esta novela. ¿Por qué diablos no la leí con veinte años? En aquel tiempo me hubiera identificado con el atormentado y diabólico Heathcliff, capaz no sólo de amar más allá de la muerte, sino de odiar a sus enemigos más allá de la vida de éstos y proyectar este odio en la destrucción sistemática de sus descendientes. El clima de fanatismo, odio, miedo y desesperación es, como he dicho, el gran protagonista de esta novela de romanticismo extremo, y por ello mismo, más allá de la moral y del buen gusto.

Nada más finalizar el libro de Brontë vi la última adaptación al cine (1992), dirigida por Peter Kosminsky y protagonizada por Ralph Fiennes y Juliette Binoche. Libro-mito, como digo, que conocemos todos y no todos hemos leído, cada época necesita su adaptación al cine. El conjunto es lánguido, pero no romántico. Carece de la expresividad extrema de los sentimientos originales: en vez de atormentados, los personajes parecen siempre enfadados, y la cinematografía a veces incurre en el vicio hollywoodense de convertir la película en una recopilación de lindas postales. Los personajes, desgraciadamente, le quedan grandes a unos actores de cuya excelente trayectoria, paradójicamente, todos tenemos constancia. La delicada música de Ryuichi Sakamoto queda muy apropiada, pero no sólo de música viven los muertos que moran Cumbres Borrascosas.

Y es que, desgraciadamente, uno se pregunta si será posible rodar una versión de "Cumbres Borrascosas" que pueda ser fiel al alma torturada y romántica de sus protagonistas en un tiempo tan pragmático y materialista, frívolo y liviano como éste.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

La versión de 1939, con todas sus lagunas y defectos, es la que ha sabido captar mejor el espíritu de la obra y el carácter de sus protagonistas, incluso a través de la "dulcificación" de los mismos (es conocido que el mismo Olivier tenía una concepción mucho más agresiva de su personaje). Ese es el mérito de esta, sí, sin dudarlo, obra maestra. Conozco otras versiones, con méritos añadidos y no le llegan a la suela del talón. Vamos, pueden ser una buena traslación de esas letras, pero no de su espíritu. Y espíritu es lo que hace falta transmitir en esta historia, todo son sentimientos, fuertes, profundos, complejos. Nada fácil. Mira Wyler, y mírale con el corazón, no con los ojos. Emily está allí, sí, en Hollywood...

Anónimo dijo...

La versión de 1939 es muy buena, como película. Pero tiene 3 pegas. La primera es Laurence Olivier, que aunque es un gran actor, resulta demasiado elegante y limpio como para representar a Heathcliff. La segunda es Merle Oberon (que no Vivien Leigh, como se ha dicho aquí arriba), actriz carente de la fuerza, la belleza y el carisma sin igual que requiere Cathy. Está siempre por debajo de Olivier, cuando debería ocurrir al revés. ¡Si la intérprete hubiera sido Vivien Leigh otro gallo cantaría! Ella sí era arrebatadora. Y tercero, como habéis comentado, los personajes están suavizados en extremo.
La versión de 1992, aunque algo más fiel, no tiene fuerza. Y eso que Ralph Fiennes, con un guión más agresivo, podría haber sido el gran Heatcliff de la Historia (me consta que Spielberg lo fichó para hacer de nazi en La lista de Schindler tras ver esta película).
Hay una nueva versión en curso. Crucemos los dedos...

El profesor Gafapasta dijo...

Pues tienes razón, Anónimo 2. Es la Oberon. La confusión debió venir de que Olivier y Leigh estuvieron casados.

Un saludote.